martes, 3 de febrero de 2015

Nueva piel



Angustias no había parado de acariciar su abrigo nuevo en toda la mañana. Desde que había abierto la puerta de casa para bajar las escaleras del edificio, esperando luego en la acera a que llegara el taxi, y sentada en el asiento trasero del viejo Seat que les había llevado, a ella y a Pedro, su marido, hasta el cementerio. Pasaba su mano por él una y otra vez y se maravillaba con el brillo de las pieles recién estrenadas y la suavidad de su tacto.
Esa misma mañana, a primera hora, un mensajero había subido los cuatro pisos hasta su casa con una caja casi de su tamaño y, mientras ella firmaba el recibo, el mozo le aseguraba que su marido debía de quererla mucho.
—Vamos, ábrelo, no te quedes ahí parada— Pedro había despedido al mensajero con una generosa propina y retaba a Angustias en el estrecho pasillo de la entrada. La mujer, paralizada por la alegría nerviosa, no acertaba siquiera a meter los brazos por las mangas del abrigo— Míralo, parece hecho a tu medida.
Y a la vez, Angustias se sentía un poco culpable por estrenarlo aquel preciso día. Tantas y tantas veces habían soñado despiertas Marta y ella con lo que sería llevar sobre sus hombros una prenda así, y ahora su mejor amiga se quedaba sin verlo hecho realidad. Una apoplejía súbita, le habían dicho los dos enfermeros que había llegado en ambulancia y habían subido hasta el cuarto piso maldiciendo por la falta de ascensor. Ahora, mientras observaba cómo el sacerdote recitaba las últimas oraciones sobre el féretro en el que descansaba su vecina de toda la vida, Angustias se intentaba convencer de que debían de ser cosas del destino.
Como la mayoría del séquito fúnebre allí reunido estaba formado por familiares y allegados que ellos apenas conocían, Angustias y Pedro habían terminado por retroceder unos pasos y observar la escena desde un segundo plano, casi ocultos tras un ciprés. Ella hubiera preferido estar cerca de Marta en su despedida, como siempre lo habían estado, en el rellano de la escalera, en todos aquellos ratos en los que era preciso tener a alguien que te escuchara y la programación en televisión no lograba atraer la atención de una dedicada ama de casa .Pero Pedro, un hombre prudente y reservado, no quería llamar la atención con la ostentación de aquel lujo de pieles delante del duelo de la familia.  
Angustias se agarraba del brazo de su marido y se preguntaba si no era tanto el respeto lo que les hacía permanecer alejados de la escena principal como el poco aprecio que su marido había manifestado siempre por Marta. Una chismosa que no tenía más pretensión que hurgar en las vergüenzas ajenas, comentaba él siempre entre refunfuños cada vez que Angustias cerraba la puerta de casa tras de sí. Qué sabía él de amistades, siempre sólo y taciturno. Total, no hacían daño a nadie, y aquellos comentarios no eran más que una prueba de la confianza y la intimidad entre ambas. El frío de enero hacía sacar el vaho de las bocas en el raso del cementerio, y a pesar de que Angustias sentía el calor orgulloso de las pieles arropándola hasta casi las rodillas, la congoja por la marcha de su amiga hacía que le temblaran las piernas.
—Cada día estás más gorda.— Las palabras llegaron a Angustias débiles, casi imperceptibles entre el soplo del viento, apenas rompiendo el silencio a su alrededor. Se soltó del brazo de Pedro por un instante y le miró, esperando una respuesta. Pero su marido permanecía impávido, con la mirada al frente y el gesto hermético.
En ese momento, cuatro hombres con mono se inclinaron ante el ataúd de Marta para cargarlo hasta el nicho que se abría en la pared. Entre la familia unos sacaban los pañuelos para secar las mejillas y otros se decían frases hechas acompañadas de palmaditas en la espalda.
—Ni siquiera hoy has sido capaz de peinarte decentemente.— Esta vez las palabras fueron más claras, tajantes, y Angustias no dudó en reconocer la voz de Marta. No parecían venir de ninguna dirección concreta y, a la vez, la rodeaban por completo.
—¿Has oído eso?— Angustias no puedo reprimir la pregunta.
—¿Qué es lo que tengo que oír?— Pedro le contestaba sin girar la cabeza, pero en su respuesta parecía dibujarse una leve sonrisa.
Los hombres habían acabado de introducir el féretro en el nicho y se disponían a tapar el agujero con un montón de ladrillos cuando un trueno sonó en la distancia. La comitiva desvió su mirada hacia el cielo al unísono, donde los nubarrones empezaban a acercarse hacia el cementerio.
—A ver ahora quién va a aguantar tus lloriqueos de reumática.— Angustias volvió a separarse de su marido y se giró a ambos lados. De algún sitio, allí, por debajo de su cuello llegaba otra vez inconfundible la voz de su vecina. Pedro observaba el cielo, como el resto de la gente, y sacaba la mano de su abrigo para extenderla buscando alguna gota. No podía ser que no hubiera oído nada. Angustias vio entonces cómo el nicho de Marta se acaba de cerrar por completo y sintió un escalofrío. Tienen que ser los nervios, se dijo. Eso es. La culpabilidad por ponerme hoy el abrigo me está haciendo escuchar cosas que no existen.
—¿Estás bien, cariño?— Pedro volvió a acercarse a ella y la rodeó con el brazo.
Angustias, paralizada, se debatía entre el miedo por las voces en su cabeza y la repentina necesidad de acercarse hasta el nicho, destapar aquella pared y ponerse de rodillas ante Marta para pedir perdón por su arrogancia.
—Es mejor que nos vayamos ya, está empezando a llover— Pedro hizo una última mueca al cielo y tiró de Angustias hacia atrás.
Uno de los hombres acabó de dar una paletada de yeso sobre el nicho y los últimos familiares depositaron un ramo de flores ante él.
—No, espera— dijo Angustias —¿por qué ya?
—Me han advertido de que la piel de marta se estropea con el agua— respondió su marido, que acariciaba el brazo de Angustias desde el hombro hasta la muñeca sin poder ocultar un gesto de satisfacción.

