martes, 16 de junio de 2015

Míranos ahora



Finalista en la 66 Edición del Concurso Literario Internacional 'La Felguera'
Desde el momento en el que Andrés puso el clavo en mis manos, haciéndome responsable de guardarlo, adopté el peso de aquel metal como una confianza que no debía traicionar.

Aquel trozo de hierro había aparecido una mañana en la clase de gimnasia. En una esquina, alejados del resto de la clase, Andrés había abierto la cremallera del chándal heredado de su hermano, dos tallas más grande que la suya, lo justo para que Juan y yo pudiéramos verlo, mientras en voz baja nos contaba cómo se lo había robado a un chico de su pueblo.

—Si mis padres lo descubren, me matan —Sin esperar respuesta, Andrés me había dado el clavo mientras subíamos las escaleras del gimnasio de regreso al aula.

Su forma, redondeada y suave por un lado y puntiaguda por el otro, lo hizo perfecto para convertirse enseguida en nuestro entretenimiento favorito. A la salida de clase, por las tardes. En aquella calle.



Un rectángulo dibujado en el terreno de barro, dividido en diez cuadrados. Tirabas el clavo al primer cuadrado y, si lograbas hundirlo en el suelo, saltabas a la pata coja para recogerlo y seguir hacia el siguiente.

—¡Vamos, tira! ¡Tira! —La voz de Juan empezaba a mostrar un grosor varonil que a Andrés y a mí nos quedaba aún un poco lejano. Cuanto más me urgía a tirar, más nervioso me ponía. Y más posibilidades había de que el clavo no saliera con fuerza de mis manos y acabase rebotando en el suelo. Claro que yo no necesitaba muchas ayudas para realizar un mal tiro. Era con diferencia el peor de los tres, y para cuando Juan, habitual ganador, había acabado el recorrido, yo seguía aún en las primeras casillas.



La calle sin nombre. Estoy seguro de que aquella calle no tenía nombre alguno. Pero sabíamos que la haríamos nuestra durante un buen par de horas en cuanto alguno de los tres pronunciara la palabra máticos, minutos antes de sonar el timbre. Por los neumáticos. Ellos y los demás restos de automóviles, trastos viejos, escombros, verjas metálicas y carteles de colores desvaídos. Apartada del camino principal, silenciosa, oscura, sólo accedías a ella por un pequeño desvío sin señalizar, y se convertía en una especie de U en cuyo final ascendente volvías a salir a la vía transitada. A unos diez minutos andando del colegio. Del de chicos.

            Eran los días precedidos de lluvia nuestros preferidos, cuando la tierra del borde de la calle estaba todavía húmeda. La sensación placentera de hundir el clavo en el suelo. La facilidad con la que la tierra acogía nuestros empellones. Y luego los saltos a pata coja, bravucones, casi insolentes. Éramos invencibles con el clavo en las manos.

Pero aquella tarde de viernes el terreno estaba tan seco que había que tirar con demasiado esfuerzo para penetrar en el objetivo dibujado. Fue entonces, en uno de esos bríos desmedidos, con el sol escondido por detrás de los edificios hacía ya un rato, que el clavo rebotó en la tierra. Salió despedido, incontrolado, y toda la fuerza del metal se encontró con la pierna al aire de Andrés, en pantalón corto. Corrió la sangre, casi de inmediato, y antes de que nadie dijese nada imaginé furias paternales y un final prematuro para nuestro juego. Juan, sereno, con su inmutable flequillo azabache, propuso acompañarle a casa y explicar lo ocurrido entre todos. Pero Andrés sólo le respondió que si estaba loco, que ya se le ocurriría alguna excusa. Enzarzados en una discusión, la oscuridad se adueñó de la calle y nos hizo alejarnos de allí tan rápido que no tuve tiempo de ver dónde había quedado el clavo.



A la mañana siguiente mis piernas no dejan de balancearse, entrecruzadas, por debajo de la mesa del desayuno. Mentalmente estoy ensayando la coartada para no tener que acompañar a mi padre a los puestos de venta de pájaros, a los que vamos todos los sábados, y poder volver a nuestra calle. No quiero que llegue el lunes, a la salida del colegio, y tener que decirles a Juan y a Andrés que no tengo el clavo y que tenemos que ir a buscarlo. O peor aun, que no esté cuando lleguemos allí.

