martes, 3 de junio de 2014

El mapa no es el territorio

(Finalista del IX Certamen Internacional de Relato "La lectora impaciente" 2012)


El rugido metálico de la lata al abrirse me trae de vuelta sensaciones perdidas desde hace casi una semana. La sostengo en la mano, fría, y antes incluso de acercar mis labios a ella noto que se me calma el pulso. Que respirar, incluso, parece una tarea más sencilla. Después de probar diferentes distancias decido que es a unos dos metros de la pared como mejor perspectiva tengo, sin llegar a perder ningún detalle. A las tres de la mañana no hay apenas ruidos de la calle que puedan distraerme y, aunque el naranja de las farolas entra de lleno en el salón, enciendo la lamparita de la mesilla, dirigida directamente a la pared, creando una especie de proyector de cine.



La primera vez, en la habitación, al lado de la cama. Me desperté, encendí la luz del flexo y lo vi ahí, jugando en el suelo con el paquete de tabaco. Tratando de llamar mi atención. Lo primero que pensé es que quizá estaría a punto de amanecer, pero el reloj marcaba poco más de las doce. No llevaba durmiendo ni una hora, y lo único que necesitaba era dormir de un tirón. De una maldita vez.



La cerveza nunca ha sido mi primera elección pero, con la nevera vacía, y después de haber vaciado todas las botellas por el váter por tercera vez en un mes, es lo único que puedo conseguir de uno de los vendedores clandestinos apostados en las esquinas del centro de la ciudad. Un pack de seis latas. A tres veces su precio real. Podrían haberme pedido el doble de eso.



La segunda vez ya había cerrado la puerta de la habitación, después de echarlo de una patada. A punto de conciliar el sueño de nuevo. Y entonces llega desde el baño. Ras-ras. Otra vez. Ras-ras. Media vuelta en la almohada. Ras-ras. Respirar hondo, todo lo que me permitía la presión en el pecho. Pero ya no había manera. En pie otra vez, mientras notaba el sudor acumularse en el borde de la frente. Ahí estaba el muy cabrón, haciendo pedazos el rollo de papel higiénico. Un grito. Agazapado, me mira a los ojos. Congelado por el miedo. Sabía que se la estaba jugando, y no se atrevía a moverse.



Tres sorbos seguidos y la lata está casi vacía. Mi cuerpo se relaja un poco en el sillón. Los músculos vuelven a sentirse flexibles. Ya no son sólo mis ojos, estas dos bolas instaladas a cada lado de mi cara, sino mi claridad mental restaurada, la que me permiten observar el cuadro frente a mí. Me acomodo un poco más en el cuero gastado y roído del sillón negro. Y sonrío. Siento la espuma calar un poco por encima del labio superior, casi hasta el bigote. El blanco de la pared ha quedado salpicado de una amalgama de grises, negros, y rojos. Sobre todo rojos. Una extensión irregular de diferentes texturas, más líquida hacia abajo y a la izquierda, más viscosa por el centro y un poco deslavazada en la derecha. Una composición casi perfecta. Me levanto a por otra lata.



La tercera vez ya sabía que volvería a ocurrir. Que no podría dormir más. Boca abajo en la cama, intentando controlar los temblores, esperando el momento en el que tenga que volver a levantarme. La mano me ardía por unos azotes infringidos con la mayor rabia posible. Encerrado en el pequeño cuarto, en el de la comida y la arena. Y allí vuelve a hacerlo. Un pequeño golpe contra la pared. Clok. Unos segundos después, otro más. Clok. Un golpe y algo que rueda por el suelo. Me cago en tu puta madre. Te vas a enterar.



Con la siguiente lata empiezo a reconocer formas concretas. Hay algo en los bultos de gris sebáceo que recuerda a las nubes previas a una tormenta. Su pausado movimiento parece, en efecto, llevado por un viento premonitorio. Me pregunto si no estoy creando una nueva forma de arte. Los chorros purpúreos diseminados aquí y allá son aspas de un molino que giran al son de la tarde. La sangre acude a mis ojos como un manantial y apenas puedo mantenerme sentado. Sin darme cuenta, empiezo a canturrear algo en voz baja.



