sábado, 22 de abril de 2017

Microrrelatos #9



El lago daba la vida al pueblo. Los bañistas disfrutaban nadando de un extremo al otro. Otros, menos osados, se contentaban chapoteando, despreocupados. Los más pequeños, desde la orilla, ponían en práctica mil y un juegos. Y, en época de pesca, era el sustento de muchas familias. Hasta que una larga sequía acabó con sus aguas. Entonces, en su fondo, comenzaron a ser visibles los objetos que la gente del pueblo había querido mandar al olvido. Una vieja lavadora estropeada. Un pequeño piano que su frustrado dueño nunca llegó a dominar. Cartas de amor, atadas con una cuerda, con fechas ya ilegibles. Y, en el centro, en su parte más profunda, el cuerpo de un chico que llevaba tiempo desaparecido. El lago, que había dado tanta vida, se mostró ante todos, desnudo, sin vergüenza, para recordarles que también era el testigo de sus muertes.

Microrrelatos #8



Habían acordado no contarse nada de su pasado. Habían decidido mantener su amor como si fuera el primero. Para no hacerse daño. Para no crear comparaciones. Hasta que ella, una noche, pronunció un nombre de varón mientras dormía. Volvió a hacer lo mismo la noche siguiente, con otro nombre distinto. Y la siguiente. Y la otra. Poco después, él la abandonó, sin decir nada, comido por los celos de los que creía antiguos amantes. Y ella se quedó sola, sin saber qué nombre ponerle al niño que llevaba dentro.

Microrrelatos #7



Animado por un curso de coaching, tres artículos de internet y unos cuantos comentarios en Facebook, decidió salir de su zona de confort. Pero fuera de ella, todo se le hizo demasiado incómodo, demasiado difícil, demasiado ajeno. Cuando quiso regresar, descubrió que otro hombre ya se había sentado en su zona.

Microrrelatos #6



Estuvo a punto de ser atropellado por un coche, y toda su vida pasó ante sus ojos en un instante. Al ver todo aquello, se lanzó de cabeza al siguiente coche que pasaba.

Microrrelatos #5



Había llenado estadios, pero acabó harto de tocar las mismas canciones que su público le pedía una y otra vez.
Más tarde probó la fórmula 1, pero abandonó después de conseguir su primer campeonato. De todos los circuitos, conocía de memoria cada trazado, cada recta, cada curva.
Después comenzó a escribir, y tras millonarias ventas y colas de gente esperando su firma, declaró sentirse limitado por un alfabeto de 27 letras.
Y el hombre que convertía en oro todo aquello que tocaba desapareció, cansado de repetirse.
No fue hasta años más tarde que fue encontrado, casi anciano, sentado en el banco del jardín de una residencia, con la mirada perdida. Al reconocerle, un hombre se acercó hasta él y, perplejo, le preguntó por una sonrisa que nunca antes había dibujado su rostro. "Mira ese árbol", contestó él. "¿Ves esa hoja que cuelga por encima de las demás? Mírala bien, porque nunca volverás a verla así. Nunca en esa misma posición. Nunca bañada por la misma luz". "No entiendo", contestó el visitante. "Es la realidad misma", agregó el anciano, "la que es infinita. En verdad, es lo único que lo es".

Microrrelatos #4



Había vivido en tal plenitud teniendo nada, haciendo nada, siendo nadie, que no había sido consciente de ello. Pero una noche se soñó a sí mismo siendo alguien. Y despertó, y se propuso tenerlo todo. Hacerlo todo. Serlo todo. Y cuando quiso ser consciente de lo que había logrado, ya había olvidado lo que era no tener, lo que era no hacer, y lo que era no ser.