jueves, 16 de abril de 2009

El Posólogo

- Primer premio de Novela Corta del XIX Certamen 'Calamonte Joven' 2009

- Primer premio de Cuento en la XV edición de los premios literarios 'Marco Fabio Quintiliano' de Calahorra, 2010. 






Durante mucho tiempo estuve convencido de que el trauma, la culpa y la aprensión se habían apoderado de mí para no abandonarme nunca. Casi sin darme cuenta, con la naturalidad que muchas veces olvidamos agradecer al simple paso de los días, todo este asunto ha dejado de torturarme. No es que no estuviera acostumbrado a lidiar asiduamente con torbellinos de la conciencia; han debido de ser centenares las noches, durante toda una vida dedicada al ejercicio de la justicia, en las que arropado por las mantas, con los ojos cerrados e intentando dormir, he acabado hecho un rollo con las sábanas de tanto dar vueltas a uno y otro lado de la cama. ¡Tan agotador es compartir lecho con la siniestra compañía de la incertidumbre! Y sin embargo, el motivo de aquella zozobra poco tenía que ver con la fragilidad de la sospecha. Bien al contrario, era el peso de la certeza el que se desplomaba contra mí dejándome sin resuello. Confieso que nunca antes me había encontrado con la incongruencia de recelar de una sentencia que no ofrecía resquicio para el titubeo. De un caso tan claro, tan incontestable y a la vez tan paradójico como el que se me presentó en el juicio contra Justo Contador.

Por aquel entonces a los días de Justo les salían horas por todos lados. Desde que cinco años atrás una plancha metálica de más de doscientos kilos le cayera encima mientras colocaba unas cajas en el almacén de la imprenta en la que trabajaba, no encontraba la manera de evitar que todo se le hiciera de color plúmbeo, tirando más bien a un anodino oscuro y con un tinte inconfundiblemente baladí.

Aquel desafortunado incidente le había causado una lesión de cadera y, por añadido, una jubilación prematura que le hacía acreedor de un sinfín de momentos que el pobre Justo no acertaba a llenar más que con profundos suspiros y gestos cariacontecidos. No es que a sus cincuenta y siete años pudiera quejarse de lo que la vida le había reservado para sus días de eterno asueto. En absoluto. Si obviamos la notoria cojera en la pierna derecha producto del accidente, la salud de Justo se encontraba en perfecto estado. A esa naturaleza vigorosa se le unía una situación económica que, si bien no pudiera calificarse de boyante, sí le evitaba pasar apuros. En definitiva, la envidia de amigos, familiares, conocidos y vecinos.

Por si esto fuera poco, es preciso señalar que no sólo el ámbito más terrenal tenía Justo bien cubierto. Tampoco en lo que afecta a las necesidades del espíritu, veleidades que pueden producir un hambre más urgente que la del estómago, encontraba escasez alguna. Su matrimonio con Mercedes pasaba ya de la treintena, y aunque caducas ya las efusiones primerizas, las rollizas carnes de ésta seguían dándole pingües satisfacciones en el frío del invierno y, por qué no decirlo, también en el calor del estío. Una mujer fuerte, voluntariosa y cuyo potaje de garbanzos era sobradamente famoso en todo el entorno de la pareja. La guinda a tal ventura familiar la ponía Merceditas, o Ceditas, como era llamada en congregación doméstica. Muchacha alegre, pizpireta y heredera de la exhuberancia carnal de la madre. Todos los sábados por la mañana la casa se convertía en el escenario de sus rumbas y bulerías mientras barría el suelo o quitaba el polvo, y para el resto de los días bastaba con que agitara su cabellera de rizos interminables al entrar de la calle para provocar el deleite en la mirada de sus progenitores.

