hay palabras que salen, de la nada, para juntarse, transformarse, e ir dando forma a esa red personal que uno va llenando de conversaciones, de días, de pasos. hay otras que caen en una red más grande y se hacen un poco de todos.
jueves, 22 de noviembre de 2012
El segundo premio
sábado, 27 de octubre de 2012
Cualquier tiempo pasado fue peor
viernes, 9 de septiembre de 2011
Lo importante es tu maleta
El primer movimiento debajo de las sábanas se produce cuando el telefonillo suena por cuarta vez. Primero un brazo que se estira y se rasca la cabeza. Después, un amago de darse media vuelta. Y, al instante, el joven acaba por incorporarse. Se sienta en el borde de la cama. Sobre la mesilla, un billete de avión con salida para el día siguiente. Lo coge, lo mira fijamente durante unos segundos, y lo coloca debajo del despertador, fuera de la vista. Resopla y se pone en pie.
- ¿Diga?
- Soy yo, cariño. ¿No me digas que estabas dormido todavía? – la voz de mujer rechina al otro lado del telefonillo.
- No, no... Es que aún...
- No me lo puedo creer. ¿Sabes qué hora es? Ya deberíamos estar saliendo.
Mira a su reloj. Las diez y cuarto. Pulsa el botón del telefonillo y va hasta la encimera de la cocina del estudio. Abre una, dos, tres puertas de los armaritos superiores hasta que encuentra un tarro al que le quedan dos cucharadas de café. Suena el timbre de la puerta.
- Mira que lo sabía. Menos mal que esta mañana se me ocurrió que debía pasar a por ti – la joven entra en el piso cargada con una maleta y un bolso de mano enorme.
- Oye, aún hay tiempo de sobra – él se da media vuelta y se dirige de nuevo a la encimera.
- ¿Es que no me vas a dar un beso?
- Tengo mal sabor de boca. Todavía no he desayunado. Y, ¿qué es eso de que deberíamos estar saliendo? El vuelo sale a las tres de la tarde, ¿no?
- Sí, ya. Y el tráfico, y facturar, y las colas. Sabes que me pongo muy nerviosa – ha dejado la maleta y el bolso en el suelo y observa el desorden del estudio – No entiendo cómo puedes vivir así, el fin de semana pasado te ayudé a adecentar esto y mira cómo está ahora.
- Ya te he dicho que he salido muy tarde de la oficina toda la semana – contesta mientras acaba de preparar el café, dándole la espalda a ella – Y anoche...
- Bueno, cariño, no te preocupes. Dentro de unas horas estaremos en Londres y ya tendrás tiempo de poner todo esto en orden cuando volvamos.
- Es que Aguirre parece que no sabe decir las cosas si no es con una cerveza detrás de otra.
- Ahora lo importante es tu maleta... porque ya veo que no has preparado nada, ¿no? – la chica ha empezado a abrir los armarios del lateral de la cama.
- Déjalo, oye, no te preocupes. Anoche al acostarme se me ocurrió que quizás sería mejor si...
- Mi madre siempre me dice que cuando vivamos juntos no necesitaré buscar un trabajo. Que con ocuparme de ti ya tendré bastante – sobre la cama sin hacer ya hay varios pantalones que ha ido eligiendo del armario - ¿Y esta camisa? ¿Te la vas a llevar? Nunca te la pones, y me tiré una tarde entera para encontrarla.
- Que a fin de cuentas, yo ya he estado en Londres, y a ti a lo mejor te hace más ilusión estar con tus primos, a tu aire, sola.
- ¿Dónde tienes el sobretodo negro? Ya sabes, el impermeable. Está previsto que haga mal tiempo, por si no lo habías mirado.
- Necesito pensarlo. Aguirre está entusiasmado con la idea. Que sería el empujón que necesito. Que yo valgo mucho y esto se me queda ya pequeño – aún apoyado en la encimera y con el café a medio terminar, el chico enciende un cigarrillo.
- Ay, mira, no seas bobo. Si necesitas pensar, ya lo harás mientras paseamos por el barrio chino, o por el Soho... o por Notting Hill. ¿No querías ir a Notting Hill, cariño?
