martes, 3 de junio de 2014

El mapa no es el territorio

(Finalista del IX Certamen Internacional de Relato "La lectora impaciente" 2012)


El rugido metálico de la lata al abrirse me trae de vuelta sensaciones perdidas desde hace casi una semana. La sostengo en la mano, fría, y antes incluso de acercar mis labios a ella noto que se me calma el pulso. Que respirar, incluso, parece una tarea más sencilla. Después de probar diferentes distancias decido que es a unos dos metros de la pared como mejor perspectiva tengo, sin llegar a perder ningún detalle. A las tres de la mañana no hay apenas ruidos de la calle que puedan distraerme y, aunque el naranja de las farolas entra de lleno en el salón, enciendo la lamparita de la mesilla, dirigida directamente a la pared, creando una especie de proyector de cine.



La primera vez, en la habitación, al lado de la cama. Me desperté, encendí la luz del flexo y lo vi ahí, jugando en el suelo con el paquete de tabaco. Tratando de llamar mi atención. Lo primero que pensé es que quizá estaría a punto de amanecer, pero el reloj marcaba poco más de las doce. No llevaba durmiendo ni una hora, y lo único que necesitaba era dormir de un tirón. De una maldita vez.



La cerveza nunca ha sido mi primera elección pero, con la nevera vacía, y después de haber vaciado todas las botellas por el váter por tercera vez en un mes, es lo único que puedo conseguir de uno de los vendedores clandestinos apostados en las esquinas del centro de la ciudad. Un pack de seis latas. A tres veces su precio real. Podrían haberme pedido el doble de eso.



La segunda vez ya había cerrado la puerta de la habitación, después de echarlo de una patada. A punto de conciliar el sueño de nuevo. Y entonces llega desde el baño. Ras-ras. Otra vez. Ras-ras. Media vuelta en la almohada. Ras-ras. Respirar hondo, todo lo que me permitía la presión en el pecho. Pero ya no había manera. En pie otra vez, mientras notaba el sudor acumularse en el borde de la frente. Ahí estaba el muy cabrón, haciendo pedazos el rollo de papel higiénico. Un grito. Agazapado, me mira a los ojos. Congelado por el miedo. Sabía que se la estaba jugando, y no se atrevía a moverse.



Tres sorbos seguidos y la lata está casi vacía. Mi cuerpo se relaja un poco en el sillón. Los músculos vuelven a sentirse flexibles. Ya no son sólo mis ojos, estas dos bolas instaladas a cada lado de mi cara, sino mi claridad mental restaurada, la que me permiten observar el cuadro frente a mí. Me acomodo un poco más en el cuero gastado y roído del sillón negro. Y sonrío. Siento la espuma calar un poco por encima del labio superior, casi hasta el bigote. El blanco de la pared ha quedado salpicado de una amalgama de grises, negros, y rojos. Sobre todo rojos. Una extensión irregular de diferentes texturas, más líquida hacia abajo y a la izquierda, más viscosa por el centro y un poco deslavazada en la derecha. Una composición casi perfecta. Me levanto a por otra lata.



La tercera vez ya sabía que volvería a ocurrir. Que no podría dormir más. Boca abajo en la cama, intentando controlar los temblores, esperando el momento en el que tenga que volver a levantarme. La mano me ardía por unos azotes infringidos con la mayor rabia posible. Encerrado en el pequeño cuarto, en el de la comida y la arena. Y allí vuelve a hacerlo. Un pequeño golpe contra la pared. Clok. Unos segundos después, otro más. Clok. Un golpe y algo que rueda por el suelo. Me cago en tu puta madre. Te vas a enterar.



Con la siguiente lata empiezo a reconocer formas concretas. Hay algo en los bultos de gris sebáceo que recuerda a las nubes previas a una tormenta. Su pausado movimiento parece, en efecto, llevado por un viento premonitorio. Me pregunto si no estoy creando una nueva forma de arte. Los chorros purpúreos diseminados aquí y allá son aspas de un molino que giran al son de la tarde. La sangre acude a mis ojos como un manantial y apenas puedo mantenerme sentado. Sin darme cuenta, empiezo a canturrear algo en voz baja.



Con una mano lo agarraba del pescuezo, apretando fuerte, sintiendo mis dedos casi tocar unos con otros por debajo de su piel. Con la otra abría el armario del trastero. El de las herramientas. Y de ahí al salón. Un martillo, dos clavos, y una criatura que no paraba de maullar y revolverse. Pero sin escapatoria. Demasiado tarde. El primer golpe desataba un alarido que quebraba el silencio de la noche. Ya no había vuelta atrás. Meaaaawwww. Otro golpe. Otro. Uno más. Y ya, después, el silencio.



La última lata descansa estrujada a mis pies. Unas gotas se escapan de ella formando un pequeño charco amarillo. ¿Soy yo, o esas formas abstractas en la pared comienzan a hablarme? Pestañeo varias veces, con esfuerzo, me cuesta mantener la vista. Y empiezo a identificar realidades que me son demasiado conocidas. Esos ojos que aún parecen tener vida me miran asustados. Suplicando clemencia, como los otros ojos que vi marcharse de esta casa tras un portazo. Un eructo que amenaza vómito sale de mi boca. Me levanto. Me acerco, y me fijo en las uñas. Unas uñas afiladas, desplegadas en toda su extensión, buscando un resquicio al que agarrarse. Como tantas noches, promesas de última ebriedad, aferrado a una almohada que todo lo sabe, clavándome en su consuelo y su esperanza de lino. Me fallan las piernas. Apoyo un poco las manos sobre la pared, y mis dedos tocan la sangre. Sangre aún caliente que ha abandonado a su cuerpo a borbotones. Como la mía propia, día tras día diluida un poco más en su propio veneno y antídoto, pidiendo a gritos ser restañada. Y entonces me doy cuenta. Lo que está ante mi no es un cuadro, sino un mapa. El mapa de mi propia vida, a escala desfigurada. Trazando círculos concéntricos en un recorrido incierto, a través de unas coordenadas que no elegí, y llevándome, de la mano, a un destino que hace demasiado ya escapó a mi control.


martes, 25 de marzo de 2014

La última vez que pisé una playa



La última vez que pisé una playa Miguel no ocupaba más de unos centímetros en el vientre de Adela.

Acabamos yendo tan sólo después de que ella me lo hubiera pedido insistentemente durante varios meses, con aquello de que no habíamos tenido luna de miel porque la sucursal del banco no quería prescindir de su nuevo director durante dos semanas. Y mientras entonces Adela se tostaba al sol mañana y tarde, yo intentaba mantenerme alejado del calor bajo el aire acondicionado del bar del hotel.

Hoy, aquí, no hay bar en el que refugiarse. El hospital está un poco apartado del pueblo, y el olor a enfermedad te inunda aun en la sala de espera. Los médicos pronuncian su nombre sin mirarnos a la cara. Sin dejar de lloriquear, nerviosa, Adela me aprieta la mano. Pueden pasar a verlo diez minutos. Entra tú, voy a darme un paseo.

            Las palomas se mezclan con algunas gaviotas en una coreografía del hambre. Suben, bajan, revolotean, buscan con sus picos alguna miga entre los granos de arena. Me ignoran, quizá porque para ellas soy sólo parte del amarillo que me rodea. La piedra desgastada del paseo solitario. La arena. El sol abrasador de las cuatro de la tarde. Mi camisa con varios botones desabrochados. Era una curva muy pronunciada y sin señalizar, han dicho. Ya antes había habido algún susto con otros motoristas. Pero nunca así.