Pero Justo se aburría. Se aburría mortalmente. Se aburría hasta el punto de saberse de memoria el número de baldosas del pasillo de tantas veces que lo había recorrido, ahora en esta dirección y después en la otra, arrastrando su asimetría en el andar. Lo que parecía un premio a tantos años de trabajo y sobriedades se había convertido en una carga, un lastre que no le abandonaba ni de día ni de noche, ni solo ni acompañado. Allá donde estuviera, Justo andaba siempre ocupado en su aburrimiento. Animado por Mercedes, había intentado distraerse con el dominó, en las partidas vespertinas del bar de debajo de su casa. Durante un tiempo fue visto también con frecuencia por los museos de la ciudad. Probó el fútbol, los documentales y los viajes programados. Lo había intentado de una y mil formas, pero siempre con el mismo infausto resultado que le llevaba de vuelta con su inseparable hastío.

Hasta que una mañana de domingo, sentado en el sofá del salón y leyendo el periódico, Justo levantó la vista del papel y buscó una respuesta entre los rayos de sol que se colaban por entre las rendijas de la persiana.
-Cariño, ¿tú sabes qué es esto? – reclamaba la atención de Mercedes sin moverse del sofá.
-¿Qué es qué? – la voz de su mujer llegaba desde la cocina junto con un intenso olor a puchero.
Y así, tras varias frases de ida y vuelta entre el salón y la cocina a un considerable volumen, Justo consiguió que su esposa se acercara hasta él.
-Mira, aquí – el dedo de Justo señalaba un pequeño recuadro situado en una esquina de la sección de clasificados.
“HÁGASE EXPERTO EN POSOLOGÍA EN TAN SÓLO 6 MESES. PREPARACIÓN A DISTANCIA”
Los ojos de Justo buscaban una respuesta en los de Mercedes y estos a su vez permanecían fijos en el anuncio mientras la mujer se apoyaba por detrás de su marido. Tras unos segundos, levantó su peso del sofá y se ajustó el delantal.
-Justo... no irás a creerte eso, ¿no? Lo único que quieren es sacarte los cuartos.
-Quién sabe. Pero, ¿qué significa? ¿Qué es eso de la posología? - Justo seguía sin levantar la vista del papel.
-Mira mi gori (Mercedes llamaba cariñosamente así a su marido desde el accidente, ya que la cojera le recordaba el andar de los gorilas), no tengo ni idea... pero ¿es que a tus años vas a ponerte a estudiar?
-¿Quién va a ponerse a estudiar? – en ese momento Ceditas pasaba por el salón blandiendo el plumero. Su padre se giró hacia ella y le mostró el anuncio del periódico con una mirada inquisitoria. La muchacha se alejó sin decir palabra y volvió al cabo de unos segundos con una caja de paracetamol en la mano – Mira, aquí. Lee el prospecto.
Los rechonchos dedos de Justo se afanaban por desdoblar los múltiples pliegues del fino papel.
“Posología: la dosis habitual es de un comprimido cada ocho horas. No se tomarán más de cuatro comprimidos en veinticuatro horas”.
-¿Así que es eso? – Mercedes apenas podía contener la risa – ¿Piensas hacerte experto en consumo de pastillas?
-No puede ser – Justo seguía absorto en aquel extraño descubrimiento, con el periódico en una mano y el prospecto en la otra – Tiene que haber algo más.
El potaje de aquel domingo le pareció a Justo especialmente delicioso. Sin apenas pronunciar palabra, llenaba sus carrillos cucharada tras cucharada con una inusual sonrisa. Ni su mujer ni su hija, encantadas con la visión de aquella muestra de alegría, se percataron de que la otra mano de Justo, por debajo de la mesa, no dejaba de juguetear con el recorte del anuncio del periódico.