- Y no digo que sea mala idea. Pero sería un gran cambio. Para todos, quiero decir – el chico habla sin levantar la vista del suelo.
Ella deja por un momento la ropa y se acerca hasta él, abrazándole por la cintura.
- Pues si tu crees que es un buen cambio, yo también, cielo – los ojos de la chica se elevan en busca de los de él. En ese momento suena el teléfono en el estudio. Sin mirarla, el chico pasa la mano por la cabeza de ella y le revuelve suavemente el cabello. Le aparta el brazo con el que le tiene cogido y se dirige a responder el teléfono.
- ¿Sí? Ah, hola mamá.
- Dale un beso de mi parte a tu madre, ¿quieres? – la joven vuelve a la maleta que ha quedado abierta encima de la cama.
- Hace un rato, sí. Es que no estoy durmiendo bien estos días. Los nervios del viaje, supongo.
- No te enrolles, cielo. Que aún tienes que ducharte.
- Sí, sí, ya está decidido. Anoche lo vi todo claro – el chico se acerca a la ventana del estudio y habla mirando hacia la calle.
- Te voy a meter un jersey de cuello vuelto. Para la noche que vayamos al teatro, ¿te parece?
- ¡Que me vas a echar de menos! Pero si últimamente apenas nos veíamos, mamá.
- No entiendo cómo nos hacen viajar con estas maletas tan pequeñas. No cabe nada – la chica busca ahora entre los cajones de la ropa interior.
- En avión, sí. No, no tengo tantas cosas que llevarme.
- Y todavía hay que hacer hueco para el neceser. Con tus cremas y lociones. A veces me pregunto si tengo un novio o una novia.
- Claro que todo irá bien, mamá. Siempre te preocupas demasiado. Ya soy mayorcito.
- Bueno, pues esto casi ya está. Te he metido ropa interior para una semana. No sé, por si acaso.
- Que sí... que te llamaré en cuanto esté instalado. Oye, se me hace tarde, ¿vale? Un beso.
- ¿Cómo está tu madre?
- Bien, bien. Un poco preocupada, nada más. Siempre le han dado miedo los cambios.
- ¿Sabes, cielo? Yo sé que las cosas no nos han ido muy bien últimamente. Pero tengo la sensación de que este viaje va a ser un antes y un después para nosotros.
- ¿Tú crees?
El chico se aleja de la ventana, cuelga el teléfono y, tras dudar un segundo, la abraza, sin mirarla, juntando ligeramente su cabeza con la de ella.
- Estoy totalmente segura. Y no sólo eso. Creo que vas a necesitar una maleta más grande.
La mirada de él se dirige hacia su maleta, aún sin cerrar, encima de la cama, junto a la mesilla. Sobre ella, el billete de avión que estaba debajo del despertador se halla ahora a la vista.
jueves, 16 de abril de 2009
El Posólogo
- Primer premio de Novela Corta del XIX Certamen 'Calamonte Joven' 2009- Primer premio de Cuento en la XV edición de los premios literarios 'Marco Fabio Quintiliano' de Calahorra, 2010.
Durante mucho tiempo estuve convencido de que el trauma, la culpa y la aprensión se habían apoderado de mí para no abandonarme nunca. Casi sin darme cuenta, con la naturalidad que muchas veces olvidamos agradecer al simple paso de los días, todo este asunto ha dejado de torturarme. No es que no estuviera acostumbrado a lidiar asiduamente con torbellinos de la conciencia; han debido de ser centenares las noches, durante toda una vida dedicada al ejercicio de la justicia, en las que arropado por las mantas, con los ojos cerrados e intentando dormir, he acabado hecho un rollo con las sábanas de tanto dar vueltas a uno y otro lado de la cama. ¡Tan agotador es compartir lecho con la siniestra compañía de la incertidumbre! Y sin embargo, el motivo de aquella zozobra poco tenía que ver con la fragilidad de la sospecha. Bien al contrario, era el peso de la certeza el que se desplomaba contra mí dejándome sin resuello. Confieso que nunca antes me había encontrado con la incongruencia de recelar de una sentencia que no ofrecía resquicio para el titubeo. De un caso tan claro, tan incontestable y a la vez tan paradójico como el que se me presentó en el juicio contra Justo Contador.