            Por primera vez desde que estoy sentado en este muro que da al mar se levanta un poco de brisa. Cuando intento poner en su lugar este manojo de canas al que llamo pelo, mi mano se lleva unas gotas de sudor de la frente. Con el sudor de tu frente, Miguel. Así se lo solía decir. Y no holgazaneando y rodeándose de esas compañías que entraban y salían de casa a cualquier hora. Una ingeniería. O medicina, por Dios. Tenía todas las oportunidades para hacer lo que quisiera. Las que muchos no podían tener. Pero nunca parecía escucharme. Cansado de estar sentado sobre la dura piedra me incorporo sin dejar de mirar al horizonte. A lo lejos, casi como una mancha, aparece la figura de un barco. Y de repente quiero estar allí, en medio del agua. Ajeno a este pueblo, a esta playa, a este calor.

            Un poco por no quedarme así, inerte, a la deriva, y un poco por no volver ya al hospital, comienzo a caminar en la arena. Los zapatos se hunden con facilidad, pero la huella que dejan desaparece al instante. No os soporto más. Pues vete. Vete y no vuelvas más por aquí. No serás bien recibido. El murmullo del agua me trae las últimas palabras que nos dijimos. Ahora no saben si volverá a hablar. A escuchar. Puede que aguante así años, sin dar el más mínimo signo de vida. Sin darme cuenta llego hasta donde la arena está mojada. Me doblo y me quito los zapatos, primero. Los calcetines. Los sujeto con una mano mientras con la otra me remango un poco los pantalones. Los últimos suspiros de las olas comienzan a mojar mis pies. Para estar en agosto, tengo la impresión de que el agua está demasiado fría.

sábado, 2 de febrero de 2013

Flores


Publicado en El Periódico de Villena
http://www.elperiodicodevillena.com/n88323-Flores-concurso-de-relatos-breves-San-Valentin-2015.html

Las flores se han quedado ahora en una posición indefinida, ni de pie, ni tumbadas. Justo en el extremo de la mesa en el que no llega la poca luz que se cuela entre las rendijas de la persiana, bajada casi por completo. Y yo he insistido, sí, le he dicho que se quedara aquí un poco más, que los dos podíamos quedarnos también en esa posición, apoyados uno en otro. Pero nada. Ella tenía que levantarse. Se merecía ese pellizco en el trasero mientras se escapaba.   

Con esta penumbra, intento discernir las formas de los paisajes marinos, infantiles, con un punto naif, de los dos cuadros de la pared de enfrente. Me los sé de memoria, claro. Ya la primera vez me fijé en ellos y en sus tonos casi exclusivamente primarios. Pero me gusta repasarlos otra vez ahora que esta oscuridad les hace cómplices del exceso de sudoración que acaban de presenciar y que, exhaustos ellos también, han perdido su color.

Aunque su lado de la cama se ha quedado vacío, los pliegues de las sábanas aún conservan parte de sus formas. Las mismas sábanas azul turquesa con bordado blanco de la semana pasada. Y de la otra. Y de la anterior. Mojadas de su sudor. Impregnadas del olor de su sexo.
Tumbado, inmóvil, aún disfruto de ella.
Y ella en el baño. Con la puerta entreabierta, y esa luz amarilla que me llega por el minúsculo pasillo. Tan limpia. No me importa. Apenas hemos terminado y ya se levanta a lavarse. Claro que preferiría que estuviera pasando sus manos también por mi pene, ya casi fláccido, como hago yo ahora. El sonido de la cisterna coincide con el último tirón que me libra de la goma usada, y parte de su contenido se derrama sobre mis muslos.

La floristería, dos calles más abajo, hace un rato, a punto de cerrar. Y yo quiero preparar un ramo a mi gusto, a su gusto, y la dependienta que, apurada, lleva su panza de un lado a otro de la tienda y apenas repara en mí. Pues bien. Me llevo este de la entrada, entonces. La combinación de rosas rojas y blancas, en número igual, bastará. No se moleste. No hace falta que me sonría mientras busca el cambio en el bolsillo de su delantal. No hace falta que haga como si no me conociera después de venir por aquí una vez por semana.

Ahora es la ducha. Escucho el chorro ponerse en funcionamiento e imagino su cuerpo, aún desnudo, acomodándose bajo el agua. ¿Es necesario borrar así, con tal rapidez, los restos de nuestro contacto?  Mis dedos aún están llenos de ella. Sin mover la cabeza, acerco la mano derecha a mi nariz y ahí está su coño. El mismo que hace unos minutos se me tragaba, generoso,  palpitante, entre envites y gemidos que, al unísono, buscaban un final. Pero el final después de ese final no es igual para los dos. Y de repente este espacio quedo, este sudor pegado al cuerpo y esta cama inerte se vuelven un poco incómodos, casi ridículos, como el reguero de semen que desfila por mi pierna y que, haciéndome cosquillas, va a dar a las sábanas. El agua sigue corriendo.

Me pregunto qué habrá hecho con los ramos anteriores. El último, un despliegue rojo intenso de claveles que hacía juego con su ropa interior. Y antes de ese, unos tulipanes que querían abrirse anticipando quizá el regalo de sus piernas. Tampoco es que haya mucho sitio aquí para ellos. O lo más probable es que se hubieran marchitado y...
—¿Todavía estás así? — envuelta en una toalla, regresa del baño y me habla sin mirarme —Vamos, vístete. Tengo prisa.
—No me has dicho nada de las flores.
—¿Las flores? ¿Qué quieres que te diga de las flores? Estoy hasta los ovarios de tus flores.
—Yo pensaba que te gustaban.
—¿Gustarme? ¿Sabes qué es a mí lo único que me gusta? Que no me toquen las narices después de trabajar. Eso es lo que me gusta.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El segundo premio


Desde el principio me había auto impuesto una norma. No repetir nunca con la misma persona. Pero ayer por la mañana, después de haber vuelto a enredar otra vez mis dedos en sus rizos, y cuando apenas nos estábamos despidiendo del desorden de sábanas que nos daban los buenos días, supe que había de traicionar mi promesa.

Durante los casi tres años en los que me había dedicado a robar citas, había aprendido que el primer y más importante de los requisitos era ser paciente. Por supuesto, había que dejar de lado los escrúpulos, la vergüenza y cualquier tipo de prejuicios o preferencias sobre si te gustaría que fuera más alta, más baja, más rubia, más morena, más gorda o más delgada. Y había que estar listo para cualquier reacción, para cualquier respuesta que pudiera hacerte sentir como un loco o como un pervertido.

            Claro que siempre había signos inequívocos que me facilitaban la labor. Cuando las miradas al reloj comenzaban a repetirse, sabía que el éxito podía empezar a estar un poco más cerca. Desde entonces, de una media hora a unos tres cuartos era más que suficiente. Si esperaba más corría el riesgo de que ella desistiera de la espera y, una vez iniciada la retirada, ya no había nada que hacer. Tampoco era aconsejable esperar menos, porque entonces sus esperanzas se mantenían aún vivas y no habría lugar para mi intromisión. Había que medir muy bien los tiempos.