viernes, 8 de agosto de 2014

Greguería

Ilustración de Abel Cuevas www.abelcuevas.com


martes, 3 de junio de 2014

El mapa no es el territorio

(Finalista del IX Certamen Internacional de Relato "La lectora impaciente" 2012)


El rugido metálico de la lata al abrirse me trae de vuelta sensaciones perdidas desde hace casi una semana. La sostengo en la mano, fría, y antes incluso de acercar mis labios a ella noto que se me calma el pulso. Que respirar, incluso, parece una tarea más sencilla. Después de probar diferentes distancias decido que es a unos dos metros de la pared como mejor perspectiva tengo, sin llegar a perder ningún detalle. A las tres de la mañana no hay apenas ruidos de la calle que puedan distraerme y, aunque el naranja de las farolas entra de lleno en el salón, enciendo la lamparita de la mesilla, dirigida directamente a la pared, creando una especie de proyector de cine.



La primera vez, en la habitación, al lado de la cama. Me desperté, encendí la luz del flexo y lo vi ahí, jugando en el suelo con el paquete de tabaco. Tratando de llamar mi atención. Lo primero que pensé es que quizá estaría a punto de amanecer, pero el reloj marcaba poco más de las doce. No llevaba durmiendo ni una hora, y lo único que necesitaba era dormir de un tirón. De una maldita vez.



La cerveza nunca ha sido mi primera elección pero, con la nevera vacía, y después de haber vaciado todas las botellas por el váter por tercera vez en un mes, es lo único que puedo conseguir de uno de los vendedores clandestinos apostados en las esquinas del centro de la ciudad. Un pack de seis latas. A tres veces su precio real. Podrían haberme pedido el doble de eso.