Es el cumpleaños de uno de clase y tenemos que ir a por un regalo… hemos quedado para comprar un regalo… se me había olvidado deciros que hay un cumpleaños y que... Que no llegue tarde para comer, creo que es lo único que dice mi madre. Mi padre tan sólo me mira por encima del periódico.

           

La calle sin nombre. Se hace extraño caminar hacia ella a esas horas, con el sol brillando en lo alto. Esa mañana, sin la compañía amiga a los lados, está más lejos que nunca. Y en cuanto aparece ante mí tengo la sensación de que aquella no es la calle. Nuestra calle.

¿Qué hacen allí esos coches, esos hombres entrando y saliendo a su antojo, llenando la calle de una vida que nunca antes había visto? De pronto me doy cuenta de que todas esas puertas cerradas en las últimas horas de la tarde son algo más que el escenario de los juegos de unos niños, y esa heroica determinación para mentir a mis padres es ahora piel de serpiente que muda y se queda a mitad del camino. Los rugidos de los motores que salen de los talleres resuenan dentro de mi cabeza, y los gritos de los mecánicos y mozos de almacén parecen dirigirse todos ellos directamente a mí. Si Juan y Andrés estuviesen aquí todo sería distinto. Con la cabeza baja, intento levantar la vista del suelo lo menos posible mientras mis pasos buscan el rellano de tierra en el que habíamos estado jugando.

Al fin, hacia la mitad de la calle, justo enfrente de las puertas oxidadas de un taller, aparece el dibujo geométrico que habíamos dibujado la tarde anterior. Sin embargo, ahora las puertas están abiertas y, el clavo... ¿a dónde habría ido a parar el clavo? De repente, en el suelo, a mi derecha, un brillo metálico asoma entre los hierbajos más cercanos al bordillo de la acera. Es entonces cuando una mano se posa en mi hombro.

—Oye, chaval, ¿no querrás sacarte un dinerillo fácil para el fin de semana?

Aquella mano apenas ejerce presión sobre mí, pero yo siento que me empuja hacia el suelo, que las piernas se me doblan y estoy a punto de perder el equilibrio. Me giro convencido de encontrar una reprimenda de, quizás, el dueño del terreno que he invadido, pero aquel enorme bigote amarillento insiste.

—¿Ves ese bar de ahí arriba? —La ceniza se desprende del cigarrillo que cuelga de su boca mientras habla.— Sólo tienes que ir y comprarme un paquete de Rex. Las vueltas son para ti.

—Yo, es que estoy... —Giro la cabeza en dirección al final de la calle, hasta que veo el luminoso de refrescos que corona la entrada del bar. Quiero rechazar la oferta del desconocido, contarle del brillo en el suelo, de los saltos a la pata coja, de Juan y de Andrés. En vez de eso, sin dejar de mirar hacia el bar, titubeo.— N-n-n-o puedo.

—¡Piensa en tu novia! Un caballero como tú tiene que poder invitar a su dama, ¿eh? —El gigantesco bigote aprovecha cada una de las palabras del hombre para moverse con vida propia por encima de sus labios. Sus dedos ennegrecidos aprietan un poco el cigarrillo antes de tirarlo al suelo y sacan unas monedas del mono azul.— Toma. Si te pregunta la dueña, no le digas que es para mí. Di que es... que es para tu padre. Eso es. Que tu padre está ocupado y te ha mandado a ti a por el tabaco, ¿eh?

¿Novia? Lo más que me había acercado a una chica había sido la vez que le había rozado la pierna a mi vecina, en el ascensor, juntando la mía lo más posible sin que pareciera intencionado hasta que las puertas se abrieron en la planta baja.

Ahora, calle arriba, con las monedas tintineando en mi mano, mis pasos son más ligeros. Doy media vuelta mientras camino y el hombre del mono me saluda con la mano en alto, animándome a seguir. El clavo puede esperar un poco más.