Por aquel entonces a los días de Justo les salían horas por todos lados. Desde que cinco años atrás una plancha metálica de más de doscientos kilos le cayera encima mientras colocaba unas cajas en el almacén de la imprenta en la que trabajaba, no encontraba la manera de evitar que todo se le hiciera de color plúmbeo, tirando más bien a un anodino oscuro y con un tinte inconfundiblemente baladí.
Aquel desafortunado incidente le había causado una lesión de cadera y, por añadido, una jubilación prematura que le hacía acreedor de un sinfín de momentos que el pobre Justo no acertaba a llenar más que con profundos suspiros y gestos cariacontecidos. No es que a sus cincuenta y siete años pudiera quejarse de lo que la vida le había reservado para sus días de eterno asueto. En absoluto. Si obviamos la notoria cojera en la pierna derecha producto del accidente, la salud de Justo se encontraba en perfecto estado. A esa naturaleza vigorosa se le unía una situación económica que, si bien no pudiera calificarse de boyante, sí le evitaba pasar apuros. En definitiva, la envidia de amigos, familiares, conocidos y vecinos.
Por si esto fuera poco, es preciso señalar que no sólo el ámbito más terrenal tenía Justo bien cubierto. Tampoco en lo que afecta a las necesidades del espíritu, veleidades que pueden producir un hambre más urgente que la del estómago, encontraba escasez alguna. Su matrimonio con Mercedes pasaba ya de la treintena, y aunque caducas ya las efusiones primerizas, las rollizas carnes de ésta seguían dándole pingües satisfacciones en el frío del invierno y, por qué no decirlo, también en el calor del estío. Una mujer fuerte, voluntariosa y cuyo potaje de garbanzos era sobradamente famoso en todo el entorno de la pareja. La guinda a tal ventura familiar la ponía Merceditas, o Ceditas, como era llamada en congregación doméstica. Muchacha alegre, pizpireta y heredera de la exhuberancia carnal de la madre. Todos los sábados por la mañana la casa se convertía en el escenario de sus rumbas y bulerías mientras barría el suelo o quitaba el polvo, y para el resto de los días bastaba con que agitara su cabellera de rizos interminables al entrar de la calle para provocar el deleite en la mirada de sus progenitores.
Pero Justo se aburría. Se aburría mortalmente. Se aburría hasta el punto de saberse de memoria el número de baldosas del pasillo de tantas veces que lo había recorrido, ahora en esta dirección y después en la otra, arrastrando su asimetría en el andar. Lo que parecía un premio a tantos años de trabajo y sobriedades se había convertido en una carga, un lastre que no le abandonaba ni de día ni de noche, ni solo ni acompañado. Allá donde estuviera, Justo andaba siempre ocupado en su aburrimiento. Animado por Mercedes, había intentado distraerse con el dominó, en las partidas vespertinas del bar de debajo de su casa. Durante un tiempo fue visto también con frecuencia por los museos de la ciudad. Probó el fútbol, los documentales y los viajes programados. Lo había intentado de una y mil formas, pero siempre con el mismo infausto resultado que le llevaba de vuelta con su inseparable hastío.
Hasta que una mañana de domingo, sentado en el sofá del salón y leyendo el periódico, Justo levantó la vista del papel y buscó una respuesta entre los rayos de sol que se colaban por entre las rendijas de la persiana.
-Cariño, ¿tú sabes qué es esto? – reclamaba la atención de Mercedes sin moverse del sofá.
-¿Qué es qué? – la voz de su mujer llegaba desde la cocina junto con un intenso olor a puchero.
Y así, tras varias frases de ida y vuelta entre el salón y la cocina a un considerable volumen, Justo consiguió que su esposa se acercara hasta él.
-Mira, aquí – el dedo de Justo señalaba un pequeño recuadro situado en una esquina de la sección de clasificados.
“HÁGASE EXPERTO EN POSOLOGÍA EN TAN SÓLO 6 MESES. PREPARACIÓN A DISTANCIA”
Los ojos de Justo buscaban una respuesta en los de Mercedes y estos a su vez permanecían fijos en el anuncio mientras la mujer se apoyaba por detrás de su marido. Tras unos segundos, levantó su peso del sofá y se ajustó el delantal.
