miércoles, 6 de septiembre de 2017

Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor



Ganador del primer premio de relato en el XXXVIII Certamen Literario "Manuel José Quintana", UP Cabeza del Buey.



 —¿Me lo puede firmar en la página veinticuatro? Es mi número favorito, ¿sabe? De siempre.
Otra firma personalizada más. He perdido la cuenta de las que llevo ya. Antes de que la próxima persona se plante ante mí, estiro un poco el cuello e intento ver hasta dónde llega la cola, pero mi visión se ve interrumpida por la columna que separa la sección de literatura de la de menaje del hogar. Por lo que parece, la fila de gente se extiende más allá todavía. Me pregunto cuántas peticiones más me esperan hoy. Hace un rato un hombre me pedía, nervioso, casi entre balbuceos, que le firmara en la página que yo eligiese. Imagino que estas son las cosas que te pasan cuando tienes que firmar un libro que está completamente en blanco.
El mismo blanco que me inundaba sin descanso, día y noche, hace tan solo unos meses. El pequeño pueblo costero, olvidado en un extremo de la isla, era blanco desde la primera piedra hasta la última. El pueblo en la isla en el que había decidido escribir mi segunda novela. Durante el día, los grupúsculos de casas bajas, todas ellas blancas, se amontonaban a mi alrededor sin dejar casi espacio entre sí. Y, por las noches, el blanco del papel aumentaba de tamaño delante de mí hasta acabar por ocupar todo el espacio de la mesa.
El éxito de mi primera novela había pillado a todos por sorpresa. Pero, sobre todo, a mí. Escrito sin expectativas, en ratos libres y sin apenas revisión, ‘Artimañas para tolerar el pánico’ recibió unánimes alabanzas de crítica y público, y terminó por entrar en la lista de los diez libros más vendidos de la temporada. Pero los tres años de silencio que siguieron empezaron a impacientar a un editor dispuesto a aprovechar el filón de una estrella emergente. Mientras tanto, yo había comenzado hasta cinco borradores de lo que debía ser mi nuevo libro, y todos ellos habían encontrado en la papelera su destino final. Y cansada de mi incapacidad, bloqueada por mi bloqueo, hice la maleta y alquilé esa pequeña casa a miles de kilómetros de la mía, convencida de que un nuevo entorno habría de hacer brotar las palabras que se resistían a salir de mí.
            Para aislarme al máximo, llevé conmigo lo imprescindible. Algo de ropa, mis utensilios de aseo personal, y papel. Montones de papel en blanco. No quería estorbos ni distracciones. Ni siquiera el móvil. Cada varios días, debía acercarme al único teléfono público del pueblo y llamar a mi editor para informarle de mis avances. Pero tras las primeras semanas, las llamadas comenzaron a ser más espaciadas en el tiempo. El bloc de notas que todas las mañanas me llevaba a la playa acababa la mayoría de las veces por no salir de la mochila, mientras yo perdía las horas lanzado piedras contra el mar y viendo cómo rebotaban en el agua. Los paseos de la tarde en busca de inspiración, entre los riscos de las calas más inaccesibles, perdían su intención inicial en cuanto veía un cangrejo corretear por entre las piedras, o se reducían a la observación de la subida de la marea y del sol poniéndose por detrás del horizonte marino. Y el papel en blanco que me esperaba de noche en la casa para ser colmado de palabras terminaba por convertirse en improvisada almohada que daba cobijo a mi cansancio. Hasta que, después de varias semanas sin ponerme en contacto con mi editor, una mañana me acerqué hasta el centro del pueblo y marqué su número.
—No tengo nada— le dije.
—Pero… ¿cómo no vas a tener nada? Es una de esas ‘artimañas’ tuyas, ¿verdad? ¡Adelántame algo!… el título, aunque sea.
—Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor.
Y colgué.

—Es un título maravilloso. Claro, un libro maravilloso ha de tener un título maravilloso —Esta vez es una mujer de mediana edad, con una permanente teñida de morado y acompañada de una niña—. Dedíqueselo a ella, por favor. Se llama Victoria.
            Yo solo sonrío y firmo. Sonrío confiando en que eso sustituirá con algún tipo de solvencia a las palabras que prefiero no decir. ‘Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor’ acaba de salir a la venta esta misma semana, y ya es número uno. Las revistas especializadas se deshacen en elogios. Aseguran haber encontrado la obra que define una época, mientras debaten si encuadrarlo dentro de la sección de ficción o del ensayo filosófico. Ayer recibí una propuesta de un centro de arte moderno. Dicen querer exponer el texto original y, para ello, piensan situar una vitrina vacía en el centro de una sala. Yo les he contestado que estaré encantada de asistir a la inauguración… siempre que acepten la presencia de una autora invisible.

sábado, 22 de abril de 2017

Microrrelatos



El lago daba la vida al pueblo. Los bañistas disfrutaban nadando de un extremo al otro. Otros, menos osados, se contentaban chapoteando, despreocupados. Los más pequeños, desde la orilla, ponían en práctica mil y un juegos. Y, en época de pesca, era el sustento de muchas familias. Hasta que una larga sequía acabó con sus aguas. Entonces, en su fondo, comenzaron a ser visibles los objetos que la gente del pueblo había querido mandar al olvido. Una vieja lavadora estropeada. Un pequeño piano que su frustrado dueño nunca llegó a dominar. Cartas de amor, atadas con una cuerda, con fechas ya ilegibles. Y, en el centro, en su parte más profunda, el cuerpo de un chico que llevaba tiempo desaparecido. El lago, que había dado tanta vida, se mostró ante todos, desnudo, sin vergüenza, para recordarles que también era el testigo de sus muertes.

Microrrelatos



Estuvo a punto de ser atropellado por un coche, y toda su vida pasó ante sus ojos en un instante. Al ver todo aquello, se lanzó de cabeza al siguiente coche que pasaba.

Microrrelatos



Había llenado estadios, pero acabó harto de tocar las mismas canciones que su público le pedía una y otra vez.
Más tarde probó la fórmula 1, pero abandonó después de conseguir su primer campeonato. De todos los circuitos, conocía de memoria cada trazado, cada recta, cada curva.
Después comenzó a escribir, y tras millonarias ventas y colas de gente esperando su firma, declaró sentirse limitado por un alfabeto de 27 letras.
Y el hombre que convertía en oro todo aquello que tocaba desapareció, cansado de repetirse.
No fue hasta años más tarde que fue encontrado, casi anciano, sentado en el banco del jardín de una residencia, con la mirada perdida. Al reconocerle, un hombre se acercó hasta él y, perplejo, le preguntó por una sonrisa que nunca antes había dibujado su rostro. "Mira ese árbol", contestó él. "¿Ves esa hoja que cuelga por encima de las demás? Mírala bien, porque nunca volverás a verla así. Nunca en esa misma posición. Nunca bañada por la misma luz". "No entiendo", contestó el visitante. "Es la realidad misma", agregó el anciano, "la que es infinita. En verdad, es lo único que lo es".

Microrrelatos



Había vivido en tal plenitud teniendo nada, haciendo nada, siendo nadie, que no había sido consciente de ello. Pero una noche se soñó a sí mismo siendo alguien. Y despertó, y se propuso tenerlo todo. Hacerlo todo. Serlo todo. Y cuando quiso ser consciente de lo que había logrado, ya había olvidado lo que era no tener, lo que era no hacer, y lo que era no ser.