 “¿Esperas a alguien?”. Y después la empatía. Muy deprisa, antes de que su extrañamiento le diera tiempo a reaccionar, tenía que subir ese pequeño peldaño de confianza haciendo ver que mi supuesta cita tenía, también, aspecto de correr la misma suerte. A partir de ahí la reacción era imprevisible, pero a menudo la decepción de un plantón se había transformado ya en la excitación de una nueva cita a manos de un agradable extraño. Algunas, por supuesto, llegaron más lejos que otras.         

Pero con ella. Con ella, sin embargo, pensé que no tendría ninguna posibilidad. Llevaba un buen rato fijándome en su vestido negro, en cómo la tela iba y venía contra su cuerpo siguiendo los antojos de un viento caprichoso. Observaba sus labios carnudos, sus rizos enseñando ahora sus hombros y ocultándolos después, y por primera vez dejé de ser el dueño de mi propio juego. Deseaba que apareciera algún indicio de que podía acercarme, deseaba ver cómo la desilusión borraba aquella sonrisa para así yo poder hacerla aparecer de nuevo. Pero la había visto hablar por teléfono varias veces y eso, en mi idioma particular, significaba que la espera era tan sólo más larga de lo normal. Sentí envidia, rabia, sentí el deseo novedoso de ser yo el que estaba por llegar, y no el bufón del oportunismo que acechaba la carroña.

Cuando al fin decidí acercarme, más llevado por la inercia de la costumbre que por el convencimiento, obtuve una respuesta que no habría esperado nunca: "Te esperaba a ti". Y de inmediato, cogidos de la mano, nos fuimos a una noche en la que la conversación se desveló más fluida que de costumbre, las risas, las miradas y los guiños borraron poco a poco nuestra condición de extraños, y el sabor de la cena, del vino y de todo lo que la velada quiso darnos no tuvieron el regusto de la travesura accidental. Sus labios volvieron a abrirse una última vez mientras terminaba de abrocharme la camisa. “Mañana a la misma hora en el mismo sitio”.

La temperatura ha bajado mucho hoy, y esta chaqueta con la que salí de casa apenas tiene un mínimo de cuello que intento subir lo más posible para poner mi cara un poco a resguardo del viento. Hace más de media hora que apenas veo a nadie acercarse, pero no me atrevo a sentarme por no perder mi posición de vigilancia. Sé que cualquier momento de guardia baja podría ser fatal. Esta tarde noté el pulso avivarse cuando vi aparecer un vestido negro por detrás de una esquina, pero unos pasos después revelaron que su dueña era rubia. ¿Rubia? De tantas caras que veo pasar he olvidado cómo es la que busco. Y sin embargo, sé que no puedo moverme de aquí, que vendrá en cualquier momento. Que aparecerá, con la misma sonrisa de ayer, del otro día, de aquel día, vendrá hasta mí y me dirá: "¿Esperas a alguien?".

sábado, 27 de octubre de 2012

Cualquier tiempo pasado fue peor


No sabría decir exactamente cuando fui consciente de tu abandono. Yo no quise verlo, me negaba a aceptar esa huída traicionera, casi cruel. Aunque, en realidad, estuviste un buen tiempo dando muestras de tu futura ausencia, de manera progresiva e imparable. Lo que sí recuerdo perfectamente es lo duro y amargo que fue reconocer que no habría marcha atrás. Que no podría retenerte conmigo. Que podía observar, paulatinamente, casi día a día, como cada vez eras menos parte de mí.

A lo que me refiero es a que no esperaba que te marcharas tan pronto. A todos nos pasa, tarde o temprano, dicen. Para mí, fue en parte sorpresa y en parte decepción, claro. A nadie le gustan estas cosas. Y aunque supongo que debías tener una buena razón para hacerlo, yo me sentí un poco traicionado. Porque no parecía que tu fuga estuviera prevista con tal precocidad. O, al menos, eso me decían. En el instituto, aunque nuestra relación era un poco todavía ingenua, las aulas se inundaban con envidia cada vez que nos veían llegar juntos. Después, en la universidad, a pesar de los excesos, de las locuras y las noches sin dormir, permaneciste siempre conmigo. Nadie hubiera pronosticado entonces que algún día estaríamos separados.

¡Pero si hasta el peluquero de enfrente del parque, que apenas nos conocía de vernos cada dos meses me aseguraba que no debía preocuparme por ti, que no te perdería nunca!

 También, aunque no hay que hacer mucho caso a los genes, la cuestión familiar parecía jugar a mi favor. Ni mi padre, ni mucho menos aun mis abuelos, que en paz descansen ya los dos y que por suerte no tuvieron que verme en este desamparo, se vieron privados tan prematuramente de la compañía de un ser tan querido. Pero supongo que estos son otros tiempos, más alterados y locos y llenos de estrés y preocupaciones y vaivenes y quizá eso ayudó también a que te marcharas.

El caso es que ya no estás. Y sí, claro, te echo de menos. Pero mira, quizá no tanto como imaginas.  Porque, ya ves, te voy a ser sincero, nunca acabé de estar cómodo a tu lado. Te sonará raro, pero la mayoría de las veces no sabía muy bien qué hacer contigo. Si tú estabas de una manera, yo te prefería de otra. Si te ponías así, yo te quería asá. Un fastidio, vamos.

Y además, ¿sabes qué? Que después de todo, no estoy tan mal sin ti. Para nada. Ya no sólo es la comodidad, que también. El hecho de no tener que ocuparme de ti cada cierto tiempo. Pero es que además, cada día más gente me dice que estoy bien así. Que hasta estoy guapo y favorecido. Y yo lo noto, también. Que aún me miran alguna vez por la calle, que todavía tengo tirón, vaya. Es más, te confieso que cuando a veces, en alguno de esos días grises y lluviosos en los que te puede la melancolía, me da por mirar alguna foto antigua para recordar viejos tiempos juntos... qué quieres que te diga, hasta se nos ve un poco ridículos. Así que, si me apuras, me atrevería a decir que estoy mejor así, sin ti.

Pero oye, no te lo tomes a mal. A veces sí que desearía tenerte de nuevo conmigo. El otro día, sin ir más lejos, estaba en la cocina, agachado, cerrando la bolsa de la basura. Cuando volví a incorporarme, vete a saber en qué estaría pensando, tonto de mí, me di con todo el borde de la encimera en la cabeza. Hasta se me saltaban las lágrimas. Ahí sí, fíjate, tengo que admitir que te eché de menos.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Lo importante es tu maleta

El primer movimiento debajo de las sábanas se produce cuando el telefonillo suena por cuarta vez. Primero un brazo que se estira y se rasca la cabeza. Después, un amago de darse media vuelta. Y, al instante, el joven acaba por incorporarse. Se sienta en el borde de la cama. Sobre la mesilla, un billete de avión con salida para el día siguiente. Lo coge, lo mira fijamente durante unos segundos, y lo coloca debajo del despertador, fuera de la vista. Resopla y se pone en pie.

- ¿Diga?

- Soy yo, cariño. ¿No me digas que estabas dormido todavía? – la voz de mujer rechina al otro lado del telefonillo.

- No, no... Es que aún...

- No me lo puedo creer. ¿Sabes qué hora es? Ya deberíamos estar saliendo.