La puerta del bar está llena de pegatinas de marcas de bebidas que en su mayoría desconozco. Me detengo intentando ver más allá, pero la suciedad del cristal y la oscuridad del interior me impiden ver nada. Aprieto la mano en la que llevo las monedas y con la otra empujo suavemente, pero no es hasta que me ayudo un poco con el pie que la puerta cede ante mí. El olor a detergente de haber acabado de lavar y un transistor escupiendo una guitarra española son los primeros en recibirme.

—¿Qué se le ofrece al hombrecito? —Una mujer voluminosa me sonríe desde detrás de la barra mientras coloca unos vasos.

—Un paquete de Rex para mi padre que está ocupado y no puede venir —repito de memoria mientras extiendo la mano para mostrar las monedas impregnadas en sudor.

—Así que tabaco para tu padre, ¿eh? —Sin soltar el paño con el que limpia el último de los vasos rodea la barra para quedar enfilada con la puerta.

—Para mi padre que está ocupado y no puede venir.

Cambio las monedas de mano para limpiarme el sudor en la pernera del pantalón y sospecho que esta vez la respuesta no ha sonado tan convincente. La dueña del bar sale por completo de detrás de la barra hasta ponerse a mi lado. El local, me doy cuenta ahora, está vacío, a excepción de nosotros dos. Puedo sentir su olor a través de esa bata, una mezcla a dulce, sudor y lejía, pero ella sigue con la vista fija en el exterior del bar.

— ¿Seguro que es para tu padre?

Ladea la cabeza a un lado y al otro y achina los ojos para agudizar la vista. Las pegatinas en la parte superior de la puerta hacen de muro, así que termina por agacharse hasta casi mi altura, un poco por encima, de manera que justo enfrente de mis ojos aparece un canal infinito, un cañón que marca la línea divisoria entre dos montañas rosadas.

—¿No será otra vez ese maldito borracho?

Una de las monedas se cae de mi mano. La mujer se vuelve hacia mí, atraída por el ruido metálico, y advierte que mi mirada está fija un palmo por debajo de su cuello. Sin moverme, respiro hondo y, sin saber por qué, digo:

—Mi padre está en el taller para que le arreglen el coche. Huele usted muy bien.

En una sucesión de actos involuntarios, casi simultáneos, la dueña del bar se incorpora, se ruboriza y con su mano derecha cierra la bata.

—Anda, ve, la máquina está en aquella esquina.

Un sonido hueco acoge cada una de las cuatro monedas en el interior de la máquina. Me recreo, tomándome mi tiempo, dejando que se deslicen por mis dedos y se cuelen por la ranura. Clonc. Pienso en Juan, y en que ya no podrá pavonearse más de ser el único que cuenta historias con protagonistas femeninas. Clonc. Pienso en Andrés, que seguro que intenta convencerme de que le compre algo en el kiosco de la plaza. Clonc. Y, sobre todo, pienso en que a partir de hoy ya nunca más va a importarme perder al clavo. Clonc. No van a creerme cuando les cuente esto el lunes.



—Por aquí no está —Andrés hurga entre unos arbustos cercanos a la pared, renqueando, con la rodilla vendada.

—No puede estar tan lejos, bobo. Mirad, aquí fue donde jugamos el viernes —Brazos en jarra, Juan habla justo al lado de los restos del dibujo que tres días después apenas se distingue ya en la tierra.

Ajeno a sus esfuerzos, me siento en el bordillo de la acera, en silencio, sin apartar la vista de las puertas oxidadas del taller. 

—A lo mejor alguien se lo ha llevado. Pero, ¿para qué iba a querer nadie un pedazo de hierro? —Andrés se mueve en círculos, dando patadas a las piedras, esperando que el clavo aparezca debajo de una de ellas.

—¿Y tú, no piensas buscar? —el tono de Juan exige que me levante, pero yo sigo sentado. Mirando las puertas, ahora cerradas, pero viendo una y otra vez cómo el mecánico desaparecía hacia el interior del taller con el paquete de tabaco en la mano y el clavo saliendo del bolsillo de su mono azul.

—Igual podemos encontrar algo parecido con lo que jugar —Juan está intentando clavar un trozo de rama en el suelo, pero no lo consigue.

—Este sitio es un rollo. Además, yo ya estoy cansado de esa tontería del clavo —Andrés vuelve de buscar cerca de la pared y se sube a caballito en Juan.