El primer envío llegó a finales de septiembre. El cartero llamó con insistencia a media mañana y dejó un paquete a nombre de Justo Contador. Apenas le había dado tiempo a Mercedes a preguntar de dónde provenía aquel misterioso bulto cuando Justo apareció desde el final del pasillo a la velocidad que su cojera le permitía, musitó “es para mí” y se alejó con él, dejando a mujer y cartero con hombros encogidos, para encerrarse en el pequeño despacho que apenas era utilizado sino cuando Mercedes tendía allí la ropa los días de lluvia. Comoquiera que la mujer sabía de la poca afición de su marido a estar solo, firmó el recibo, despidió al cartero y se acercó a preguntar. “Cariño, no me molestes ahora, ¿quieres?”. Al otro lado de la puerta, Justo se disponía a abrir la caja. Con un cuchillo de cocina intentaba torpemente romper la cinta aislante que rodeaba el paquete. Al cabo de unos segundos desistió de usar el cuchillo para hacer uso de las manos y, cuando vio que tampoco así era capaz de abrirla, recurrió a la inefable y arcaica ayuda de los dientes. Finalmente, con las solapas de la caja medio rasgadas y la boca llena de trocitos de cinta adhesiva, Justo extraía el preciado tesoro. Un manual de introducción a la metrología, un cronómetro, una regla y una pequeña balanza. Uno a uno fue cogiendo los artículos, aún envueltos con el retractilado individual, y los observó elevándolos un poco por encima de sus ojos, como si de alguna extraña divinidad se tratasen. Y con esa compañía pasó las siguientes horas, hasta que Mercedes consiguió hacerlo salir pasadas las tres de la tarde bajo la amenaza de un almuerzo aterido e incomible.
-¿Y bien? – la expectación de la mujer por saber qué ocurría en el pequeño despacho era casi igual a su indignación por lo tarde que se había hecho para comer.
-El primer concepto a tener en cuenta, según el libro, es que no sólo hay que prestar atención al resultado de la medición, sino que tan importante como ésta es la propia incertidumbre de la medida.
La cara de Mercedes era completo estupor, ya que no entendía una sola palabra de lo que su marido le decía y no podía recordar la última vez que lo había visto sumido en tal grado de entusiasmo.

A partir de ese día el pequeño despacho se convirtió en el refugio particular de Justo y ninguna de las dos mujeres en la casa se atrevía a molestarlo sin antes llamar suavemente a la puerta, mucho menos a traspasar el umbral mientras él se hallaba dentro. Cada día Justo pasaba allí entre ocho y diez horas, fervorosamente entregado a una colección de aparatos, cachivaches, libros y manuales que no hacían sino aumentar cada semana. Poco a poco el despacho fue llenándose con probetas, microscopios, termómetros, calibres, medidores láser, polímetros, goniómetros y muchos otros instrumentos de los que nunca antes se había tenido constancia de su existencia en la familia Contador. En la mesa, las estanterías e incluso por el suelo se agolpaban cientos de papeles, cuadernos y agendas con notas y apuntes. Y el nivel y complejidad de las lecturas iba aumentando con cada nuevo envío: iniciación a la metrotecnia dimensional, estudios de física cuántica, manuales de propedéutica aplicada, dosificación y principios activos, las claves de la fisiología comparada, procesos diagnósticos... y decenas de títulos afines. Con cada envío, también, con cada nuevo libro, con cada nuevo artilugio, se iba produciendo una lenta pero incesante transformación en el talante apesadumbrado de Justo. Su mirada perdida se deshacía de la perenne neblina para adoptar una lenticular claridad. Los suspiros mohínos de la mañana daban paso a una tos ronca y obstinada cada vez que era interrumpido en su menester. Justo ya no se aburría. Como si un relojero hubiera trastocado las piezas de su reloj vital, las horas que antes sobraban a sus días eran ahora las mismas que parecían faltarle.