Mira a su reloj. Las diez y cuarto. Pulsa el botón del telefonillo y va hasta la encimera de la cocina del estudio. Abre una, dos, tres puertas de los armaritos superiores hasta que encuentra un tarro al que le quedan dos cucharadas de café. Suena el timbre de la puerta.

- Mira que lo sabía. Menos mal que esta mañana se me ocurrió que debía pasar a por ti – la joven entra en el piso cargada con una maleta y un bolso de mano enorme.

- Oye, aún hay tiempo de sobra – él se da media vuelta y se dirige de nuevo a la encimera.

- ¿Es que no me vas a dar un beso?

- Tengo mal sabor de boca. Todavía no he desayunado. Y, ¿qué es eso de que deberíamos estar saliendo? El vuelo sale a las tres de la tarde, ¿no?

- Sí, ya. Y el tráfico, y facturar, y las colas. Sabes que me pongo muy nerviosa – ha dejado la maleta y el bolso en el suelo y observa el desorden del estudio – No entiendo cómo puedes vivir así, el fin de semana pasado te ayudé a adecentar esto y mira cómo está ahora.

- Ya te he dicho que he salido muy tarde de la oficina toda la semana – contesta mientras acaba de preparar el café, dándole la espalda a ella – Y anoche...

- Bueno, cariño, no te preocupes. Dentro de unas horas estaremos en Londres y ya tendrás tiempo de poner todo esto en orden cuando volvamos.

- Es que Aguirre parece que no sabe decir las cosas si no es con una cerveza detrás de otra.

- Ahora lo importante es tu maleta... porque ya veo que no has preparado nada, ¿no? – la chica ha empezado a abrir los armarios del lateral de la cama.

- Déjalo, oye, no te preocupes. Anoche al acostarme se me ocurrió que quizás sería mejor si...

- Mi madre siempre me dice que cuando vivamos juntos no necesitaré buscar un trabajo. Que con ocuparme de ti ya tendré bastante – sobre la cama sin hacer ya hay varios pantalones que ha ido eligiendo del armario - ¿Y esta camisa? ¿Te la vas a llevar? Nunca te la pones, y me tiré una tarde entera para encontrarla.

- Que a fin de cuentas, yo ya he estado en Londres, y a ti a lo mejor te hace más ilusión estar con tus primos, a tu aire, sola.

- ¿Dónde tienes el sobretodo negro? Ya sabes, el impermeable. Está previsto que haga mal tiempo, por si no lo habías mirado.

- Necesito pensarlo. Aguirre está entusiasmado con la idea. Que sería el empujón que necesito. Que yo valgo mucho y esto se me queda ya pequeño – aún apoyado en la encimera y con el café a medio terminar, el chico enciende un cigarrillo.

- Ay, mira, no seas bobo. Si necesitas pensar, ya lo harás mientras paseamos por el barrio chino, o por el Soho... o por Notting Hill. ¿No querías ir a Notting Hill, cariño?

- Y no digo que sea mala idea. Pero sería un gran cambio. Para todos, quiero decir – el chico habla sin levantar la vista del suelo.

Ella deja por un momento la ropa y se acerca hasta él, abrazándole por la cintura.

- Pues si tu crees que es un buen cambio, yo también, cielo – los ojos de la chica se elevan en busca de los de él. En ese momento suena el teléfono en el estudio. Sin mirarla, el chico pasa la mano por la cabeza de ella y le revuelve suavemente el cabello. Le aparta el brazo con el que le tiene cogido y se dirige a responder el teléfono.

- ¿Sí? Ah, hola mamá.

- Dale un beso de mi parte a tu madre, ¿quieres? – la joven vuelve a la maleta que ha quedado abierta encima de la cama.

- Hace un rato, sí. Es que no estoy durmiendo bien estos días. Los nervios del viaje, supongo.

- No te enrolles, cielo. Que aún tienes que ducharte.

- Sí, sí, ya está decidido. Anoche lo vi todo claro – el chico se acerca a la ventana del estudio y habla mirando hacia la calle.

- Te voy a meter un jersey de cuello vuelto. Para la noche que vayamos al teatro, ¿te parece?

- ¡Que me vas a echar de menos! Pero si últimamente apenas nos veíamos, mamá.

- No entiendo cómo nos hacen viajar con estas maletas tan pequeñas. No cabe nada – la chica busca ahora entre los cajones de la ropa interior.

- En avión, sí. No, no tengo tantas cosas que llevarme.

- Y todavía hay que hacer hueco para el neceser. Con tus cremas y lociones. A veces me pregunto si tengo un novio o una novia.

- Claro que todo irá bien, mamá. Siempre te preocupas demasiado. Ya soy mayorcito.

- Bueno, pues esto casi ya está. Te he metido ropa interior para una semana. No sé, por si acaso.

- Que sí... que te llamaré en cuanto esté instalado. Oye, se me hace tarde, ¿vale? Un beso.

- ¿Cómo está tu madre?

- Bien, bien. Un poco preocupada, nada más. Siempre le han dado miedo los cambios.

- ¿Sabes, cielo? Yo sé que las cosas no nos han ido muy bien últimamente. Pero tengo la sensación de que este viaje va a ser un antes y un después para nosotros.

- ¿Tú crees?

El chico se aleja de la ventana, cuelga el teléfono y, tras dudar un segundo, la abraza, sin mirarla, juntando ligeramente su cabeza con la de ella.

- Estoy totalmente segura. Y no sólo eso. Creo que vas a necesitar una maleta más grande.

La mirada de él se dirige hacia su maleta, aún sin cerrar, encima de la cama, junto a la mesilla. Sobre ella, el billete de avión que estaba debajo del despertador se halla ahora a la vista.

jueves, 16 de abril de 2009

El Posólogo

- Primer premio de Novela Corta del XIX Certamen 'Calamonte Joven' 2009

- Primer premio de Cuento en la XV edición de los premios literarios 'Marco Fabio Quintiliano' de Calahorra, 2010. 






Durante mucho tiempo estuve convencido de que el trauma, la culpa y la aprensión se habían apoderado de mí para no abandonarme nunca. Casi sin darme cuenta, con la naturalidad que muchas veces olvidamos agradecer al simple paso de los días, todo este asunto ha dejado de torturarme. No es que no estuviera acostumbrado a lidiar asiduamente con torbellinos de la conciencia; han debido de ser centenares las noches, durante toda una vida dedicada al ejercicio de la justicia, en las que arropado por las mantas, con los ojos cerrados e intentando dormir, he acabado hecho un rollo con las sábanas de tanto dar vueltas a uno y otro lado de la cama. ¡Tan agotador es compartir lecho con la siniestra compañía de la incertidumbre! Y sin embargo, el motivo de aquella zozobra poco tenía que ver con la fragilidad de la sospecha. Bien al contrario, era el peso de la certeza el que se desplomaba contra mí dejándome sin resuello. Confieso que nunca antes me había encontrado con la incongruencia de recelar de una sentencia que no ofrecía resquicio para el titubeo. De un caso tan claro, tan incontestable y a la vez tan paradójico como el que se me presentó en el juicio contra Justo Contador.

Por aquel entonces a los días de Justo les salían horas por todos lados. Desde que cinco años atrás una plancha metálica de más de doscientos kilos le cayera encima mientras colocaba unas cajas en el almacén de la imprenta en la que trabajaba, no encontraba la manera de evitar que todo se le hiciera de color plúmbeo, tirando más bien a un anodino oscuro y con un tinte inconfundiblemente baladí.