La segunda vez ya había cerrado la puerta de la habitación, después de echarlo de una patada. A punto de conciliar el sueño de nuevo. Y entonces llega desde el baño. Ras-ras. Otra vez. Ras-ras. Media vuelta en la almohada. Ras-ras. Respirar hondo, todo lo que me permitía la presión en el pecho. Pero ya no había manera. En pie otra vez, mientras notaba el sudor acumularse en el borde de la frente. Ahí estaba el muy cabrón, haciendo pedazos el rollo de papel higiénico. Un grito. Agazapado, me mira a los ojos. Congelado por el miedo. Sabía que se la estaba jugando, y no se atrevía a moverse.



Tres sorbos seguidos y la lata está casi vacía. Mi cuerpo se relaja un poco en el sillón. Los músculos vuelven a sentirse flexibles. Ya no son sólo mis ojos, estas dos bolas instaladas a cada lado de mi cara, sino mi claridad mental restaurada, la que me permiten observar el cuadro frente a mí. Me acomodo un poco más en el cuero gastado y roído del sillón negro. Y sonrío. Siento la espuma calar un poco por encima del labio superior, casi hasta el bigote. El blanco de la pared ha quedado salpicado de una amalgama de grises, negros, y rojos. Sobre todo rojos. Una extensión irregular de diferentes texturas, más líquida hacia abajo y a la izquierda, más viscosa por el centro y un poco deslavazada en la derecha. Una composición casi perfecta. Me levanto a por otra lata.



La tercera vez ya sabía que volvería a ocurrir. Que no podría dormir más. Boca abajo en la cama, intentando controlar los temblores, esperando el momento en el que tenga que volver a levantarme. La mano me ardía por unos azotes infringidos con la mayor rabia posible. Encerrado en el pequeño cuarto, en el de la comida y la arena. Y allí vuelve a hacerlo. Un pequeño golpe contra la pared. Clok. Unos segundos después, otro más. Clok. Un golpe y algo que rueda por el suelo. Me cago en tu puta madre. Te vas a enterar.



Con la siguiente lata empiezo a reconocer formas concretas. Hay algo en los bultos de gris sebáceo que recuerda a las nubes previas a una tormenta. Su pausado movimiento parece, en efecto, llevado por un viento premonitorio. Me pregunto si no estoy creando una nueva forma de arte. Los chorros purpúreos diseminados aquí y allá son aspas de un molino que giran al son de la tarde. La sangre acude a mis ojos como un manantial y apenas puedo mantenerme sentado. Sin darme cuenta, empiezo a canturrear algo en voz baja.



Con una mano lo agarraba del pescuezo, apretando fuerte, sintiendo mis dedos casi tocar unos con otros por debajo de su piel. Con la otra abría el armario del trastero. El de las herramientas. Y de ahí al salón. Un martillo, dos clavos, y una criatura que no paraba de maullar y revolverse. Pero sin escapatoria. Demasiado tarde. El primer golpe desataba un alarido que quebraba el silencio de la noche. Ya no había vuelta atrás. Meaaaawwww. Otro golpe. Otro. Uno más. Y ya, después, el silencio.



La última lata descansa estrujada a mis pies. Unas gotas se escapan de ella formando un pequeño charco amarillo. ¿Soy yo, o esas formas abstractas en la pared comienzan a hablarme? Pestañeo varias veces, con esfuerzo, me cuesta mantener la vista. Y empiezo a identificar realidades que me son demasiado conocidas. Esos ojos que aún parecen tener vida me miran asustados. Suplicando clemencia, como los otros ojos que vi marcharse de esta casa tras un portazo. Un eructo que amenaza vómito sale de mi boca. Me levanto. Me acerco, y me fijo en las uñas. Unas uñas afiladas, desplegadas en toda su extensión, buscando un resquicio al que agarrarse. Como tantas noches, promesas de última ebriedad, aferrado a una almohada que todo lo sabe, clavándome en su consuelo y su esperanza de lino. Me fallan las piernas. Apoyo un poco las manos sobre la pared, y mis dedos tocan la sangre. Sangre aún caliente que ha abandonado a su cuerpo a borbotones. Como la mía propia, día tras día diluida un poco más en su propio veneno y antídoto, pidiendo a gritos ser restañada. Y entonces me doy cuenta. Lo que está ante mi no es un cuadro, sino un mapa. El mapa de mi propia vida, a escala desfigurada. Trazando círculos concéntricos en un recorrido incierto, a través de unas coordenadas que no elegí, y llevándome, de la mano, a un destino que hace demasiado ya escapó a mi control.