El silencio se había hecho dueño de la casa de los Contador durante los tres meses de otoño, y siguió reinando con cruel apacibilidad los otros tantos del invierno. Por eso Mercedes se llevó un susto de muerte cuando, recién estrenada la primavera, la puerta del despacho se abrió inesperadamente pasadas las once de la mañana.
-Cariño, ¡ya está! – la mirada inyectada en frenesí de Justo no se correspondía con el aspecto de un hombre que llevaba semanas descuidando su aspecto, con una barba que cubría por completo su oronda cara.
-Justo, ¡por Dios! ¿Estás bien? – Mercedes, que se había acostumbrado ya a ver a su marido casi únicamente en la oscuridad de la noche, recibía aquella visita en la cocina como a un náufrago que logra llegar a la orilla.
-Perfectamente... ¡nunca he estado mejor! ¿Qué estás cocinando?
-¿Cómo que qué estoy...? – la mujer se detuvo en el sitio, dejó en la encimera el plato que tenía en la mano y, brazos en jarra, miró a su marido de arriba a abajo – Lentejas. Estoy haciendo lentejas con chorizo. Justo, ¿vas a explicarme de una vez qué está ocurriendo aquí? ¿Qué es todo este secretismo tuyo?
-Estás a punto de comprobarlo.
Justo se acercó a la olla, alzó un poco la tapa y olisqueó en su interior. Sin más explicaciones, se alejó de nuevo en dirección al despacho para regresar segundos después con un termómetro de mercurio, una calculadora y una cinta métrica. Aquello empezaba a agotar la paciencia de Mercedes quien, más por desesperación que por convencimiento, se apartó, apoyándose en la nevera, y dejó que Justo se hiciera con el control de los fogones. Algo que, si su memoria no le fallaba, y estaba del todo segura de que no lo hacía, era la primera vez que sucedía. Comenzó entonces a manipular la olla, introduciendo primero el termómetro en el agua para medir su temperatura. Después desplegó la cinta métrica alrededor del recipiente, primero a lo alto y luego a lo ancho. Anotó los resultados en su perenne libreta azul de espiral y sonrió. Pulsó algunos botones en la calculadora, observó el resultado, miró a los lados, pulsó más botones, se rascó la calva y, finalmente, se dirigió a su mujer.
-Cariño, deberías poner un poco más de agua en la olla. Como medio vaso.
-¿Cómo? Ay, mira no, no me vas a tomar el pelo de esta manera.
-Tú hazme caso. De verdad – la mano de Justo se posaba en el hombro de su mujer con una calidez impropia de quien la había ignorado por completo durante seis meses. Y quizá por este gesto, o quizá tan sólo por seguirle la corriente, Mercedes cogió un vaso, lo llenó hasta la mitad con agua del grifo y la añadió a las lentejas.

Ceditas no supo si alegrarse o preocuparse al ver a su padre sentado a la mesa del salón cuando volvió de la universidad, unas horas más tarde.
-¡Papá! ¿Es que vas a comer con nosotras?
-El menú de hoy es un tanto especial. Y exige que todos los miembros de la familia participen de él – la exagerada sonrisa de Justo se pronunció aún más cuando Mercedes llegó de la cocina con la olla lista. Ésta, a su vez, desvió la mirada hacia su hija con la complicidad que señala la presencia de un loco. Bastó con que las dos mujeres llevaran la cuchara a la boca una vez para que todo el escepticismo acumulado se derrumbara en un momento mágico, un súbito despertar a la fe que por poco tira a Mercedes de la silla en su aspaviento.
-¡Justo, mi gori, son las mejores lentejas que he probado en mi vida! – la mujer casi gritaba con la boca aún llena, sin dar tiempo siquiera a haber tragado. Ceditas no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, pero el brillo en sus ojos delataba el aluvión de placer que se acumulaba en su paladar.
-¿Es papá el que ha hecho las lentejas?
-No he sido yo, hija, sino la posología. Una prodigiosa ciencia aún por explotar que debe darnos incontables alegrías, a nosotros y a todo el que desee aprovecharse de ella.
Y de manera espontánea, casi inconsciente, madre e hija se abalanzaron sobre Justo en un roce compartido de pelos de barba desaliñada, una unión familiar en forma de platos de lentejas exactas.