Aquel desafortunado incidente le había causado una lesión de cadera y, por añadido, una jubilación prematura que le hacía acreedor de un sinfín de momentos que el pobre Justo no acertaba a llenar más que con profundos suspiros y gestos cariacontecidos. No es que a sus cincuenta y siete años pudiera quejarse de lo que la vida le había reservado para sus días de eterno asueto. En absoluto. Si obviamos la notoria cojera en la pierna derecha producto del accidente, la salud de Justo se encontraba en perfecto estado. A esa naturaleza vigorosa se le unía una situación económica que, si bien no pudiera calificarse de boyante, sí le evitaba pasar apuros. En definitiva, la envidia de amigos, familiares, conocidos y vecinos.

Por si esto fuera poco, es preciso señalar que no sólo el ámbito más terrenal tenía Justo bien cubierto. Tampoco en lo que afecta a las necesidades del espíritu, veleidades que pueden producir un hambre más urgente que la del estómago, encontraba escasez alguna. Su matrimonio con Mercedes pasaba ya de la treintena, y aunque caducas ya las efusiones primerizas, las rollizas carnes de ésta seguían dándole pingües satisfacciones en el frío del invierno y, por qué no decirlo, también en el calor del estío. Una mujer fuerte, voluntariosa y cuyo potaje de garbanzos era sobradamente famoso en todo el entorno de la pareja. La guinda a tal ventura familiar la ponía Merceditas, o Ceditas, como era llamada en congregación doméstica. Muchacha alegre, pizpireta y heredera de la exhuberancia carnal de la madre. Todos los sábados por la mañana la casa se convertía en el escenario de sus rumbas y bulerías mientras barría el suelo o quitaba el polvo, y para el resto de los días bastaba con que agitara su cabellera de rizos interminables al entrar de la calle para provocar el deleite en la mirada de sus progenitores.

Pero Justo se aburría. Se aburría mortalmente. Se aburría hasta el punto de saberse de memoria el número de baldosas del pasillo de tantas veces que lo había recorrido, ahora en esta dirección y después en la otra, arrastrando su asimetría en el andar. Lo que parecía un premio a tantos años de trabajo y sobriedades se había convertido en una carga, un lastre que no le abandonaba ni de día ni de noche, ni solo ni acompañado. Allá donde estuviera, Justo andaba siempre ocupado en su aburrimiento. Animado por Mercedes, había intentado distraerse con el dominó, en las partidas vespertinas del bar de debajo de su casa. Durante un tiempo fue visto también con frecuencia por los museos de la ciudad. Probó el fútbol, los documentales y los viajes programados. Lo había intentado de una y mil formas, pero siempre con el mismo infausto resultado que le llevaba de vuelta con su inseparable hastío.

Hasta que una mañana de domingo, sentado en el sofá del salón y leyendo el periódico, Justo levantó la vista del papel y buscó una respuesta entre los rayos de sol que se colaban por entre las rendijas de la persiana.
-Cariño, ¿tú sabes qué es esto? – reclamaba la atención de Mercedes sin moverse del sofá.
-¿Qué es qué? – la voz de su mujer llegaba desde la cocina junto con un intenso olor a puchero.
Y así, tras varias frases de ida y vuelta entre el salón y la cocina a un considerable volumen, Justo consiguió que su esposa se acercara hasta él.
-Mira, aquí – el dedo de Justo señalaba un pequeño recuadro situado en una esquina de la sección de clasificados.
“HÁGASE EXPERTO EN POSOLOGÍA EN TAN SÓLO 6 MESES. PREPARACIÓN A DISTANCIA”
Los ojos de Justo buscaban una respuesta en los de Mercedes y estos a su vez permanecían fijos en el anuncio mientras la mujer se apoyaba por detrás de su marido. Tras unos segundos, levantó su peso del sofá y se ajustó el delantal.
-Justo... no irás a creerte eso, ¿no? Lo único que quieren es sacarte los cuartos.
-Quién sabe. Pero, ¿qué significa? ¿Qué es eso de la posología? - Justo seguía sin levantar la vista del papel.
-Mira mi gori (Mercedes llamaba cariñosamente así a su marido desde el accidente, ya que la cojera le recordaba el andar de los gorilas), no tengo ni idea... pero ¿es que a tus años vas a ponerte a estudiar?
-¿Quién va a ponerse a estudiar? – en ese momento Ceditas pasaba por el salón blandiendo el plumero. Su padre se giró hacia ella y le mostró el anuncio del periódico con una mirada inquisitoria. La muchacha se alejó sin decir palabra y volvió al cabo de unos segundos con una caja de paracetamol en la mano – Mira, aquí. Lee el prospecto.
Los rechonchos dedos de Justo se afanaban por desdoblar los múltiples pliegues del fino papel.
“Posología: la dosis habitual es de un comprimido cada ocho horas. No se tomarán más de cuatro comprimidos en veinticuatro horas”.
-¿Así que es eso? – Mercedes apenas podía contener la risa – ¿Piensas hacerte experto en consumo de pastillas?
-No puede ser – Justo seguía absorto en aquel extraño descubrimiento, con el periódico en una mano y el prospecto en la otra – Tiene que haber algo más.
El potaje de aquel domingo le pareció a Justo especialmente delicioso. Sin apenas pronunciar palabra, llenaba sus carrillos cucharada tras cucharada con una inusual sonrisa. Ni su mujer ni su hija, encantadas con la visión de aquella muestra de alegría, se percataron de que la otra mano de Justo, por debajo de la mesa, no dejaba de juguetear con el recorte del anuncio del periódico.

El primer envío llegó a finales de septiembre. El cartero llamó con insistencia a media mañana y dejó un paquete a nombre de Justo Contador. Apenas le había dado tiempo a Mercedes a preguntar de dónde provenía aquel misterioso bulto cuando Justo apareció desde el final del pasillo a la velocidad que su cojera le permitía, musitó “es para mí” y se alejó con él, dejando a mujer y cartero con hombros encogidos, para encerrarse en el pequeño despacho que apenas era utilizado sino cuando Mercedes tendía allí la ropa los días de lluvia. Comoquiera que la mujer sabía de la poca afición de su marido a estar solo, firmó el recibo, despidió al cartero y se acercó a preguntar. “Cariño, no me molestes ahora, ¿quieres?”. Al otro lado de la puerta, Justo se disponía a abrir la caja. Con un cuchillo de cocina intentaba torpemente romper la cinta aislante que rodeaba el paquete. Al cabo de unos segundos desistió de usar el cuchillo para hacer uso de las manos y, cuando vio que tampoco así era capaz de abrirla, recurrió a la inefable y arcaica ayuda de los dientes. Finalmente, con las solapas de la caja medio rasgadas y la boca llena de trocitos de cinta adhesiva, Justo extraía el preciado tesoro. Un manual de introducción a la metrología, un cronómetro, una regla y una pequeña balanza. Uno a uno fue cogiendo los artículos, aún envueltos con el retractilado individual, y los observó elevándolos un poco por encima de sus ojos, como si de alguna extraña divinidad se tratasen. Y con esa compañía pasó las siguientes horas, hasta que Mercedes consiguió hacerlo salir pasadas las tres de la tarde bajo la amenaza de un almuerzo aterido e incomible.
-¿Y bien? – la expectación de la mujer por saber qué ocurría en el pequeño despacho era casi igual a su indignación por lo tarde que se había hecho para comer.
-El primer concepto a tener en cuenta, según el libro, es que no sólo hay que prestar atención al resultado de la medición, sino que tan importante como ésta es la propia incertidumbre de la medida.
La cara de Mercedes era completo estupor, ya que no entendía una sola palabra de lo que su marido le decía y no podía recordar la última vez que lo había visto sumido en tal grado de entusiasmo.