martes, 25 de marzo de 2014

La última vez que pisé una playa



La última vez que pisé una playa Miguel no ocupaba más de unos centímetros en el vientre de Adela.

Acabamos yendo tan sólo después de que ella me lo hubiera pedido insistentemente durante varios meses, con aquello de que no habíamos tenido luna de miel porque la sucursal del banco no quería prescindir de su nuevo director durante dos semanas. Y mientras entonces Adela se tostaba al sol mañana y tarde, yo intentaba mantenerme alejado del calor bajo el aire acondicionado del bar del hotel.

Hoy, aquí, no hay bar en el que refugiarse. El hospital está un poco apartado del pueblo, y el olor a enfermedad te inunda aun en la sala de espera. Los médicos pronuncian su nombre sin mirarnos a la cara. Sin dejar de lloriquear, nerviosa, Adela me aprieta la mano. Pueden pasar a verlo diez minutos. Entra tú, voy a darme un paseo.

            Las palomas se mezclan con algunas gaviotas en una coreografía del hambre. Suben, bajan, revolotean, buscan con sus picos alguna miga entre los granos de arena. Me ignoran, quizá porque para ellas soy sólo parte del amarillo que me rodea. La piedra desgastada del paseo solitario. La arena. El sol abrasador de las cuatro de la tarde. Mi camisa con varios botones desabrochados. Era una curva muy pronunciada y sin señalizar, han dicho. Ya antes había habido algún susto con otros motoristas. Pero nunca así.

            Por primera vez desde que estoy sentado en este muro que da al mar se levanta un poco de brisa. Cuando intento poner en su lugar este manojo de canas al que llamo pelo, mi mano se lleva unas gotas de sudor de la frente. Con el sudor de tu frente, Miguel. Así se lo solía decir. Y no holgazaneando y rodeándose de esas compañías que entraban y salían de casa a cualquier hora. Una ingeniería. O medicina, por Dios. Tenía todas las oportunidades para hacer lo que quisiera. Las que muchos no podían tener. Pero nunca parecía escucharme. Cansado de estar sentado sobre la dura piedra me incorporo sin dejar de mirar al horizonte. A lo lejos, casi como una mancha, aparece la figura de un barco. Y de repente quiero estar allí, en medio del agua. Ajeno a este pueblo, a esta playa, a este calor.

            Un poco por no quedarme así, inerte, a la deriva, y un poco por no volver ya al hospital, comienzo a caminar en la arena. Los zapatos se hunden con facilidad, pero la huella que dejan desaparece al instante. No os soporto más. Pues vete. Vete y no vuelvas más por aquí. No serás bien recibido. El murmullo del agua me trae las últimas palabras que nos dijimos. Ahora no saben si volverá a hablar. A escuchar. Puede que aguante así años, sin dar el más mínimo signo de vida. Sin darme cuenta llego hasta donde la arena está mojada. Me doblo y me quito los zapatos, primero. Los calcetines. Los sujeto con una mano mientras con la otra me remango un poco los pantalones. Los últimos suspiros de las olas comienzan a mojar mis pies. Para estar en agosto, tengo la impresión de que el agua está demasiado fría.

sábado, 2 de febrero de 2013

Flores


Publicado en El Periódico de Villena
http://www.elperiodicodevillena.com/n88323-Flores-concurso-de-relatos-breves-San-Valentin-2015.html

Las flores se han quedado ahora en una posición indefinida, ni de pie, ni tumbadas. Justo en el extremo de la mesa en el que no llega la poca luz que se cuela entre las rendijas de la persiana, bajada casi por completo. Y yo he insistido, sí, le he dicho que se quedara aquí un poco más, que los dos podíamos quedarnos también en esa posición, apoyados uno en otro. Pero nada. Ella tenía que levantarse. Se merecía ese pellizco en el trasero mientras se escapaba.   