-Justo... no irás a creerte eso, ¿no? Lo único que quieren es sacarte los cuartos.
-Quién sabe. Pero, ¿qué significa? ¿Qué es eso de la posología? - Justo seguía sin levantar la vista del papel.
-Mira mi gori (Mercedes llamaba cariñosamente así a su marido desde el accidente, ya que la cojera le recordaba el andar de los gorilas), no tengo ni idea... pero ¿es que a tus años vas a ponerte a estudiar?
-¿Quién va a ponerse a estudiar? – en ese momento Ceditas pasaba por el salón blandiendo el plumero. Su padre se giró hacia ella y le mostró el anuncio del periódico con una mirada inquisitoria. La muchacha se alejó sin decir palabra y volvió al cabo de unos segundos con una caja de paracetamol en la mano – Mira, aquí. Lee el prospecto.
Los rechonchos dedos de Justo se afanaban por desdoblar los múltiples pliegues del fino papel.
“Posología: la dosis habitual es de un comprimido cada ocho horas. No se tomarán más de cuatro comprimidos en veinticuatro horas”.
-¿Así que es eso? – Mercedes apenas podía contener la risa – ¿Piensas hacerte experto en consumo de pastillas?
-No puede ser – Justo seguía absorto en aquel extraño descubrimiento, con el periódico en una mano y el prospecto en la otra – Tiene que haber algo más.
El potaje de aquel domingo le pareció a Justo especialmente delicioso. Sin apenas pronunciar palabra, llenaba sus carrillos cucharada tras cucharada con una inusual sonrisa. Ni su mujer ni su hija, encantadas con la visión de aquella muestra de alegría, se percataron de que la otra mano de Justo, por debajo de la mesa, no dejaba de juguetear con el recorte del anuncio del periódico.
El primer envío llegó a finales de septiembre. El cartero llamó con insistencia a media mañana y dejó un paquete a nombre de Justo Contador. Apenas le había dado tiempo a Mercedes a preguntar de dónde provenía aquel misterioso bulto cuando Justo apareció desde el final del pasillo a la velocidad que su cojera le permitía, musitó “es para mí” y se alejó con él, dejando a mujer y cartero con hombros encogidos, para encerrarse en el pequeño despacho que apenas era utilizado sino cuando Mercedes tendía allí la ropa los días de lluvia. Comoquiera que la mujer sabía de la poca afición de su marido a estar solo, firmó el recibo, despidió al cartero y se acercó a preguntar. “Cariño, no me molestes ahora, ¿quieres?”. Al otro lado de la puerta, Justo se disponía a abrir la caja. Con un cuchillo de cocina intentaba torpemente romper la cinta aislante que rodeaba el paquete. Al cabo de unos segundos desistió de usar el cuchillo para hacer uso de las manos y, cuando vio que tampoco así era capaz de abrirla, recurrió a la inefable y arcaica ayuda de los dientes. Finalmente, con las solapas de la caja medio rasgadas y la boca llena de trocitos de cinta adhesiva, Justo extraía el preciado tesoro. Un manual de introducción a la metrología, un cronómetro, una regla y una pequeña balanza. Uno a uno fue cogiendo los artículos, aún envueltos con el retractilado individual, y los observó elevándolos un poco por encima de sus ojos, como si de alguna extraña divinidad se tratasen. Y con esa compañía pasó las siguientes horas, hasta que Mercedes consiguió hacerlo salir pasadas las tres de la tarde bajo la amenaza de un almuerzo aterido e incomible.
-¿Y bien? – la expectación de la mujer por saber qué ocurría en el pequeño despacho era casi igual a su indignación por lo tarde que se había hecho para comer.
-El primer concepto a tener en cuenta, según el libro, es que no sólo hay que prestar atención al resultado de la medición, sino que tan importante como ésta es la propia incertidumbre de la medida.
La cara de Mercedes era completo estupor, ya que no entendía una sola palabra de lo que su marido le decía y no podía recordar la última vez que lo había visto sumido en tal grado de entusiasmo.