A partir de ese día el pequeño despacho se convirtió en el refugio particular de Justo y ninguna de las dos mujeres en la casa se atrevía a molestarlo sin antes llamar suavemente a la puerta, mucho menos a traspasar el umbral mientras él se hallaba dentro. Cada día Justo pasaba allí entre ocho y diez horas, fervorosamente entregado a una colección de aparatos, cachivaches, libros y manuales que no hacían sino aumentar cada semana. Poco a poco el despacho fue llenándose con probetas, microscopios, termómetros, calibres, medidores láser, polímetros, goniómetros y muchos otros instrumentos de los que nunca antes se había tenido constancia de su existencia en la familia Contador. En la mesa, las estanterías e incluso por el suelo se agolpaban cientos de papeles, cuadernos y agendas con notas y apuntes. Y el nivel y complejidad de las lecturas iba aumentando con cada nuevo envío: iniciación a la metrotecnia dimensional, estudios de física cuántica, manuales de propedéutica aplicada, dosificación y principios activos, las claves de la fisiología comparada, procesos diagnósticos... y decenas de títulos afines. Con cada envío, también, con cada nuevo libro, con cada nuevo artilugio, se iba produciendo una lenta pero incesante transformación en el talante apesadumbrado de Justo. Su mirada perdida se deshacía de la perenne neblina para adoptar una lenticular claridad. Los suspiros mohínos de la mañana daban paso a una tos ronca y obstinada cada vez que era interrumpido en su menester. Justo ya no se aburría. Como si un relojero hubiera trastocado las piezas de su reloj vital, las horas que antes sobraban a sus días eran ahora las mismas que parecían faltarle.

El silencio se había hecho dueño de la casa de los Contador durante los tres meses de otoño, y siguió reinando con cruel apacibilidad los otros tantos del invierno. Por eso Mercedes se llevó un susto de muerte cuando, recién estrenada la primavera, la puerta del despacho se abrió inesperadamente pasadas las once de la mañana.
-Cariño, ¡ya está! – la mirada inyectada en frenesí de Justo no se correspondía con el aspecto de un hombre que llevaba semanas descuidando su aspecto, con una barba que cubría por completo su oronda cara.
-Justo, ¡por Dios! ¿Estás bien? – Mercedes, que se había acostumbrado ya a ver a su marido casi únicamente en la oscuridad de la noche, recibía aquella visita en la cocina como a un náufrago que logra llegar a la orilla.
-Perfectamente... ¡nunca he estado mejor! ¿Qué estás cocinando?
-¿Cómo que qué estoy...? – la mujer se detuvo en el sitio, dejó en la encimera el plato que tenía en la mano y, brazos en jarra, miró a su marido de arriba a abajo – Lentejas. Estoy haciendo lentejas con chorizo. Justo, ¿vas a explicarme de una vez qué está ocurriendo aquí? ¿Qué es todo este secretismo tuyo?
-Estás a punto de comprobarlo.
Justo se acercó a la olla, alzó un poco la tapa y olisqueó en su interior. Sin más explicaciones, se alejó de nuevo en dirección al despacho para regresar segundos después con un termómetro de mercurio, una calculadora y una cinta métrica. Aquello empezaba a agotar la paciencia de Mercedes quien, más por desesperación que por convencimiento, se apartó, apoyándose en la nevera, y dejó que Justo se hiciera con el control de los fogones. Algo que, si su memoria no le fallaba, y estaba del todo segura de que no lo hacía, era la primera vez que sucedía. Comenzó entonces a manipular la olla, introduciendo primero el termómetro en el agua para medir su temperatura. Después desplegó la cinta métrica alrededor del recipiente, primero a lo alto y luego a lo ancho. Anotó los resultados en su perenne libreta azul de espiral y sonrió. Pulsó algunos botones en la calculadora, observó el resultado, miró a los lados, pulsó más botones, se rascó la calva y, finalmente, se dirigió a su mujer.
-Cariño, deberías poner un poco más de agua en la olla. Como medio vaso.
-¿Cómo? Ay, mira no, no me vas a tomar el pelo de esta manera.
-Tú hazme caso. De verdad – la mano de Justo se posaba en el hombro de su mujer con una calidez impropia de quien la había ignorado por completo durante seis meses. Y quizá por este gesto, o quizá tan sólo por seguirle la corriente, Mercedes cogió un vaso, lo llenó hasta la mitad con agua del grifo y la añadió a las lentejas.

Ceditas no supo si alegrarse o preocuparse al ver a su padre sentado a la mesa del salón cuando volvió de la universidad, unas horas más tarde.
-¡Papá! ¿Es que vas a comer con nosotras?
-El menú de hoy es un tanto especial. Y exige que todos los miembros de la familia participen de él – la exagerada sonrisa de Justo se pronunció aún más cuando Mercedes llegó de la cocina con la olla lista. Ésta, a su vez, desvió la mirada hacia su hija con la complicidad que señala la presencia de un loco. Bastó con que las dos mujeres llevaran la cuchara a la boca una vez para que todo el escepticismo acumulado se derrumbara en un momento mágico, un súbito despertar a la fe que por poco tira a Mercedes de la silla en su aspaviento.
-¡Justo, mi gori, son las mejores lentejas que he probado en mi vida! – la mujer casi gritaba con la boca aún llena, sin dar tiempo siquiera a haber tragado. Ceditas no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, pero el brillo en sus ojos delataba el aluvión de placer que se acumulaba en su paladar.
-¿Es papá el que ha hecho las lentejas?
-No he sido yo, hija, sino la posología. Una prodigiosa ciencia aún por explotar que debe darnos incontables alegrías, a nosotros y a todo el que desee aprovecharse de ella.
Y de manera espontánea, casi inconsciente, madre e hija se abalanzaron sobre Justo en un roce compartido de pelos de barba desaliñada, una unión familiar en forma de platos de lentejas exactas.