El mecánico desaparecía y yo volvía a casa corriendo y mi madre me preguntaba que qué había estado haciendo hasta esas horas y que dónde estaba el regalo para el cumpleaños, y yo soltaba una palabrota y ella me daba una bofetada y yo me metía en mi habitación y guardaba en el cajón de la mesilla las monedas de mi recompensa para no volver a sacarlas de allí.

—¿Por qué no vamos a la plaza? Los del instituto están jugando al fútbol. Si se lo pido yo, a lo mejor nos dejan jugar con ellos —Con Andrés a la espalda, Juan se acerca trotando hasta mí.

Pero a mi no me gusta el fútbol y detesto a los chicos del instituto y algo que por aquél entonces aún no sé qué nombre tiene se retuerce en mi estómago.

—Oye, ¿qué haces? —Juan llega hasta donde estoy sentado mientras a sus lomos Andrés agita una fusta imaginaria.— ¿Estás llorando? No se te ocurra llorar delante de los mayores, ¿me oyes? Si no, no nos van a dejar jugar con ellos.

Y desde allí, en el bordillo de la acera, inmóvil, veo a Juan y a Andrés alejarse galopando entre gritos de “jía” y “arre, caballo” hasta que giran la esquina y desaparecen de mi vista y sólo quedan sus sombras, durante un momento, saltando y brincando, convertidas en una mancha uniforme sobre las naves del fondo de la calle.