A partir de ese día el pequeño despacho se convirtió en el refugio particular de Justo y ninguna de las dos mujeres en la casa se atrevía a molestarlo sin antes llamar suavemente a la puerta, mucho menos a traspasar el umbral mientras él se hallaba dentro. Cada día Justo pasaba allí entre ocho y diez horas, fervorosamente entregado a una colección de aparatos, cachivaches, libros y manuales que no hacían sino aumentar cada semana. Poco a poco el despacho fue llenándose con probetas, microscopios, termómetros, calibres, medidores láser, polímetros, goniómetros y muchos otros instrumentos de los que nunca antes se había tenido constancia de su existencia en la familia Contador. En la mesa, las estanterías e incluso por el suelo se agolpaban cientos de papeles, cuadernos y agendas con notas y apuntes. Y el nivel y complejidad de las lecturas iba aumentando con cada nuevo envío: iniciación a la metrotecnia dimensional, estudios de física cuántica, manuales de propedéutica aplicada, dosificación y principios activos, las claves de la fisiología comparada, procesos diagnósticos... y decenas de títulos afines. Con cada envío, también, con cada nuevo libro, con cada nuevo artilugio, se iba produciendo una lenta pero incesante transformación en el talante apesadumbrado de Justo. Su mirada perdida se deshacía de la perenne neblina para adoptar una lenticular claridad. Los suspiros mohínos de la mañana daban paso a una tos ronca y obstinada cada vez que era interrumpido en su menester. Justo ya no se aburría. Como si un relojero hubiera trastocado las piezas de su reloj vital, las horas que antes sobraban a sus días eran ahora las mismas que parecían faltarle.
El silencio se había hecho dueño de la casa de los Contador durante los tres meses de otoño, y siguió reinando con cruel apacibilidad los otros tantos del invierno. Por eso Mercedes se llevó un susto de muerte cuando, recién estrenada la primavera, la puerta del despacho se abrió inesperadamente pasadas las once de la mañana.
-Cariño, ¡ya está! – la mirada inyectada en frenesí de Justo no se correspondía con el aspecto de un hombre que llevaba semanas descuidando su aspecto, con una barba que cubría por completo su oronda cara.
-Justo, ¡por Dios! ¿Estás bien? – Mercedes, que se había acostumbrado ya a ver a su marido casi únicamente en la oscuridad de la noche, recibía aquella visita en la cocina como a un náufrago que logra llegar a la orilla.
-Perfectamente... ¡nunca he estado mejor! ¿Qué estás cocinando?
-¿Cómo que qué estoy...? – la mujer se detuvo en el sitio, dejó en la encimera el plato que tenía en la mano y, brazos en jarra, miró a su marido de arriba a abajo – Lentejas. Estoy haciendo lentejas con chorizo. Justo, ¿vas a explicarme de una vez qué está ocurriendo aquí? ¿Qué es todo este secretismo tuyo?
-Estás a punto de comprobarlo.
Justo se acercó a la olla, alzó un poco la tapa y olisqueó en su interior. Sin más explicaciones, se alejó de nuevo en dirección al despacho para regresar segundos después con un termómetro de mercurio, una calculadora y una cinta métrica. Aquello empezaba a agotar la paciencia de Mercedes quien, más por desesperación que por convencimiento, se apartó, apoyándose en la nevera, y dejó que Justo se hiciera con el control de los fogones. Algo que, si su memoria no le fallaba, y estaba del todo segura de que no lo hacía, era la primera vez que sucedía. Comenzó entonces a manipular la olla, introduciendo primero el termómetro en el agua para medir su temperatura. Después desplegó la cinta métrica alrededor del recipiente, primero a lo alto y luego a lo ancho. Anotó los resultados en su perenne libreta azul de espiral y sonrió. Pulsó algunos botones en la calculadora, observó el resultado, miró a los lados, pulsó más botones, se rascó la calva y, finalmente, se dirigió a su mujer.
-Cariño, deberías poner un poco más de agua en la olla. Como medio vaso.
-¿Cómo? Ay, mira no, no me vas a tomar el pelo de esta manera.
-Tú hazme caso. De verdad – la mano de Justo se posaba en el hombro de su mujer con una calidez impropia de quien la había ignorado por completo durante seis meses. Y quizá por este gesto, o quizá tan sólo por seguirle la corriente, Mercedes cogió un vaso, lo llenó hasta la mitad con agua del grifo y la añadió a las lentejas.