Esa misma tarde, no contento con la exhibición culinaria que había realizado, Justo quiso enseñar también a Ceditas los métodos y procedimientos de su recién adquirida destreza.
-¿Ves? Ahí tienes, un campo infinito de sabiduría. Tan sólo uno mismo decide hasta dónde quiere llegar – apoyados en el quicio de la puerta del despacho, Justo le mostraba a su hija aquel santuario científico de andar por casa. Ceditas mientras tanto no decía nada, abrazaba a su padre por la cintura y se limitaba a darle pequeños besos en la mejilla, como si acabara de regresar de un largo viaje.
-No hay prácticamente nada que no se pueda medir. Y, por tanto, determinar también con exactitud en su perfecta medida – Justo se iba deteniendo en cada estantería, en cada chisme que poblaba el despacho, mientras echaba mano a los barómetros, amperímetros y calibres, los ponía por un momento a la vista de su hija y los volvía a dejar en su sitio – Tras el proceso de medición, resulta un número que es la relación entre el objeto del estudio y la unidad de referencia.
De repente, giró sobre sí mismo y quedó mirando directamente a su hija por primera vez desde que habían entrado a la habitación. Sin decir nada, tomó un mechón del cabello de Ceditas, hecho una maraña de pequeños bucles y trencitas.
-Hija, ¿cuántas horquillas usas para peinarte?
-¿Qué? – Ceditas no sabía si soltarse de su padre y salir corriendo de la habitación o echarse a reír – Papá, no lo sé, no tengo ni idea. Simplemente las voy cogiendo y me las voy poniendo hasta que termino de peinarme – la frase terminaba casi en susurro, como si pidiera perdón por emplear semejante mecanismo en su acicaladura.
-Déjame una. Y también uno o dos pelos tuyos.
-Papá, ¿qué pretendes?
-Tú hazme caso. De verdad.

Justo buscó entonces por entre el amasijo de trastos hasta dar con una báscula de precisión. Depositó en ella primero la horquilla, después los cabellos. Anotó el resultado en la libreta azul y siguió afanándose en su tarea, ahora con la ayuda del goniómetro. Después de diez minutos de mediciones y cálculos diversos, levantó la vista y dedicó a Ceditas una hospitalaria sonrisa.
-Tienes que usar catorce horquillas para peinarte. Ni una más, ni una menos.
Y sin decir más devolvió la horquilla a su hija y salió del despacho. Ceditas seguía allí de pie, inmóvil, con la horquilla en la mano, y mientras veía a su padre salir garboso de la habitación se preguntó si su habitual renqueo no había menguado de manera ostensible.

Las paredes de la casa bramaban con fuerzas inauditas cuando Ceditas volvió de clase al día siguiente y fue directamente a buscar a su padre.
-¿Has visto qué peinado? ¡Nunca en la peluquería han conseguido dejarme así! Y todo el mundo en clase me ha dicho lo estupenda que estaba ¡Estoy tan contenta que... – su efusión se detuvo al comprobar que su padre estaba tan ocupado con una hoja de papel que no la había mirado en todo ese rato – Papá, ¿qué estás haciendo?-Es una lista de todas las personas que conozco. Con su dirección y teléfono. Y mamá y tú debéis hacer una también. Así tendremos un montón de gente con la que comenzar.
-Comenzar... ¿el qué?

-Hija, ¿no te das cuenta del poder que implica el dominio de la posología? ¿Has pensado hasta dónde podría... hasta dónde podríamos llegar con esto?
- Gori, ya le has dedicado suficiente tiempo a todos esos chismes, ¿no crees? – aunque ni padre ni hija se habían dado cuenta, Mercedes llevaba un buen rato, con los brazos cruzados, escuchando desde la puerta del salón.
-Tenemos que propagar este descubrimiento – Justo se desesperaba por hacer comprender a su familia que era por completo inicuo recluir aquellas virtudes a los límites de la casa – En cuanto la gente sepa las maravillas que puede hacer por ellos, lo mucho que sus vidas pueden mejorar... ¡todos querrán aprovecharse de ello! ¡La posología tendrá un prestigio reconocido!
- Mira, puede que eso de la posología funcione, pero no me fío. Todos esos cacharros del demonio... ¡y esa barba, Justo! Deberías verte. ¡No hay quien te conozca!
-No puedo creer vuestra falta de confianza. Vosotras mismas habéis podido comprobarlo...
-Papá, pero yo te prefiero a ti, al de antes, ¡al de siempre!
– Ceditas se unía así a la protesta de su madre, hartas de compartir cenas para dos en el salón, a solas con la puerta del despacho eternamente cerrada y, lo que es peor, celosas de una ciencia que parecía dar a Justo lo que ellas no habían logrado en aquellos cinco años de cojeras y quejidos.
-Está bien, no necesito vuestra ayuda. A partir de hoy, yo mismo me ocuparé de todo – Justo cogió la hoja con los nombres que había apuntado, se levantó del sofá con la agilidad de un niño y se encerró en su despacho con un violento portazo.