martes, 3 de febrero de 2015

Nueva piel



Angustias no había parado de acariciar su abrigo nuevo en toda la mañana. Desde que había abierto la puerta de casa para bajar las escaleras del edificio, esperando luego en la acera a que llegara el taxi, y sentada en el asiento trasero del viejo Seat que les había llevado, a ella y a Pedro, su marido, hasta el cementerio. Pasaba su mano por él una y otra vez y se maravillaba con el brillo de las pieles recién estrenadas y la suavidad de su tacto.
Esa misma mañana, a primera hora, un mensajero había subido los cuatro pisos hasta su casa con una caja casi de su tamaño y, mientras ella firmaba el recibo, el mozo le aseguraba que su marido debía de quererla mucho.
—Vamos, ábrelo, no te quedes ahí parada— Pedro había despedido al mensajero con una generosa propina y retaba a Angustias en el estrecho pasillo de la entrada. La mujer, paralizada por la alegría nerviosa, no acertaba siquiera a meter los brazos por las mangas del abrigo— Míralo, parece hecho a tu medida.
Y a la vez, Angustias se sentía un poco culpable por estrenarlo aquel preciso día. Tantas y tantas veces habían soñado despiertas Marta y ella con lo que sería llevar sobre sus hombros una prenda así, y ahora su mejor amiga se quedaba sin verlo hecho realidad. Una apoplejía súbita, le habían dicho los dos enfermeros que había llegado en ambulancia y habían subido hasta el cuarto piso maldiciendo por la falta de ascensor. Ahora, mientras observaba cómo el sacerdote recitaba las últimas oraciones sobre el féretro en el que descansaba su vecina de toda la vida, Angustias se intentaba convencer de que debían de ser cosas del destino.
Como la mayoría del séquito fúnebre allí reunido estaba formado por familiares y allegados que ellos apenas conocían, Angustias y Pedro habían terminado por retroceder unos pasos y observar la escena desde un segundo plano, casi ocultos tras un ciprés. Ella hubiera preferido estar cerca de Marta en su despedida, como siempre lo habían estado, en el rellano de la escalera, en todos aquellos ratos en los que era preciso tener a alguien que te escuchara y la programación en televisión no lograba atraer la atención de una dedicada ama de casa .Pero Pedro, un hombre prudente y reservado, no quería llamar la atención con la ostentación de aquel lujo de pieles delante del duelo de la familia.  
Angustias se agarraba del brazo de su marido y se preguntaba si no era tanto el respeto lo que les hacía permanecer alejados de la escena principal como el poco aprecio que su marido había manifestado siempre por Marta. Una chismosa que no tenía más pretensión que hurgar en las vergüenzas ajenas, comentaba él siempre entre refunfuños cada vez que Angustias cerraba la puerta de casa tras de sí. Qué sabía él de amistades, siempre sólo y taciturno. Total, no hacían daño a nadie, y aquellos comentarios no eran más que una prueba de la confianza y la intimidad entre ambas. El frío de enero hacía sacar el vaho de las bocas en el raso del cementerio, y a pesar de que Angustias sentía el calor orgulloso de las pieles arropándola hasta casi las rodillas, la congoja por la marcha de su amiga hacía que le temblaran las piernas.
—Cada día estás más gorda.— Las palabras llegaron a Angustias débiles, casi imperceptibles entre el soplo del viento, apenas rompiendo el silencio a su alrededor. Se soltó del brazo de Pedro por un instante y le miró, esperando una respuesta. Pero su marido permanecía impávido, con la mirada al frente y el gesto hermético.
En ese momento, cuatro hombres con mono se inclinaron ante el ataúd de Marta para cargarlo hasta el nicho que se abría en la pared. Entre la familia unos sacaban los pañuelos para secar las mejillas y otros se decían frases hechas acompañadas de palmaditas en la espalda.
—Ni siquiera hoy has sido capaz de peinarte decentemente.— Esta vez las palabras fueron más claras, tajantes, y Angustias no dudó en reconocer la voz de Marta. No parecían venir de ninguna dirección concreta y, a la vez, la rodeaban por completo.
—¿Has oído eso?— Angustias no puedo reprimir la pregunta.
—¿Qué es lo que tengo que oír?— Pedro le contestaba sin girar la cabeza, pero en su respuesta parecía dibujarse una leve sonrisa.
Los hombres habían acabado de introducir el féretro en el nicho y se disponían a tapar el agujero con un montón de ladrillos cuando un trueno sonó en la distancia. La comitiva desvió su mirada hacia el cielo al unísono, donde los nubarrones empezaban a acercarse hacia el cementerio.
—A ver ahora quién va a aguantar tus lloriqueos de reumática.— Angustias volvió a separarse de su marido y se giró a ambos lados. De algún sitio, allí, por debajo de su cuello llegaba otra vez inconfundible la voz de su vecina. Pedro observaba el cielo, como el resto de la gente, y sacaba la mano de su abrigo para extenderla buscando alguna gota. No podía ser que no hubiera oído nada. Angustias vio entonces cómo el nicho de Marta se acaba de cerrar por completo y sintió un escalofrío. Tienen que ser los nervios, se dijo. Eso es. La culpabilidad por ponerme hoy el abrigo me está haciendo escuchar cosas que no existen.
—¿Estás bien, cariño?— Pedro volvió a acercarse a ella y la rodeó con el brazo.
Angustias, paralizada, se debatía entre el miedo por las voces en su cabeza y la repentina necesidad de acercarse hasta el nicho, destapar aquella pared y ponerse de rodillas ante Marta para pedir perdón por su arrogancia.
—Es mejor que nos vayamos ya, está empezando a llover— Pedro hizo una última mueca al cielo y tiró de Angustias hacia atrás.
Uno de los hombres acabó de dar una paletada de yeso sobre el nicho y los últimos familiares depositaron un ramo de flores ante él.
—No, espera— dijo Angustias —¿por qué ya?
—Me han advertido de que la piel de marta se estropea con el agua— respondió su marido, que acariciaba el brazo de Angustias desde el hombro hasta la muñeca sin poder ocultar un gesto de satisfacción.

viernes, 8 de agosto de 2014

Greguería

Ilustración de Abel Cuevas www.abelcuevas.com


martes, 3 de junio de 2014

El mapa no es el territorio

(Finalista del IX Certamen Internacional de Relato "La lectora impaciente" 2012)


El rugido metálico de la lata al abrirse me trae de vuelta sensaciones perdidas desde hace casi una semana. La sostengo en la mano, fría, y antes incluso de acercar mis labios a ella noto que se me calma el pulso. Que respirar, incluso, parece una tarea más sencilla. Después de probar diferentes distancias decido que es a unos dos metros de la pared como mejor perspectiva tengo, sin llegar a perder ningún detalle. A las tres de la mañana no hay apenas ruidos de la calle que puedan distraerme y, aunque el naranja de las farolas entra de lleno en el salón, enciendo la lamparita de la mesilla, dirigida directamente a la pared, creando una especie de proyector de cine.