Ceditas no supo si alegrarse o preocuparse al ver a su padre sentado a la mesa del salón cuando volvió de la universidad, unas horas más tarde.
-¡Papá! ¿Es que vas a comer con nosotras?
-El menú de hoy es un tanto especial. Y exige que todos los miembros de la familia participen de él – la exagerada sonrisa de Justo se pronunció aún más cuando Mercedes llegó de la cocina con la olla lista. Ésta, a su vez, desvió la mirada hacia su hija con la complicidad que señala la presencia de un loco. Bastó con que las dos mujeres llevaran la cuchara a la boca una vez para que todo el escepticismo acumulado se derrumbara en un momento mágico, un súbito despertar a la fe que por poco tira a Mercedes de la silla en su aspaviento.
-¡Justo, mi gori, son las mejores lentejas que he probado en mi vida! – la mujer casi gritaba con la boca aún llena, sin dar tiempo siquiera a haber tragado. Ceditas no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, pero el brillo en sus ojos delataba el aluvión de placer que se acumulaba en su paladar.
-¿Es papá el que ha hecho las lentejas?
-No he sido yo, hija, sino la posología. Una prodigiosa ciencia aún por explotar que debe darnos incontables alegrías, a nosotros y a todo el que desee aprovecharse de ella.
Y de manera espontánea, casi inconsciente, madre e hija se abalanzaron sobre Justo en un roce compartido de pelos de barba desaliñada, una unión familiar en forma de platos de lentejas exactas.
Esa misma tarde, no contento con la exhibición culinaria que había realizado, Justo quiso enseñar también a Ceditas los métodos y procedimientos de su recién adquirida destreza.
-¿Ves? Ahí tienes, un campo infinito de sabiduría. Tan sólo uno mismo decide hasta dónde quiere llegar – apoyados en el quicio de la puerta del despacho, Justo le mostraba a su hija aquel santuario científico de andar por casa. Ceditas mientras tanto no decía nada, abrazaba a su padre por la cintura y se limitaba a darle pequeños besos en la mejilla, como si acabara de regresar de un largo viaje.
-No hay prácticamente nada que no se pueda medir. Y, por tanto, determinar también con exactitud en su perfecta medida – Justo se iba deteniendo en cada estantería, en cada chisme que poblaba el despacho, mientras echaba mano a los barómetros, amperímetros y calibres, los ponía por un momento a la vista de su hija y los volvía a dejar en su sitio – Tras el proceso de medición, resulta un número que es la relación entre el objeto del estudio y la unidad de referencia.
De repente, giró sobre sí mismo y quedó mirando directamente a su hija por primera vez desde que habían entrado a la habitación. Sin decir nada, tomó un mechón del cabello de Ceditas, hecho una maraña de pequeños bucles y trencitas.
-Hija, ¿cuántas horquillas usas para peinarte?
-¿Qué? – Ceditas no sabía si soltarse de su padre y salir corriendo de la habitación o echarse a reír – Papá, no lo sé, no tengo ni idea. Simplemente las voy cogiendo y me las voy poniendo hasta que termino de peinarme – la frase terminaba casi en susurro, como si pidiera perdón por emplear semejante mecanismo en su acicaladura.
-Déjame una. Y también uno o dos pelos tuyos.
-Papá, ¿qué pretendes?
-Tú hazme caso. De verdad.
Justo buscó entonces por entre el amasijo de trastos hasta dar con una báscula de precisión. Depositó en ella primero la horquilla, después los cabellos. Anotó el resultado en la libreta azul y siguió afanándose en su tarea, ahora con la ayuda del goniómetro. Después de diez minutos de mediciones y cálculos diversos, levantó la vista y dedicó a Ceditas una hospitalaria sonrisa.
-Tienes que usar catorce horquillas para peinarte. Ni una más, ni una menos.
Y sin decir más devolvió la horquilla a su hija y salió del despacho. Ceditas seguía allí de pie, inmóvil, con la horquilla en la mano, y mientras veía a su padre salir garboso de la habitación se preguntó si su habitual renqueo no había menguado de manera ostensible.
Las paredes de la casa bramaban con fuerzas inauditas cuando Ceditas volvió de clase al día siguiente y fue directamente a buscar a su padre.