Con esta penumbra, intento discernir las formas de los paisajes marinos, infantiles, con un punto naif, de los dos cuadros de la pared de enfrente. Me los sé de memoria, claro. Ya la primera vez me fijé en ellos y en sus tonos casi exclusivamente primarios. Pero me gusta repasarlos otra vez ahora que esta oscuridad les hace cómplices del exceso de sudoración que acaban de presenciar y que, exhaustos ellos también, han perdido su color.

Aunque su lado de la cama se ha quedado vacío, los pliegues de las sábanas aún conservan parte de sus formas. Las mismas sábanas azul turquesa con bordado blanco de la semana pasada. Y de la otra. Y de la anterior. Mojadas de su sudor. Impregnadas del olor de su sexo.
Tumbado, inmóvil, aún disfruto de ella.
Y ella en el baño. Con la puerta entreabierta, y esa luz amarilla que me llega por el minúsculo pasillo. Tan limpia. No me importa. Apenas hemos terminado y ya se levanta a lavarse. Claro que preferiría que estuviera pasando sus manos también por mi pene, ya casi fláccido, como hago yo ahora. El sonido de la cisterna coincide con el último tirón que me libra de la goma usada, y parte de su contenido se derrama sobre mis muslos.

La floristería, dos calles más abajo, hace un rato, a punto de cerrar. Y yo quiero preparar un ramo a mi gusto, a su gusto, y la dependienta que, apurada, lleva su panza de un lado a otro de la tienda y apenas repara en mí. Pues bien. Me llevo este de la entrada, entonces. La combinación de rosas rojas y blancas, en número igual, bastará. No se moleste. No hace falta que me sonría mientras busca el cambio en el bolsillo de su delantal. No hace falta que haga como si no me conociera después de venir por aquí una vez por semana.

Ahora es la ducha. Escucho el chorro ponerse en funcionamiento e imagino su cuerpo, aún desnudo, acomodándose bajo el agua. ¿Es necesario borrar así, con tal rapidez, los restos de nuestro contacto?  Mis dedos aún están llenos de ella. Sin mover la cabeza, acerco la mano derecha a mi nariz y ahí está su coño. El mismo que hace unos minutos se me tragaba, generoso,  palpitante, entre envites y gemidos que, al unísono, buscaban un final. Pero el final después de ese final no es igual para los dos. Y de repente este espacio quedo, este sudor pegado al cuerpo y esta cama inerte se vuelven un poco incómodos, casi ridículos, como el reguero de semen que desfila por mi pierna y que, haciéndome cosquillas, va a dar a las sábanas. El agua sigue corriendo.

Me pregunto qué habrá hecho con los ramos anteriores. El último, un despliegue rojo intenso de claveles que hacía juego con su ropa interior. Y antes de ese, unos tulipanes que querían abrirse anticipando quizá el regalo de sus piernas. Tampoco es que haya mucho sitio aquí para ellos. O lo más probable es que se hubieran marchitado y...
—¿Todavía estás así? — envuelta en una toalla, regresa del baño y me habla sin mirarme —Vamos, vístete. Tengo prisa.
—No me has dicho nada de las flores.
—¿Las flores? ¿Qué quieres que te diga de las flores? Estoy hasta los ovarios de tus flores.
—Yo pensaba que te gustaban.
—¿Gustarme? ¿Sabes qué es a mí lo único que me gusta? Que no me toquen las narices después de trabajar. Eso es lo que me gusta.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El segundo premio


Desde el principio me había auto impuesto una norma. No repetir nunca con la misma persona. Pero ayer por la mañana, después de haber vuelto a enredar otra vez mis dedos en sus rizos, y cuando apenas nos estábamos despidiendo del desorden de sábanas que nos daban los buenos días, supe que había de traicionar mi promesa.