La primera vez, en la habitación, al lado de la cama. Me desperté, encendí la luz del flexo y lo vi ahí, jugando en el suelo con el paquete de tabaco. Tratando de llamar mi atención. Lo primero que pensé es que quizá estaría a punto de amanecer, pero el reloj marcaba poco más de las doce. No llevaba durmiendo ni una hora, y lo único que necesitaba era dormir de un tirón. De una maldita vez.



La cerveza nunca ha sido mi primera elección pero, con la nevera vacía, y después de haber vaciado todas las botellas por el váter por tercera vez en un mes, es lo único que puedo conseguir de uno de los vendedores clandestinos apostados en las esquinas del centro de la ciudad. Un pack de seis latas. A tres veces su precio real. Podrían haberme pedido el doble de eso.



La segunda vez ya había cerrado la puerta de la habitación, después de echarlo de una patada. A punto de conciliar el sueño de nuevo. Y entonces llega desde el baño. Ras-ras. Otra vez. Ras-ras. Media vuelta en la almohada. Ras-ras. Respirar hondo, todo lo que me permitía la presión en el pecho. Pero ya no había manera. En pie otra vez, mientras notaba el sudor acumularse en el borde de la frente. Ahí estaba el muy cabrón, haciendo pedazos el rollo de papel higiénico. Un grito. Agazapado, me mira a los ojos. Congelado por el miedo. Sabía que se la estaba jugando, y no se atrevía a moverse.



Tres sorbos seguidos y la lata está casi vacía. Mi cuerpo se relaja un poco en el sillón. Los músculos vuelven a sentirse flexibles. Ya no son sólo mis ojos, estas dos bolas instaladas a cada lado de mi cara, sino mi claridad mental restaurada, la que me permiten observar el cuadro frente a mí. Me acomodo un poco más en el cuero gastado y roído del sillón negro. Y sonrío. Siento la espuma calar un poco por encima del labio superior, casi hasta el bigote. El blanco de la pared ha quedado salpicado de una amalgama de grises, negros, y rojos. Sobre todo rojos. Una extensión irregular de diferentes texturas, más líquida hacia abajo y a la izquierda, más viscosa por el centro y un poco deslavazada en la derecha. Una composición casi perfecta. Me levanto a por otra lata.



La tercera vez ya sabía que volvería a ocurrir. Que no podría dormir más. Boca abajo en la cama, intentando controlar los temblores, esperando el momento en el que tenga que volver a levantarme. La mano me ardía por unos azotes infringidos con la mayor rabia posible. Encerrado en el pequeño cuarto, en el de la comida y la arena. Y allí vuelve a hacerlo. Un pequeño golpe contra la pared. Clok. Unos segundos después, otro más. Clok. Un golpe y algo que rueda por el suelo. Me cago en tu puta madre. Te vas a enterar.



Con la siguiente lata empiezo a reconocer formas concretas. Hay algo en los bultos de gris sebáceo que recuerda a las nubes previas a una tormenta. Su pausado movimiento parece, en efecto, llevado por un viento premonitorio. Me pregunto si no estoy creando una nueva forma de arte. Los chorros purpúreos diseminados aquí y allá son aspas de un molino que giran al son de la tarde. La sangre acude a mis ojos como un manantial y apenas puedo mantenerme sentado. Sin darme cuenta, empiezo a canturrear algo en voz baja.



Con una mano lo agarraba del pescuezo, apretando fuerte, sintiendo mis dedos casi tocar unos con otros por debajo de su piel. Con la otra abría el armario del trastero. El de las herramientas. Y de ahí al salón. Un martillo, dos clavos, y una criatura que no paraba de maullar y revolverse. Pero sin escapatoria. Demasiado tarde. El primer golpe desataba un alarido que quebraba el silencio de la noche. Ya no había vuelta atrás. Meaaaawwww. Otro golpe. Otro. Uno más. Y ya, después, el silencio.