Empezó precisamente, como había planeado, por los más cercanos. Los llamó, les escribió, incluso a aquéllos con los que hacía tiempo que había perdido el contacto; se acercó hasta sus casas y se interesó por ellos. No pasaba mucho tiempo hasta que Justo era capaz de descubrir ese pequeño desajuste que era necesario reparar. A su cuñada Pilar, por ejemplo, aunque nunca había sido de su completo agrado, le regaló el sabio consejo de que al pequeño Dani, sobrino de Justo, le bastarían cincuenta y siete minutos de estudio al día para aprobar todas las asignaturas pendientes. Al tío Manuel, aficionado a los pájaros, le recomendó que no debía de guardar más de diecinueve de aquellas aves juntas en la misma jaula si quería asegurar su perfecta convivencia. Y a Enrique, antiguo compañero en la imprenta, le confesó en un tono bastante serio que no sería bueno que pasasen más de dieciséis días seguidos sin regalar nada a su esposa si no quería correr el peligro de que ella, voluble y caprichosa, se sintiera menospreciada.

Los sucesos no tardaron en propagarse de boca en boca, y a los pocos días el teléfono de la casa de los Contador empezó a recibir llamadas de gente que, no sin un poco de suspicacia, preguntaban si sería posible poder contar con los servicios de Justo. Después de acordar una cita, llegaban a casa para entrar directamente en el despacho, siempre cabizbajos, acomplejados y temerosos de revelar las taras de su intimidad. Justo escuchaba paciente, asentía mientras fingía ordenar los instrumentos de alguna repisa y, finalmente, con la suavidad y el tacto que requería el momento, exponía la necesidad de contar con algunos objetos personales necesarios para la evaluación y quizás un par de días, tres a lo sumo, para extraer un resultado satisfactorio. Transcurrido ese plazo Justo les hacía llegar la solución exacta a sus problemas; con ella, también, la factura con sus emolumentos. Nada extremado, la verdad, porque aunque Justo agradecía que el reconocimiento a su labor diese también mayor peso a su cartera, nada le complacía más que saberse contribuyente a una suerte de justicia invisible, a un ajuste de cuentas a los infortunios y contrariedades que constituían un peldaño más en los trayectos diarios de tantas y tantas personas.

Pero ayudar a tanta gente en tan poco espacio empezó a generar problemas de intimidad, dado el caudal de personas que diariamente entraban y salían por el estrecho pasillo de la casa, y la presión de Mercedes y Ceditas acabó convenciendo a Justo de que, si quería continuar con sus actividades, debía alquilar un local donde poder separar su trabajo de su vida privada. Allí ahora los clientes eran primero recibidos por una secretaria, y después llevados a la amplia sala donde Justo había multiplicado su equipamiento técnico para ajustarse a las nuevas exigencias El nuevo local trajo consigo también un aumento en la actividad de Justo, nuevos encargos y nuevos clientes. Ya no sólo atendía las pequeñas demandas anónimas; diversos profesionales, empresarios, asociaciones y organismos se acercaban hasta él atraídos por el rumor de una práctica única, casi milagrosa. Las peticiones también pasaron de las pequeñas minucias domésticas a las que Justo estaba acostumbrado a intervenciones con un elevado grado dificultad. Pero daba igual la complejidad a la que Justo se enfrentara, su ciencia y sus resultados seguían demostrándose infalibles. Pronto, la posología empezó a ser citada asiduamente en las reuniones sociales, y Justo Contador un nombre de referencia para todo aquél que presumía de estar a la última.