-¿Has visto qué peinado? ¡Nunca en la peluquería han conseguido dejarme así! Y todo el mundo en clase me ha dicho lo estupenda que estaba ¡Estoy tan contenta que... – su efusión se detuvo al comprobar que su padre estaba tan ocupado con una hoja de papel que no la había mirado en todo ese rato – Papá, ¿qué estás haciendo?-Es una lista de todas las personas que conozco. Con su dirección y teléfono. Y mamá y tú debéis hacer una también. Así tendremos un montón de gente con la que comenzar.
-Comenzar... ¿el qué?
-Hija, ¿no te das cuenta del poder que implica el dominio de la posología? ¿Has pensado hasta dónde podría... hasta dónde podríamos llegar con esto?
- Gori, ya le has dedicado suficiente tiempo a todos esos chismes, ¿no crees? – aunque ni padre ni hija se habían dado cuenta, Mercedes llevaba un buen rato, con los brazos cruzados, escuchando desde la puerta del salón.
-Tenemos que propagar este descubrimiento – Justo se desesperaba por hacer comprender a su familia que era por completo inicuo recluir aquellas virtudes a los límites de la casa – En cuanto la gente sepa las maravillas que puede hacer por ellos, lo mucho que sus vidas pueden mejorar... ¡todos querrán aprovecharse de ello! ¡La posología tendrá un prestigio reconocido!
- Mira, puede que eso de la posología funcione, pero no me fío. Todos esos cacharros del demonio... ¡y esa barba, Justo! Deberías verte. ¡No hay quien te conozca!
-No puedo creer vuestra falta de confianza. Vosotras mismas habéis podido comprobarlo...
-Papá, pero yo te prefiero a ti, al de antes, ¡al de siempre! – Ceditas se unía así a la protesta de su madre, hartas de compartir cenas para dos en el salón, a solas con la puerta del despacho eternamente cerrada y, lo que es peor, celosas de una ciencia que parecía dar a Justo lo que ellas no habían logrado en aquellos cinco años de cojeras y quejidos.
-Está bien, no necesito vuestra ayuda. A partir de hoy, yo mismo me ocuparé de todo – Justo cogió la hoja con los nombres que había apuntado, se levantó del sofá con la agilidad de un niño y se encerró en su despacho con un violento portazo.
Empezó precisamente, como había planeado, por los más cercanos. Los llamó, les escribió, incluso a aquéllos con los que hacía tiempo que había perdido el contacto; se acercó hasta sus casas y se interesó por ellos. No pasaba mucho tiempo hasta que Justo era capaz de descubrir ese pequeño desajuste que era necesario reparar. A su cuñada Pilar, por ejemplo, aunque nunca había sido de su completo agrado, le regaló el sabio consejo de que al pequeño Dani, sobrino de Justo, le bastarían cincuenta y siete minutos de estudio al día para aprobar todas las asignaturas pendientes. Al tío Manuel, aficionado a los pájaros, le recomendó que no debía de guardar más de diecinueve de aquellas aves juntas en la misma jaula si quería asegurar su perfecta convivencia. Y a Enrique, antiguo compañero en la imprenta, le confesó en un tono bastante serio que no sería bueno que pasasen más de dieciséis días seguidos sin regalar nada a su esposa si no quería correr el peligro de que ella, voluble y caprichosa, se sintiera menospreciada.
Los sucesos no tardaron en propagarse de boca en boca, y a los pocos días el teléfono de la casa de los Contador empezó a recibir llamadas de gente que, no sin un poco de suspicacia, preguntaban si sería posible poder contar con los servicios de Justo. Después de acordar una cita, llegaban a casa para entrar directamente en el despacho, siempre cabizbajos, acomplejados y temerosos de revelar las taras de su intimidad. Justo escuchaba paciente, asentía mientras fingía ordenar los instrumentos de alguna repisa y, finalmente, con la suavidad y el tacto que requería el momento, exponía la necesidad de contar con algunos objetos personales necesarios para la evaluación y quizás un par de días, tres a lo sumo, para extraer un resultado satisfactorio. Transcurrido ese plazo Justo les hacía llegar la solución exacta a sus problemas; con ella, también, la factura con sus emolumentos. Nada extremado, la verdad, porque aunque Justo agradecía que el reconocimiento a su labor diese también mayor peso a su cartera, nada le complacía más que saberse contribuyente a una suerte de justicia invisible, a un ajuste de cuentas a los infortunios y contrariedades que constituían un peldaño más en los trayectos diarios de tantas y tantas personas.