La última lata descansa estrujada a mis pies. Unas gotas se escapan de ella formando un pequeño charco amarillo. ¿Soy yo, o esas formas abstractas en la pared comienzan a hablarme? Pestañeo varias veces, con esfuerzo, me cuesta mantener la vista. Y empiezo a identificar realidades que me son demasiado conocidas. Esos ojos que aún parecen tener vida me miran asustados. Suplicando clemencia, como los otros ojos que vi marcharse de esta casa tras un portazo. Un eructo que amenaza vómito sale de mi boca. Me levanto. Me acerco, y me fijo en las uñas. Unas uñas afiladas, desplegadas en toda su extensión, buscando un resquicio al que agarrarse. Como tantas noches, promesas de última ebriedad, aferrado a una almohada que todo lo sabe, clavándome en su consuelo y su esperanza de lino. Me fallan las piernas. Apoyo un poco las manos sobre la pared, y mis dedos tocan la sangre. Sangre aún caliente que ha abandonado a su cuerpo a borbotones. Como la mía propia, día tras día diluida un poco más en su propio veneno y antídoto, pidiendo a gritos ser restañada. Y entonces me doy cuenta. Lo que está ante mi no es un cuadro, sino un mapa. El mapa de mi propia vida, a escala desfigurada. Trazando círculos concéntricos en un recorrido incierto, a través de unas coordenadas que no elegí, y llevándome, de la mano, a un destino que hace demasiado ya escapó a mi control.


martes, 25 de marzo de 2014

La última vez que pisé una playa



La última vez que pisé una playa Miguel no ocupaba más de unos centímetros en el vientre de Adela.

Acabamos yendo tan sólo después de que ella me lo hubiera pedido insistentemente durante varios meses, con aquello de que no habíamos tenido luna de miel porque la sucursal del banco no quería prescindir de su nuevo director durante dos semanas. Y mientras entonces Adela se tostaba al sol mañana y tarde, yo intentaba mantenerme alejado del calor bajo el aire acondicionado del bar del hotel.

Hoy, aquí, no hay bar en el que refugiarse. El hospital está un poco apartado del pueblo, y el olor a enfermedad te inunda aun en la sala de espera. Los médicos pronuncian su nombre sin mirarnos a la cara. Sin dejar de lloriquear, nerviosa, Adela me aprieta la mano. Pueden pasar a verlo diez minutos. Entra tú, voy a darme un paseo.

            Las palomas se mezclan con algunas gaviotas en una coreografía del hambre. Suben, bajan, revolotean, buscan con sus picos alguna miga entre los granos de arena. Me ignoran, quizá porque para ellas soy sólo parte del amarillo que me rodea. La piedra desgastada del paseo solitario. La arena. El sol abrasador de las cuatro de la tarde. Mi camisa con varios botones desabrochados. Era una curva muy pronunciada y sin señalizar, han dicho. Ya antes había habido algún susto con otros motoristas. Pero nunca así.

            Por primera vez desde que estoy sentado en este muro que da al mar se levanta un poco de brisa. Cuando intento poner en su lugar este manojo de canas al que llamo pelo, mi mano se lleva unas gotas de sudor de la frente. Con el sudor de tu frente, Miguel. Así se lo solía decir. Y no holgazaneando y rodeándose de esas compañías que entraban y salían de casa a cualquier hora. Una ingeniería. O medicina, por Dios. Tenía todas las oportunidades para hacer lo que quisiera. Las que muchos no podían tener. Pero nunca parecía escucharme. Cansado de estar sentado sobre la dura piedra me incorporo sin dejar de mirar al horizonte. A lo lejos, casi como una mancha, aparece la figura de un barco. Y de repente quiero estar allí, en medio del agua. Ajeno a este pueblo, a esta playa, a este calor.

            Un poco por no quedarme así, inerte, a la deriva, y un poco por no volver ya al hospital, comienzo a caminar en la arena. Los zapatos se hunden con facilidad, pero la huella que dejan desaparece al instante. No os soporto más. Pues vete. Vete y no vuelvas más por aquí. No serás bien recibido. El murmullo del agua me trae las últimas palabras que nos dijimos. Ahora no saben si volverá a hablar. A escuchar. Puede que aguante así años, sin dar el más mínimo signo de vida. Sin darme cuenta llego hasta donde la arena está mojada. Me doblo y me quito los zapatos, primero. Los calcetines. Los sujeto con una mano mientras con la otra me remango un poco los pantalones. Los últimos suspiros de las olas comienzan a mojar mis pies. Para estar en agosto, tengo la impresión de que el agua está demasiado fría.