Durante los casi tres años en los que me había dedicado a robar citas, había aprendido que el primer y más importante de los requisitos era ser paciente. Por supuesto, había que dejar de lado los escrúpulos, la vergüenza y cualquier tipo de prejuicios o preferencias sobre si te gustaría que fuera más alta, más baja, más rubia, más morena, más gorda o más delgada. Y había que estar listo para cualquier reacción, para cualquier respuesta que pudiera hacerte sentir como un loco o como un pervertido.

            Claro que siempre había signos inequívocos que me facilitaban la labor. Cuando las miradas al reloj comenzaban a repetirse, sabía que el éxito podía empezar a estar un poco más cerca. Desde entonces, de una media hora a unos tres cuartos era más que suficiente. Si esperaba más corría el riesgo de que ella desistiera de la espera y, una vez iniciada la retirada, ya no había nada que hacer. Tampoco era aconsejable esperar menos, porque entonces sus esperanzas se mantenían aún vivas y no habría lugar para mi intromisión. Había que medir muy bien los tiempos.

 “¿Esperas a alguien?”. Y después la empatía. Muy deprisa, antes de que su extrañamiento le diera tiempo a reaccionar, tenía que subir ese pequeño peldaño de confianza haciendo ver que mi supuesta cita tenía, también, aspecto de correr la misma suerte. A partir de ahí la reacción era imprevisible, pero a menudo la decepción de un plantón se había transformado ya en la excitación de una nueva cita a manos de un agradable extraño. Algunas, por supuesto, llegaron más lejos que otras.         

Pero con ella. Con ella, sin embargo, pensé que no tendría ninguna posibilidad. Llevaba un buen rato fijándome en su vestido negro, en cómo la tela iba y venía contra su cuerpo siguiendo los antojos de un viento caprichoso. Observaba sus labios carnudos, sus rizos enseñando ahora sus hombros y ocultándolos después, y por primera vez dejé de ser el dueño de mi propio juego. Deseaba que apareciera algún indicio de que podía acercarme, deseaba ver cómo la desilusión borraba aquella sonrisa para así yo poder hacerla aparecer de nuevo. Pero la había visto hablar por teléfono varias veces y eso, en mi idioma particular, significaba que la espera era tan sólo más larga de lo normal. Sentí envidia, rabia, sentí el deseo novedoso de ser yo el que estaba por llegar, y no el bufón del oportunismo que acechaba la carroña.

Cuando al fin decidí acercarme, más llevado por la inercia de la costumbre que por el convencimiento, obtuve una respuesta que no habría esperado nunca: "Te esperaba a ti". Y de inmediato, cogidos de la mano, nos fuimos a una noche en la que la conversación se desveló más fluida que de costumbre, las risas, las miradas y los guiños borraron poco a poco nuestra condición de extraños, y el sabor de la cena, del vino y de todo lo que la velada quiso darnos no tuvieron el regusto de la travesura accidental. Sus labios volvieron a abrirse una última vez mientras terminaba de abrocharme la camisa. “Mañana a la misma hora en el mismo sitio”.