Esa misma tarde, no contento con la exhibición culinaria que había realizado, Justo quiso enseñar también a Ceditas los métodos y procedimientos de su recién adquirida destreza.
-¿Ves? Ahí tienes, un campo infinito de sabiduría. Tan sólo uno mismo decide hasta dónde quiere llegar – apoyados en el quicio de la puerta del despacho, Justo le mostraba a su hija aquel santuario científico de andar por casa. Ceditas mientras tanto no decía nada, abrazaba a su padre por la cintura y se limitaba a darle pequeños besos en la mejilla, como si acabara de regresar de un largo viaje.
-No hay prácticamente nada que no se pueda medir. Y, por tanto, determinar también con exactitud en su perfecta medida – Justo se iba deteniendo en cada estantería, en cada chisme que poblaba el despacho, mientras echaba mano a los barómetros, amperímetros y calibres, los ponía por un momento a la vista de su hija y los volvía a dejar en su sitio – Tras el proceso de medición, resulta un número que es la relación entre el objeto del estudio y la unidad de referencia.
De repente, giró sobre sí mismo y quedó mirando directamente a su hija por primera vez desde que habían entrado a la habitación. Sin decir nada, tomó un mechón del cabello de Ceditas, hecho una maraña de pequeños bucles y trencitas.
-Hija, ¿cuántas horquillas usas para peinarte?
-¿Qué? – Ceditas no sabía si soltarse de su padre y salir corriendo de la habitación o echarse a reír – Papá, no lo sé, no tengo ni idea. Simplemente las voy cogiendo y me las voy poniendo hasta que termino de peinarme – la frase terminaba casi en susurro, como si pidiera perdón por emplear semejante mecanismo en su acicaladura.
-Déjame una. Y también uno o dos pelos tuyos.
-Papá, ¿qué pretendes?
-Tú hazme caso. De verdad.

Justo buscó entonces por entre el amasijo de trastos hasta dar con una báscula de precisión. Depositó en ella primero la horquilla, después los cabellos. Anotó el resultado en la libreta azul y siguió afanándose en su tarea, ahora con la ayuda del goniómetro. Después de diez minutos de mediciones y cálculos diversos, levantó la vista y dedicó a Ceditas una hospitalaria sonrisa.
-Tienes que usar catorce horquillas para peinarte. Ni una más, ni una menos.
Y sin decir más devolvió la horquilla a su hija y salió del despacho. Ceditas seguía allí de pie, inmóvil, con la horquilla en la mano, y mientras veía a su padre salir garboso de la habitación se preguntó si su habitual renqueo no había menguado de manera ostensible.

Las paredes de la casa bramaban con fuerzas inauditas cuando Ceditas volvió de clase al día siguiente y fue directamente a buscar a su padre.
-¿Has visto qué peinado? ¡Nunca en la peluquería han conseguido dejarme así! Y todo el mundo en clase me ha dicho lo estupenda que estaba ¡Estoy tan contenta que... – su efusión se detuvo al comprobar que su padre estaba tan ocupado con una hoja de papel que no la había mirado en todo ese rato – Papá, ¿qué estás haciendo?-Es una lista de todas las personas que conozco. Con su dirección y teléfono. Y mamá y tú debéis hacer una también. Así tendremos un montón de gente con la que comenzar.
-Comenzar... ¿el qué?

-Hija, ¿no te das cuenta del poder que implica el dominio de la posología? ¿Has pensado hasta dónde podría... hasta dónde podríamos llegar con esto?
- Gori, ya le has dedicado suficiente tiempo a todos esos chismes, ¿no crees? – aunque ni padre ni hija se habían dado cuenta, Mercedes llevaba un buen rato, con los brazos cruzados, escuchando desde la puerta del salón.
-Tenemos que propagar este descubrimiento – Justo se desesperaba por hacer comprender a su familia que era por completo inicuo recluir aquellas virtudes a los límites de la casa – En cuanto la gente sepa las maravillas que puede hacer por ellos, lo mucho que sus vidas pueden mejorar... ¡todos querrán aprovecharse de ello! ¡La posología tendrá un prestigio reconocido!
- Mira, puede que eso de la posología funcione, pero no me fío. Todos esos cacharros del demonio... ¡y esa barba, Justo! Deberías verte. ¡No hay quien te conozca!
-No puedo creer vuestra falta de confianza. Vosotras mismas habéis podido comprobarlo...
-Papá, pero yo te prefiero a ti, al de antes, ¡al de siempre!
– Ceditas se unía así a la protesta de su madre, hartas de compartir cenas para dos en el salón, a solas con la puerta del despacho eternamente cerrada y, lo que es peor, celosas de una ciencia que parecía dar a Justo lo que ellas no habían logrado en aquellos cinco años de cojeras y quejidos.
-Está bien, no necesito vuestra ayuda. A partir de hoy, yo mismo me ocuparé de todo – Justo cogió la hoja con los nombres que había apuntado, se levantó del sofá con la agilidad de un niño y se encerró en su despacho con un violento portazo.

Empezó precisamente, como había planeado, por los más cercanos. Los llamó, les escribió, incluso a aquéllos con los que hacía tiempo que había perdido el contacto; se acercó hasta sus casas y se interesó por ellos. No pasaba mucho tiempo hasta que Justo era capaz de descubrir ese pequeño desajuste que era necesario reparar. A su cuñada Pilar, por ejemplo, aunque nunca había sido de su completo agrado, le regaló el sabio consejo de que al pequeño Dani, sobrino de Justo, le bastarían cincuenta y siete minutos de estudio al día para aprobar todas las asignaturas pendientes. Al tío Manuel, aficionado a los pájaros, le recomendó que no debía de guardar más de diecinueve de aquellas aves juntas en la misma jaula si quería asegurar su perfecta convivencia. Y a Enrique, antiguo compañero en la imprenta, le confesó en un tono bastante serio que no sería bueno que pasasen más de dieciséis días seguidos sin regalar nada a su esposa si no quería correr el peligro de que ella, voluble y caprichosa, se sintiera menospreciada.

Los sucesos no tardaron en propagarse de boca en boca, y a los pocos días el teléfono de la casa de los Contador empezó a recibir llamadas de gente que, no sin un poco de suspicacia, preguntaban si sería posible poder contar con los servicios de Justo. Después de acordar una cita, llegaban a casa para entrar directamente en el despacho, siempre cabizbajos, acomplejados y temerosos de revelar las taras de su intimidad. Justo escuchaba paciente, asentía mientras fingía ordenar los instrumentos de alguna repisa y, finalmente, con la suavidad y el tacto que requería el momento, exponía la necesidad de contar con algunos objetos personales necesarios para la evaluación y quizás un par de días, tres a lo sumo, para extraer un resultado satisfactorio. Transcurrido ese plazo Justo les hacía llegar la solución exacta a sus problemas; con ella, también, la factura con sus emolumentos. Nada extremado, la verdad, porque aunque Justo agradecía que el reconocimiento a su labor diese también mayor peso a su cartera, nada le complacía más que saberse contribuyente a una suerte de justicia invisible, a un ajuste de cuentas a los infortunios y contrariedades que constituían un peldaño más en los trayectos diarios de tantas y tantas personas.

Pero ayudar a tanta gente en tan poco espacio empezó a generar problemas de intimidad, dado el caudal de personas que diariamente entraban y salían por el estrecho pasillo de la casa, y la presión de Mercedes y Ceditas acabó convenciendo a Justo de que, si quería continuar con sus actividades, debía alquilar un local donde poder separar su trabajo de su vida privada. Allí ahora los clientes eran primero recibidos por una secretaria, y después llevados a la amplia sala donde Justo había multiplicado su equipamiento técnico para ajustarse a las nuevas exigencias El nuevo local trajo consigo también un aumento en la actividad de Justo, nuevos encargos y nuevos clientes. Ya no sólo atendía las pequeñas demandas anónimas; diversos profesionales, empresarios, asociaciones y organismos se acercaban hasta él atraídos por el rumor de una práctica única, casi milagrosa. Las peticiones también pasaron de las pequeñas minucias domésticas a las que Justo estaba acostumbrado a intervenciones con un elevado grado dificultad. Pero daba igual la complejidad a la que Justo se enfrentara, su ciencia y sus resultados seguían demostrándose infalibles. Pronto, la posología empezó a ser citada asiduamente en las reuniones sociales, y Justo Contador un nombre de referencia para todo aquél que presumía de estar a la última.