sábado, 2 de febrero de 2013

Flores


Publicado en El Periódico de Villena
http://www.elperiodicodevillena.com/n88323-Flores-concurso-de-relatos-breves-San-Valentin-2015.html

Las flores se han quedado ahora en una posición indefinida, ni de pie, ni tumbadas. Justo en el extremo de la mesa en el que no llega la poca luz que se cuela entre las rendijas de la persiana, bajada casi por completo. Y yo he insistido, sí, le he dicho que se quedara aquí un poco más, que los dos podíamos quedarnos también en esa posición, apoyados uno en otro. Pero nada. Ella tenía que levantarse. Se merecía ese pellizco en el trasero mientras se escapaba.   

Con esta penumbra, intento discernir las formas de los paisajes marinos, infantiles, con un punto naif, de los dos cuadros de la pared de enfrente. Me los sé de memoria, claro. Ya la primera vez me fijé en ellos y en sus tonos casi exclusivamente primarios. Pero me gusta repasarlos otra vez ahora que esta oscuridad les hace cómplices del exceso de sudoración que acaban de presenciar y que, exhaustos ellos también, han perdido su color.

Aunque su lado de la cama se ha quedado vacío, los pliegues de las sábanas aún conservan parte de sus formas. Las mismas sábanas azul turquesa con bordado blanco de la semana pasada. Y de la otra. Y de la anterior. Mojadas de su sudor. Impregnadas del olor de su sexo.
Tumbado, inmóvil, aún disfruto de ella.
Y ella en el baño. Con la puerta entreabierta, y esa luz amarilla que me llega por el minúsculo pasillo. Tan limpia. No me importa. Apenas hemos terminado y ya se levanta a lavarse. Claro que preferiría que estuviera pasando sus manos también por mi pene, ya casi fláccido, como hago yo ahora. El sonido de la cisterna coincide con el último tirón que me libra de la goma usada, y parte de su contenido se derrama sobre mis muslos.

La floristería, dos calles más abajo, hace un rato, a punto de cerrar. Y yo quiero preparar un ramo a mi gusto, a su gusto, y la dependienta que, apurada, lleva su panza de un lado a otro de la tienda y apenas repara en mí. Pues bien. Me llevo este de la entrada, entonces. La combinación de rosas rojas y blancas, en número igual, bastará. No se moleste. No hace falta que me sonría mientras busca el cambio en el bolsillo de su delantal. No hace falta que haga como si no me conociera después de venir por aquí una vez por semana.

Ahora es la ducha. Escucho el chorro ponerse en funcionamiento e imagino su cuerpo, aún desnudo, acomodándose bajo el agua. ¿Es necesario borrar así, con tal rapidez, los restos de nuestro contacto?  Mis dedos aún están llenos de ella. Sin mover la cabeza, acerco la mano derecha a mi nariz y ahí está su coño. El mismo que hace unos minutos se me tragaba, generoso,  palpitante, entre envites y gemidos que, al unísono, buscaban un final. Pero el final después de ese final no es igual para los dos. Y de repente este espacio quedo, este sudor pegado al cuerpo y esta cama inerte se vuelven un poco incómodos, casi ridículos, como el reguero de semen que desfila por mi pierna y que, haciéndome cosquillas, va a dar a las sábanas. El agua sigue corriendo.

Me pregunto qué habrá hecho con los ramos anteriores. El último, un despliegue rojo intenso de claveles que hacía juego con su ropa interior. Y antes de ese, unos tulipanes que querían abrirse anticipando quizá el regalo de sus piernas. Tampoco es que haya mucho sitio aquí para ellos. O lo más probable es que se hubieran marchitado y...
—¿Todavía estás así? — envuelta en una toalla, regresa del baño y me habla sin mirarme —Vamos, vístete. Tengo prisa.
—No me has dicho nada de las flores.
—¿Las flores? ¿Qué quieres que te diga de las flores? Estoy hasta los ovarios de tus flores.
—Yo pensaba que te gustaban.
—¿Gustarme? ¿Sabes qué es a mí lo único que me gusta? Que no me toquen las narices después de trabajar. Eso es lo que me gusta.