Y como todo acto público que adquiere un grado de notoriedad, los logros de Justo llegaron a oídos de los medios. Un periódico nacional contactó con él y dos días después se presentaban en su casa para hacerle una entrevista. Justo, modesto y reservado, parecía no querer revelar mucho sobre los entresijos de su sorprendente actividad, pero cuando el fotógrafo preparaba su cámara para dejar constancia gráfica del protagonista, Justo pidió ser retratado junto a su esposa y su hija, cada una sentada a un lado de él.
-¿Que opinan ustedes de todo esto? Deben de estar más que contentas, ¿no? – el periodista se dirigía a las mujeres por primera vez en toda la conversación.
-Ellas... se mantienen bastante al margen – Justo se adelantó en la respuesta – Pero saben que son lo más importante para mí. Y que no haría nada que no fuera por su bien. Por el bien de todos – y después de mirar fugazmente a cada una de ellas, centró su mirada en el objetivo y sonrió.

Al día siguiente Ceditas se dio cuenta de que algo andaba mal cuando entró en casa de vuelta de la universidad. Había pasado todo el camino, en el autobús, ensimismada con el periódico que dedicaba un artículo a toda página a su padre. Una y otra vez volvía sobre él, miraba la foto de familia en blanco y negro y cerraba sus páginas con rapidez, temerosa de que alguien a su alrededor pudiera reconocerla. Le resultaba chocante el contraste entre la robusta sonrisa de su padre y el gesto serio, mustio, que ofrecían su madre y ella. Quizá, después de todo, estaban siendo demasiado severas con él. A fin de cuentas no hacía nada malo, y estaba empezando a conseguir un éxito que ninguno de los tres hubiera imaginado nunca. Con estos pensamientos en la cabeza subió las escaleras del bloque, con el periódico abierto por esa página y ansiosa por mostrárselo a sus padres. Pero cuando abrió la puerta notó algo extraño. El silencio que colmaba la casa no era el habitual a la hora de la comida. Cruzó el pasillo, la cocina y llegó al salón mientras buscaba a su madre con la voz, pero allí no había nadie. Y al llegar a la puerta de la habitación de sus padres la encontró extrañamente cerrada. Llamó una vez, pero no tuvo contestación. Volvió a llamar y esta vez abrió la puerta con un nuevo ‘mamá’ preparado para salir de su boca. Pero lo contuvo al ver la cama vacía, deshecha y, a un lado de ésta, su madre tirada en el suelo. ‘Mamá’, ahora sí, soltó en un eructo brusco y seco. Se acercó a ella, se agachó y la zarandeó. Inmóvil, inerte, Mercedes mostraba signos de defensa en la postura de sus brazos y en su mirada; mientras que la marca roja, casi morada, que recorría su cuello de un lado a otro indicaba que sin lugar a dudas había sido estrangulada. El primer ‘mamá’ se convertía ahora en un grito repetido, a voz desgarrada, a la vez que Ceditas corría por toda la casa, sin saber si buscaba a su padre o huía de él. En el balcón, Justo permanecía impasible a los gritos. Su hija se le acercó por detrás, le gritó de nuevo, le empujó. Pero el hombre que estaba agarrado a la barandilla no respondía a ningún tipo de estímulo. Ausente, mirando al cielo, respiraba tranquilo y apenas movía un poco la cabeza a un lado. Si Ceditas le hubiese mirado a la cara antes de ir a llamar a la policía, habría visto que las lágrimas le corrían de tal manera por las mejillas que muchas de ellas ya habían terminado en la camisa.