Con una mano lo agarraba del pescuezo, apretando fuerte, sintiendo mis dedos casi tocar unos con otros por debajo de su piel. Con la otra abría el armario del trastero. El de las herramientas. Y de ahí al salón. Un martillo, dos clavos, y una criatura que no paraba de maullar y revolverse. Pero sin escapatoria. Demasiado tarde. El primer golpe desataba un alarido que quebraba el silencio de la noche. Ya no había vuelta atrás. Meaaaawwww. Otro golpe. Otro. Uno más. Y ya, después, el silencio.



La última lata descansa estrujada a mis pies. Unas gotas se escapan de ella formando un pequeño charco amarillo. ¿Soy yo, o esas formas abstractas en la pared comienzan a hablarme? Pestañeo varias veces, con esfuerzo, me cuesta mantener la vista. Y empiezo a identificar realidades que me son demasiado conocidas. Esos ojos que aún parecen tener vida me miran asustados. Suplicando clemencia, como los otros ojos que vi marcharse de esta casa tras un portazo. Un eructo que amenaza vómito sale de mi boca. Me levanto. Me acerco, y me fijo en las uñas. Unas uñas afiladas, desplegadas en toda su extensión, buscando un resquicio al que agarrarse. Como tantas noches, promesas de última ebriedad, aferrado a una almohada que todo lo sabe, clavándome en su consuelo y su esperanza de lino. Me fallan las piernas. Apoyo un poco las manos sobre la pared, y mis dedos tocan la sangre. Sangre aún caliente que ha abandonado a su cuerpo a borbotones. Como la mía propia, día tras día diluida un poco más en su propio veneno y antídoto, pidiendo a gritos ser restañada. Y entonces me doy cuenta. Lo que está ante mi no es un cuadro, sino un mapa. El mapa de mi propia vida, a escala desfigurada. Trazando círculos concéntricos en un recorrido incierto, a través de unas coordenadas que no elegí, y llevándome, de la mano, a un destino que hace demasiado ya escapó a mi control.


6 comentarios:

Kike dijo...

¡Guau! Ha valido la pena esperar tanto. Este es de los mejores, enhorabuena Luis.

Fausto dijo...

Me gusta que pongas las cosas un poco difíciles para el lector, que haya que ir deduciendo poco a poco lo que ocurre... Esta historia me deja con ganas de saber más cosas sobre el personaje, ¿cómo ha llegado a esta situación? ¿tiene salida?Mis felicitaciones Luis!

Lola dijo...

me asusta, pone mis sentidos en alerta total....ummmm, me gusta.

Iván dijo...

Uff tio. Muy bruto. Me gusta que tarda muy poco en hacerte sentir incomodo. Eso si, da un poco de miedo, por que demasiadas cosas parecen de verdad, tengo miedo de ir a tu casa y encontrarme con un "cuadro" nuevo, jeje.

Elvira dijo...

Bueno, bueno... Luis, muy inquietante, desconcierta por mmomentos y sobrecoge en poco tiempo.
Con toques de "novela negra", trama fatalista, protagonista destructivo, atmósfera tóxica,...

Enhorabuena¡¡¡¡ valiente para escribirlo y generoso compartiéndolo... es un relato muy sugerente, espero que también sea catártico y sigas teniendo gato.

Susana dijo...

hola wapo
veo que sigues asesinando en la ficción, bien hecho, sobre todo porque no tengo que ir a verte a la cárcel por ello!!!
aparte de lo que ya te han dicho, y que comparto (el loco LUis inquietante)me gustan los sabores, la espuma de la cerveza, tus eruptos prevómitona, en fin, todo muy bonito y sinestésico. Felicidades!!! y ale: a licuar más sangre!!!
A modo de tocacojones te diré que tal vez hubiera podido molar el dejar a la imaginación quién o qué es la víctima. Fijate que al principio yo creía que era un ratón!! al decir "maullido" y concretar en "gato", desaparecieron los otros "intrusos" imaginarios que también hubieran podido ser... voy a leerme tu última creación, chau!