domingo, 18 de agosto de 2019

Despedida (microrrelato)


Tuvo que ser maravilloso vernos por primera vez... pero lo único que recuerdo fue despedirnos por última.


lunes, 15 de julio de 2019

25 preguntas


—Bien, vamos a repasar una última vez. Antes de hacer una llamada telefónica, ¿ensayas lo que vas a decir?
—Ya te he dicho que no.
—¿Por qué?
—Porque me sentiría ridículo haciéndolo.
—Vale, sigamos… Para ti, ¿cómo sería un día perfecto?
—¿Un día perfecto? Un día sin preguntas de este tipo.
—Eso no es lo que me has dicho antes.
—Ya lo sé. Pero es que ya no me acuerdo de lo que te he dicho antes. ¡Ah, sí! Un desayuno en la cama, un paseo por el parque, una cena con los amigos y una buena película. Era así, ¿no?
—Sí, exactamente así. ¿Cuándo fue la última vez que cantaste a solas?
—Esta mañana. En la ducha.
—¿Qué cantabas?
—Algún bolero, supongo. Siempre me suben el ánimo.
—¿Y la última vez que cantaste para otra persona?
—Nunca. Me moriría de vergüenza.
—Muy bien. Eso me ayuda mucho.
—Me alegro.
—¿Cómo?
—Nada. Pensaba en voz alta, nada más.
—Tienes que limitarte a responder lo que yo te pregunte, ¿de acuerdo?
—¿Eso es otra pregunta?
—Menos pitorreo. Si pudieras vivir hasta los 90 años y tener el cuerpo o la mente de alguien de 30 durante los últimos 60 años de tu vida, ¿cuál de las dos opciones elegirías?
—No entiendo la pregunta. ¿Cuáles son las dos opciones?
—¿Cómo que no entiendes la pregunta? Antes me has dicho que el cuerpo, porque no podrías soportar el hecho de verte deteriorarte físicamente.
—Ah, sí, sí. Es cierto. Pero la pregunta es un poco absurda, ¿no? Quiero decir, depende de qué persona de 30, puede tener mejor o peor cuerpo, o tener una mente más o menos lúcida.
—Mira, yo no soy quien ha redactado las preguntas, si te vale de algo. A ver… el cuerpo, de acuerdo. ¿Tienes una corazonada secreta de cómo vas a morir?
—No
—Vamos a ver… antes me has dicho que siempre has pensado que morirías en un accidente de tráfico.
—Te mentí.
—Pero, ¡no puedes mentir! Si no, ¡me vas a estropear todo el trabajo hecho hasta ahora!
—Vale, vale. Perdona. No sabía que fuera tan importante.
—Pues lo es. Es fundamental. Otra… si pudieras cambiar algo en cómo te educaron, ¿qué sería?
—Ya lo sabes. Me gustaría haber ido a la universidad.
—Cierto.
—Lo que no te dije antes es por qué.
—Pues dímelo. Cuanto más sepa, mejor.
—Para no ser un simple dependiente.
—Vaya. Podría ser peor.
—Podría ser peor, sí. La excusa de los perdedores.
—¿Si mañana te pudieras levantar disfrutando de una cualidad o habilidad nueva, ¿cuál sería?
—¿Queda mucho?
—Vamos por la séptima. Así que, dieciocho. ¿Por qué? ¿Tienes prisa?
—¿Prisa? No, no. Qué va. No tengo dónde ir. Es sólo que no acabo de entender todo esto.
—Ya te lo he explicado. Necesito conocer a mis personajes a la perfección para saber si están preparados. Necesito sabe cómo van a actuar y qué van a decir. Y este es el mejor método.
—Pero… ¡es absurdo! Soy un dependiente de una frutería, sólo aparezco en la página 86, y lo único que digo es “¿Qué desea, señora?”.
—Aun así, es importante.
—No lo entiendo ¿Y tú?
—¿Y yo? ¿Cómo que “y yo”? ¿Quieres decir que si yo lo entiendo?
—No. Quiero decir, ¿cómo sé si tú estás preparada?
—¿Preparada? ¿Para qué?
—Para escribir la novela. Igual no estás lo suficientemente preparada, y nos dejas a todos en una situación complicada.
—No digas bobadas. Claro que lo estoy.
—Pero yo necesito saberlo. Entiéndeme, para mí también es importante.
—Pongamos que te entiendo. ¿Cómo podrías saberlo?
—Muy fácil. Por ejemplo, antes de hacer una llamada telefónica, ¿ensayas lo que vas a decir?

sábado, 4 de noviembre de 2017

Tan lejos, tan cerca (microrrelato)

Cuando la enfermedad de su madre hizo que perdiera la cabeza, se dio cuenta de que ya no podría decirle todo lo que se había guardado durante años. Para ella, ahora, un día él era el primo segundo del pueblo. Al día siguiente, el carnicero de la esquina. Y aunque no pudiera reconocerle, observó que ella ya no rechazaba todos los besos y abrazos ausentes en el pasado. Y nunca fue tan triste como entonces, viéndola desaparecer poco a poco. Y nunca fue tan feliz como entonces, estando más cerca de ella de lo que nunca lo había estado.

domingo, 29 de octubre de 2017

Héroe nacional (microrrelato)

Era un auténtico patriota. Y, para demostrarlo, compró la bandera más grande que encontró y decidió ponerla en un gran mástil en lo alto de su casa. Para que todo el mundo pudiera verla. Le costó subir la escalera al tejado y, una vez allí, fijarla para que estuviera segura. Subió, con cuidado, peldaño a peldaño, con el enorme trozo de tela en la mano. Con tan mala suerte que en el momento en que se disponía a atar uno de los extremos de la bandera al mástil, arreció una fuerte racha de viento. La tela se extendió, primero, y luego acabó por enrollarse a su alrededor. Sin poder ver, perdió el equilibrio, y cayó desde lo alto del mástil, envuelto en los colores de su país. El suceso fue noticia en todos los informativos del día siguiente, y poco después fue nombrado héroe nacional.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor



Ganador del primer premio de relato en el XXXVIII Certamen Literario "Manuel José Quintana", UP Cabeza del Buey.