La temperatura ha bajado mucho hoy, y esta chaqueta con la que salí de casa apenas tiene un mínimo de cuello que intento subir lo más posible para poner mi cara un poco a resguardo del viento. Hace más de media hora que apenas veo a nadie acercarse, pero no me atrevo a sentarme por no perder mi posición de vigilancia. Sé que cualquier momento de guardia baja podría ser fatal. Esta tarde noté el pulso avivarse cuando vi aparecer un vestido negro por detrás de una esquina, pero unos pasos después revelaron que su dueña era rubia. ¿Rubia? De tantas caras que veo pasar he olvidado cómo es la que busco. Y sin embargo, sé que no puedo moverme de aquí, que vendrá en cualquier momento. Que aparecerá, con la misma sonrisa de ayer, del otro día, de aquel día, vendrá hasta mí y me dirá: "¿Esperas a alguien?".

sábado, 27 de octubre de 2012

Cualquier tiempo pasado fue peor


No sabría decir exactamente cuando fui consciente de tu abandono. Yo no quise verlo, me negaba a aceptar esa huída traicionera, casi cruel. Aunque, en realidad, estuviste un buen tiempo dando muestras de tu futura ausencia, de manera progresiva e imparable. Lo que sí recuerdo perfectamente es lo duro y amargo que fue reconocer que no habría marcha atrás. Que no podría retenerte conmigo. Que podía observar, paulatinamente, casi día a día, como cada vez eras menos parte de mí.

A lo que me refiero es a que no esperaba que te marcharas tan pronto. A todos nos pasa, tarde o temprano, dicen. Para mí, fue en parte sorpresa y en parte decepción, claro. A nadie le gustan estas cosas. Y aunque supongo que debías tener una buena razón para hacerlo, yo me sentí un poco traicionado. Porque no parecía que tu fuga estuviera prevista con tal precocidad. O, al menos, eso me decían. En el instituto, aunque nuestra relación era un poco todavía ingenua, las aulas se inundaban con envidia cada vez que nos veían llegar juntos. Después, en la universidad, a pesar de los excesos, de las locuras y las noches sin dormir, permaneciste siempre conmigo. Nadie hubiera pronosticado entonces que algún día estaríamos separados.

¡Pero si hasta el peluquero de enfrente del parque, que apenas nos conocía de vernos cada dos meses me aseguraba que no debía preocuparme por ti, que no te perdería nunca!

 También, aunque no hay que hacer mucho caso a los genes, la cuestión familiar parecía jugar a mi favor. Ni mi padre, ni mucho menos aun mis abuelos, que en paz descansen ya los dos y que por suerte no tuvieron que verme en este desamparo, se vieron privados tan prematuramente de la compañía de un ser tan querido. Pero supongo que estos son otros tiempos, más alterados y locos y llenos de estrés y preocupaciones y vaivenes y quizá eso ayudó también a que te marcharas.

El caso es que ya no estás. Y sí, claro, te echo de menos. Pero mira, quizá no tanto como imaginas.  Porque, ya ves, te voy a ser sincero, nunca acabé de estar cómodo a tu lado. Te sonará raro, pero la mayoría de las veces no sabía muy bien qué hacer contigo. Si tú estabas de una manera, yo te prefería de otra. Si te ponías así, yo te quería asá. Un fastidio, vamos.

Y además, ¿sabes qué? Que después de todo, no estoy tan mal sin ti. Para nada. Ya no sólo es la comodidad, que también. El hecho de no tener que ocuparme de ti cada cierto tiempo. Pero es que además, cada día más gente me dice que estoy bien así. Que hasta estoy guapo y favorecido. Y yo lo noto, también. Que aún me miran alguna vez por la calle, que todavía tengo tirón, vaya. Es más, te confieso que cuando a veces, en alguno de esos días grises y lluviosos en los que te puede la melancolía, me da por mirar alguna foto antigua para recordar viejos tiempos juntos... qué quieres que te diga, hasta se nos ve un poco ridículos. Así que, si me apuras, me atrevería a decir que estoy mejor así, sin ti.

Pero oye, no te lo tomes a mal. A veces sí que desearía tenerte de nuevo conmigo. El otro día, sin ir más lejos, estaba en la cocina, agachado, cerrando la bolsa de la basura. Cuando volví a incorporarme, vete a saber en qué estaría pensando, tonto de mí, me di con todo el borde de la encimera en la cabeza. Hasta se me saltaban las lágrimas. Ahí sí, fíjate, tengo que admitir que te eché de menos.