Y como todo acto público que adquiere un grado de notoriedad, los logros de Justo llegaron a oídos de los medios. Un periódico nacional contactó con él y dos días después se presentaban en su casa para hacerle una entrevista. Justo, modesto y reservado, parecía no querer revelar mucho sobre los entresijos de su sorprendente actividad, pero cuando el fotógrafo preparaba su cámara para dejar constancia gráfica del protagonista, Justo pidió ser retratado junto a su esposa y su hija, cada una sentada a un lado de él.
-¿Que opinan ustedes de todo esto? Deben de estar más que contentas, ¿no? – el periodista se dirigía a las mujeres por primera vez en toda la conversación.
-Ellas... se mantienen bastante al margen – Justo se adelantó en la respuesta – Pero saben que son lo más importante para mí. Y que no haría nada que no fuera por su bien. Por el bien de todos – y después de mirar fugazmente a cada una de ellas, centró su mirada en el objetivo y sonrió.

Al día siguiente Ceditas se dio cuenta de que algo andaba mal cuando entró en casa de vuelta de la universidad. Había pasado todo el camino, en el autobús, ensimismada con el periódico que dedicaba un artículo a toda página a su padre. Una y otra vez volvía sobre él, miraba la foto de familia en blanco y negro y cerraba sus páginas con rapidez, temerosa de que alguien a su alrededor pudiera reconocerla. Le resultaba chocante el contraste entre la robusta sonrisa de su padre y el gesto serio, mustio, que ofrecían su madre y ella. Quizá, después de todo, estaban siendo demasiado severas con él. A fin de cuentas no hacía nada malo, y estaba empezando a conseguir un éxito que ninguno de los tres hubiera imaginado nunca. Con estos pensamientos en la cabeza subió las escaleras del bloque, con el periódico abierto por esa página y ansiosa por mostrárselo a sus padres. Pero cuando abrió la puerta notó algo extraño. El silencio que colmaba la casa no era el habitual a la hora de la comida. Cruzó el pasillo, la cocina y llegó al salón mientras buscaba a su madre con la voz, pero allí no había nadie. Y al llegar a la puerta de la habitación de sus padres la encontró extrañamente cerrada. Llamó una vez, pero no tuvo contestación. Volvió a llamar y esta vez abrió la puerta con un nuevo ‘mamá’ preparado para salir de su boca. Pero lo contuvo al ver la cama vacía, deshecha y, a un lado de ésta, su madre tirada en el suelo. ‘Mamá’, ahora sí, soltó en un eructo brusco y seco. Se acercó a ella, se agachó y la zarandeó. Inmóvil, inerte, Mercedes mostraba signos de defensa en la postura de sus brazos y en su mirada; mientras que la marca roja, casi morada, que recorría su cuello de un lado a otro indicaba que sin lugar a dudas había sido estrangulada. El primer ‘mamá’ se convertía ahora en un grito repetido, a voz desgarrada, a la vez que Ceditas corría por toda la casa, sin saber si buscaba a su padre o huía de él. En el balcón, Justo permanecía impasible a los gritos. Su hija se le acercó por detrás, le gritó de nuevo, le empujó. Pero el hombre que estaba agarrado a la barandilla no respondía a ningún tipo de estímulo. Ausente, mirando al cielo, respiraba tranquilo y apenas movía un poco la cabeza a un lado. Si Ceditas le hubiese mirado a la cara antes de ir a llamar a la policía, habría visto que las lágrimas le corrían de tal manera por las mejillas que muchas de ellas ya habían terminado en la camisa.

La excitación en los días previos al juicio era la lógica producida por un caso que había acumulado un buen número de portadas. La notoriedad pública de Justo unida a la monstruosidad de unos hechos sobrecogedores había llenado la sala de reporteros y cámaras. Por eso, tuve que toser en alto y pedir un poco de silencio antes de comenzar a hablar.
-Se ruega al acusado que haga el favor de acercarse al estrado.
La escueta y redonda figura de Justo se levantó de su asiento convirtiendo el murmullo de la sala en un crepitar de sillas y cuchicheos. Sin vacilar, con la mirada fija en el frente, comenzó a avanzar con paso tan firme que nos hizo dudar a todos por un momento de si aquel hombre había sufrido lesión alguna en su cadera. Con aplomo se sentó en la silla y esperó a que le fueran leídos sus derechos, paciente, casi como si estuviera disfrutando de estar allí.
-Justo Contador, ¿cómo se declara en relación a los hechos de que se le acusa?
-Inocente – la sala entera pareció quedarse sin oxígeno.
-¿Quiere usted decirme que no estranguló, con premeditación y alevosía, a Mercedes González, su difunta esposa, la mañana del 18 de septiembre, hasta causarle la muerte?
-Sí, lo hice. Pero no soy culpable
– las cabezas en el público iban de izquierda a derecha buscando alguna respuesta.
-¿Puede explicarse mejor?-Señores, – Justo se levantó y pareció mirar directamente a todos y cada uno de los presentes en la sala – no se me está juzgando a mí, sino a una ciencia. Una ciencia infalible cuyos fundamentos no nos son propios. Una ciencia cuyo entendimiento escapa a cualquier raciocinio y cuyos resultados van más allá de valores y consideraciones morales. Una ciencia cuyo dominio me concede el poder de asegurar que, mi mujer, Mercedes González, había llegado en aquella mañana, exactamente a las ocho horas y siete minutos... al preciso final de su estancia en este mundo.
Toda la sala del juzgado se quedó muda. Ni una voz, ni un murmullo, ni un brazo moverse o un dedo flexionarse. Todos permanecíamos tiesos, helados, y durante varios segundos perdimos incluso la noción de lo que allí estaba ocurriendo. Entonces, poco a poco, se empezaron a dejar oír algunas voces. Primero una al fondo. Después dos o tres más. Algunos gritos. Que lo encierren. Loco. Asesino.

No fueron necesarias más declaraciones, y el caso quedó visto para sentencia tan sólo unos minutos después. Pero el malestar y la sensación de vacío me acompañaron durante varias semanas más. Hasta que al final comprendí. Aquellos momentos de silencio, aquellos instantes en los que todo dejó de tener sentido no eran sólo el reconocimiento de la presencia de un perturbado mental. Más allá de eso, durante los interminables segundos en los que decenas de gargantas se quedaron sin saliva, todos fuimos cómplices de aquel asesinato. Todos, me atrevo a decir, sin excepción, tuvimos la certeza de aquel hombre era inocente, de que sus palabras eran ciertas y de que no había nada de lo que se le pudiera culpar. Hoy el paso del tiempo y el sentido común han logrado eliminar esa sensación de escozor que aparecía en un sitio indeterminado de mi cuerpo. Soy capaz de dormir de un tirón dos o tres noches a la semana y no me quedo en blanco, pensativo y con la mirada perdida sin saber por qué. He de confesar, sin embargo, que he dejado de llevar reloj, y que cada vez que me mi hija me pregunta si yo he cogido su regla de dibujo o mi mujer busca el peso de la cocina, hago como que no sé nada. Por si acaso. Uno nunca sabe.