 —¿Me lo puede firmar en la página veinticuatro? Es mi número favorito, ¿sabe? De siempre.
Otra firma personalizada más. He perdido la cuenta de las que llevo ya. Antes de que la próxima persona se plante ante mí, estiro un poco el cuello e intento ver hasta dónde llega la cola, pero mi visión se ve interrumpida por la columna que separa la sección de literatura de la de menaje del hogar. Por lo que parece, la fila de gente se extiende más allá todavía. Me pregunto cuántas peticiones más me esperan hoy. Hace un rato un hombre me pedía, nervioso, casi entre balbuceos, que le firmara en la página que yo eligiese. Imagino que estas son las cosas que te pasan cuando tienes que firmar un libro que está completamente en blanco.
El mismo blanco que me inundaba sin descanso, día y noche, hace tan solo unos meses. El pequeño pueblo costero, olvidado en un extremo de la isla, era blanco desde la primera piedra hasta la última. El pueblo en la isla en el que había decidido escribir mi segunda novela. Durante el día, los grupúsculos de casas bajas, todas ellas blancas, se amontonaban a mi alrededor sin dejar casi espacio entre sí. Y, por las noches, el blanco del papel aumentaba de tamaño delante de mí hasta acabar por ocupar todo el espacio de la mesa.
El éxito de mi primera novela había pillado a todos por sorpresa. Pero, sobre todo, a mí. Escrito sin expectativas, en ratos libres y sin apenas revisión, ‘Artimañas para tolerar el pánico’ recibió unánimes alabanzas de crítica y público, y terminó por entrar en la lista de los diez libros más vendidos de la temporada. Pero los tres años de silencio que siguieron empezaron a impacientar a un editor dispuesto a aprovechar el filón de una estrella emergente. Mientras tanto, yo había comenzado hasta cinco borradores de lo que debía ser mi nuevo libro, y todos ellos habían encontrado en la papelera su destino final. Y cansada de mi incapacidad, bloqueada por mi bloqueo, hice la maleta y alquilé esa pequeña casa a miles de kilómetros de la mía, convencida de que un nuevo entorno habría de hacer brotar las palabras que se resistían a salir de mí.
            Para aislarme al máximo, llevé conmigo lo imprescindible. Algo de ropa, mis utensilios de aseo personal, y papel. Montones de papel en blanco. No quería estorbos ni distracciones. Ni siquiera el móvil. Cada varios días, debía acercarme al único teléfono público del pueblo y llamar a mi editor para informarle de mis avances. Pero tras las primeras semanas, las llamadas comenzaron a ser más espaciadas en el tiempo. El bloc de notas que todas las mañanas me llevaba a la playa acababa la mayoría de las veces por no salir de la mochila, mientras yo perdía las horas lanzado piedras contra el mar y viendo cómo rebotaban en el agua. Los paseos de la tarde en busca de inspiración, entre los riscos de las calas más inaccesibles, perdían su intención inicial en cuanto veía un cangrejo corretear por entre las piedras, o se reducían a la observación de la subida de la marea y del sol poniéndose por detrás del horizonte marino. Y el papel en blanco que me esperaba de noche en la casa para ser colmado de palabras terminaba por convertirse en improvisada almohada que daba cobijo a mi cansancio. Hasta que, después de varias semanas sin ponerme en contacto con mi editor, una mañana me acerqué hasta el centro del pueblo y marqué su número.
—No tengo nada— le dije.
—Pero… ¿cómo no vas a tener nada? Es una de esas ‘artimañas’ tuyas, ¿verdad? ¡Adelántame algo!… el título, aunque sea.
—Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor.
Y colgué.

—Es un título maravilloso. Claro, un libro maravilloso ha de tener un título maravilloso —Esta vez es una mujer de mediana edad, con una permanente teñida de morado y acompañada de una niña—. Dedíqueselo a ella, por favor. Se llama Victoria.
            Yo solo sonrío y firmo. Sonrío confiando en que eso sustituirá con algún tipo de solvencia a las palabras que prefiero no decir. ‘Todo lo que tengo que decir ya ha sido dicho antes y mejor’ acaba de salir a la venta esta misma semana, y ya es número uno. Las revistas especializadas se deshacen en elogios. Aseguran haber encontrado la obra que define una época, mientras debaten si encuadrarlo dentro de la sección de ficción o del ensayo filosófico. Ayer recibí una propuesta de un centro de arte moderno. Dicen querer exponer el texto original y, para ello, piensan situar una vitrina vacía en el centro de una sala. Yo les he contestado que estaré encantada de asistir a la inauguración… siempre que acepten la presencia de una autora invisible.

sábado, 22 de abril de 2017

La vida en un instante (microrrelato)



Estuvo a punto de ser atropellado por un coche, y toda su vida pasó ante sus ojos en un instante. Al ver todo aquello, se lanzó de cabeza al siguiente coche que pasaba.