domingo, 16 de agosto de 2026

Ausencias

«No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes», solía escuchar a mi madre. No me lo decía a mí, directamente. Soltaba esa frase. La dejaba correr, volando por los pasillos con la esperanza de que se posase en suelo fértil. Y yo, que me hacía el despistado, como si no fuese conmigo, le negaba la floración.

No es que yo no supiera que tenía dos piernas. Claro que lo sabía, sé contar. Pero uno no se despierta por la mañana, levanta las sábanas, y se sorprende de que sigan en su sitio.

¿Darías tus piernas a cambio de la simpatía de desconocidos? ¿De los halagos de turistas? No es que fuese fácil acostumbrarse a ello. Sobre todo al principio: la incredulidad ante tal efecto de empatía desbordada se mezclaba con la vergüenza del que tiene que hablar en público por primera vez. La vergüenza de que miles de personas fueran conscientes de mi torpeza. Así que me arrastraba, haciendo crepitar las pequeñas ruedas metálicas que había acoplado a una tabla, y me alejaba de miradas y saludos.

Pero yo no había dado mis piernas. A mí se me habían ido. Con nocturnidad, sí, pero sin alevosía. No hay cautela posible en los movimientos de un grupo de adolescentes ebrios corriendo hacia el último metro de la noche. Bajábamos las escaleras de dos en dos. De tres en tres. Oíamos cómo el vagón acababa de llegar a la estación. Nos empujábamos unos a otros y reíamos. Cuando quedaba solo girar una esquina para llegar al andén, yo iba el último del grupo. Mis piernas seguían a duras penas a mi voluntad. Reíamos. Escuchaba las risas amplificadas por todo el pasillo. Por fin veo el vagón, con sus puertas abiertas. Mis amigos ya han entrado. Vamos, sólo unos pasos más. Suena el pitido del tren que se quiere marchar. Ya no miro al suelo. Ni al del andén, ni al del vagón, ni al hueco que queda entre medias. Y cuando ya me veo dentro, no estoy donde debería estar. Qué ha pasado. Por qué estoy aquí abajo. Siguen las risas. Mis manos están a la altura del suelo del vagón. Por qué sigo riendo. Me rio como si me hubieran contado el mejor chiste del mundo, pero el chiste soy yo. Tengo que impulsarme hacia arriba. Rápido. Suena otro pitido, y las puertas comienzan a cerrarse. Veo las caras. Las de mis amigos. Las del resto de pasajeros. Todos me miran, pero ya no hay risas. Ahora son gritos de angustia. El tren comienza a moverse, y yo estoy atrapado por las puertas. Por qué se mueve. Nadie se acerca. Todos han retrocedido y han dejado un espacio vacío delante de mí. Un espacio que lleno con un grito de dolor. Un dolor infinito. Unas piernas que se van. Un tren que por fin se para.

No quedaban del todo mal, por mucho que pudiera tener algo de siniestro, ahí metidas en su vitrina de cristal. El ayuntamiento había decidido conmemorar el accidente colocando mis piernas en un altillo del hall de la estación. Nunca supe muy bien qué querían conmemorar con ello. Tampoco vino nunca nadie a pedirme permiso. Tan sólo una placa, a su lado, con letras grabadas en metálico, explicaba brevemente el infortunio del suceso.

Inmediatamente se convirtió en un referente de la ciudad. Un monumento. Un altar. Un trofeo que todos querían presenciar. Y yo, a su vez, un personaje público al que las masas debían rendir reverencia. Apostado en mi tabla, y con mitones en las manos para impulsarme en el suelo, recibía las cortesías de extraños allá por donde iba. Extraños que habían visitado mis piernas, y que después querían ver a su antiguo dueño. Incluso alguna guía de la ciudad había incluido mi panteón como cita obligada.

Volvía a frecuentar los lugares que al principio había evitado. Unos me saludaban al cruzarse conmigo. Otros se detenían para hablar. Me llamaban por mi nombre. Se formaban corrillos a mi alrededor, y yo dejaba que sacaran fotos que inmortalizarían mi persona. Era el rey del pavimento. Poco a poco, y comoquiera que a menudo me preguntaban por los detalles más truculentos, empecé a recrearme en su relato, como el que construye una fábula: «Teníais que haber visto las caras de horror». «Mis amigos tiraban de mí, pero yo seguía allí atrapado». «Estos lloraban, los otros se encomendaban a alguna autoridad superior». «La sangre inundó todo el vagón». La leyenda superaba a la realidad, pero no me importaba. Era dueño de mi ausencia, de mi pasado, y podía hacer con él lo que quisiera.

Pero no era dueño de mi presente. En él, eran otros los que podían disponer a su antojo. Yo no lo sabía. Yo, que miraba al mundo por encima del hombro. Así que cuando llegó el centenario de aquella estación de metro, mi estación, la primigenia de la ciudad, hicieron alarde de ello. Sin avisar. Fueron las noticias de las tres las que me revelaban, sin pudor, que mi altar sería retirado. Una remodelación íntegra, afirmaban. Nuevas escaleras, nuevos andenes. Nuevos tornos y nuevas entradas. Y en el lugar donde había estado esa meca a mi persona, una exposición fotográfica de la metamorfosis histórica de la estación.

Había perdido mis piernas por segunda vez. No hay heridas en el cuerpo que lo atestigüen, no han quedado cicatrices que ver ni que tocar, pero aquella mutilación fue aun más dolorosa.

Con la misma rapidez que el niño olvida el viejo juguete, yo he pasado al olvido del trastero colectivo. No más saludos, no más corrillos, no más fotos. Mis pretéritos devotos vuelven a ser transeúntes cualesquiera, y a la admiración la sustituye la indiferencia. O como mucho, el desdén. Ahora me ceden el paso con educación ruborizada, o me piden disculpas si por accidente llegan a contactar conmigo. Ahora soy uno más. Ni siquiera eso. Soy medio más. Así que me arrastro, haciendo crepitar las pequeñas ruedas metálicas de la tabla, y vuelvo a evitar los lugares que había frecuentado.

No guardo rencor a los que me quitaron lo que un día me habían dado. Asumo que en su poder se aloja su arbitrariedad para disponer de mis piernas. Aunque eso sí, al menos, podrían haberme dicho qué han hecho con ellas.