La excitación en los días previos al juicio era la lógica producida por un caso que había acumulado un buen número de portadas. La notoriedad pública de Justo unida a la monstruosidad de unos hechos sobrecogedores había llenado la sala de reporteros y cámaras. Por eso, tuve que toser en alto y pedir un poco de silencio antes de comenzar a hablar.
-Se ruega al acusado que haga el favor de acercarse al estrado.
La escueta y redonda figura de Justo se levantó de su asiento convirtiendo el murmullo de la sala en un crepitar de sillas y cuchicheos. Sin vacilar, con la mirada fija en el frente, comenzó a avanzar con paso tan firme que nos hizo dudar a todos por un momento de si aquel hombre había sufrido lesión alguna en su cadera. Con aplomo se sentó en la silla y esperó a que le fueran leídos sus derechos, paciente, casi como si estuviera disfrutando de estar allí.
-Justo Contador, ¿cómo se declara en relación a los hechos de que se le acusa?
-Inocente – la sala entera pareció quedarse sin oxígeno.
-¿Quiere usted decirme que no estranguló, con premeditación y alevosía, a Mercedes González, su difunta esposa, la mañana del 18 de septiembre, hasta causarle la muerte?
-Sí, lo hice. Pero no soy culpable
– las cabezas en el público iban de izquierda a derecha buscando alguna respuesta.
-¿Puede explicarse mejor?-Señores, – Justo se levantó y pareció mirar directamente a todos y cada uno de los presentes en la sala – no se me está juzgando a mí, sino a una ciencia. Una ciencia infalible cuyos fundamentos no nos son propios. Una ciencia cuyo entendimiento escapa a cualquier raciocinio y cuyos resultados van más allá de valores y consideraciones morales. Una ciencia cuyo dominio me concede el poder de asegurar que, mi mujer, Mercedes González, había llegado en aquella mañana, exactamente a las ocho horas y siete minutos... al preciso final de su estancia en este mundo.
Toda la sala del juzgado se quedó muda. Ni una voz, ni un murmullo, ni un brazo moverse o un dedo flexionarse. Todos permanecíamos tiesos, helados, y durante varios segundos perdimos incluso la noción de lo que allí estaba ocurriendo. Entonces, poco a poco, se empezaron a dejar oír algunas voces. Primero una al fondo. Después dos o tres más. Algunos gritos. Que lo encierren. Loco. Asesino.

No fueron necesarias más declaraciones, y el caso quedó visto para sentencia tan sólo unos minutos después. Pero el malestar y la sensación de vacío me acompañaron durante varias semanas más. Hasta que al final comprendí. Aquellos momentos de silencio, aquellos instantes en los que todo dejó de tener sentido no eran sólo el reconocimiento de la presencia de un perturbado mental. Más allá de eso, durante los interminables segundos en los que decenas de gargantas se quedaron sin saliva, todos fuimos cómplices de aquel asesinato. Todos, me atrevo a decir, sin excepción, tuvimos la certeza de aquel hombre era inocente, de que sus palabras eran ciertas y de que no había nada de lo que se le pudiera culpar. Hoy el paso del tiempo y el sentido común han logrado eliminar esa sensación de escozor que aparecía en un sitio indeterminado de mi cuerpo. Soy capaz de dormir de un tirón dos o tres noches a la semana y no me quedo en blanco, pensativo y con la mirada perdida sin saber por qué. He de confesar, sin embargo, que he dejado de llevar reloj, y que cada vez que me mi hija me pregunta si yo he cogido su regla de dibujo o mi mujer busca el peso de la cocina, hago como que no sé nada. Por si acaso. Uno nunca sabe.

4 comentarios:

Kike dijo...

¡Qué gusto tenerte de vuelta! Un buen relato ;-)

Diana dijo...

Me gusta. Me gusta mucho. Como siempre un buen relato con una patologia interesante de fondo. Aunque tengo que ser sincera, creo que hasta ahora nada ha superado el de cafe de maquina...ya sabes lo que pienso de ese relato en particular...besos!.

Paco dijo...

Vale tio¡ me gusta. El proximo que sea en plan novela y edicion de lujo. Un beso

Anónimo dijo...

Flojísimo. Nadie te lo dirá, porque te leen amigos tuyos y te quieren (te queremos). Pero yo, que además de quererte, te respeto, te digo q es muy muy mediocre.