Pero ayudar a tanta gente en tan poco espacio empezó a generar problemas de intimidad, dado el caudal de personas que diariamente entraban y salían por el estrecho pasillo de la casa, y la presión de Mercedes y Ceditas acabó convenciendo a Justo de que, si quería continuar con sus actividades, debía alquilar un local donde poder separar su trabajo de su vida privada. Allí ahora los clientes eran primero recibidos por una secretaria, y después llevados a la amplia sala donde Justo había multiplicado su equipamiento técnico para ajustarse a las nuevas exigencias El nuevo local trajo consigo también un aumento en la actividad de Justo, nuevos encargos y nuevos clientes. Ya no sólo atendía las pequeñas demandas anónimas; diversos profesionales, empresarios, asociaciones y organismos se acercaban hasta él atraídos por el rumor de una práctica única, casi milagrosa. Las peticiones también pasaron de las pequeñas minucias domésticas a las que Justo estaba acostumbrado a intervenciones con un elevado grado dificultad. Pero daba igual la complejidad a la que Justo se enfrentara, su ciencia y sus resultados seguían demostrándose infalibles. Pronto, la posología empezó a ser citada asiduamente en las reuniones sociales, y Justo Contador un nombre de referencia para todo aquél que presumía de estar a la última.
Y como todo acto público que adquiere un grado de notoriedad, los logros de Justo llegaron a oídos de los medios. Un periódico nacional contactó con él y dos días después se presentaban en su casa para hacerle una entrevista. Justo, modesto y reservado, parecía no querer revelar mucho sobre los entresijos de su sorprendente actividad, pero cuando el fotógrafo preparaba su cámara para dejar constancia gráfica del protagonista, Justo pidió ser retratado junto a su esposa y su hija, cada una sentada a un lado de él.
-¿Que opinan ustedes de todo esto? Deben de estar más que contentas, ¿no? – el periodista se dirigía a las mujeres por primera vez en toda la conversación.
-Ellas... se mantienen bastante al margen – Justo se adelantó en la respuesta – Pero saben que son lo más importante para mí. Y que no haría nada que no fuera por su bien. Por el bien de todos – y después de mirar fugazmente a cada una de ellas, centró su mirada en el objetivo y sonrió.
Al día siguiente Ceditas se dio cuenta de que algo andaba mal cuando entró en casa de vuelta de la universidad. Había pasado todo el camino, en el autobús, ensimismada con el periódico que dedicaba un artículo a toda página a su padre. Una y otra vez volvía sobre él, miraba la foto de familia en blanco y negro y cerraba sus páginas con rapidez, temerosa de que alguien a su alrededor pudiera reconocerla. Le resultaba chocante el contraste entre la robusta sonrisa de su padre y el gesto serio, mustio, que ofrecían su madre y ella. Quizá, después de todo, estaban siendo demasiado severas con él. A fin de cuentas no hacía nada malo, y estaba empezando a conseguir un éxito que ninguno de los tres hubiera imaginado nunca. Con estos pensamientos en la cabeza subió las escaleras del bloque, con el periódico abierto por esa página y ansiosa por mostrárselo a sus padres. Pero cuando abrió la puerta notó algo extraño. El silencio que colmaba la casa no era el habitual a la hora de la comida. Cruzó el pasillo, la cocina y llegó al salón mientras buscaba a su madre con la voz, pero allí no había nadie. Y al llegar a la puerta de la habitación de sus padres la encontró extrañamente cerrada. Llamó una vez, pero no tuvo contestación. Volvió a llamar y esta vez abrió la puerta con un nuevo ‘mamá’ preparado para salir de su boca. Pero lo contuvo al ver la cama vacía, deshecha y, a un lado de ésta, su madre tirada en el suelo. ‘Mamá’, ahora sí, soltó en un eructo brusco y seco. Se acercó a ella, se agachó y la zarandeó. Inmóvil, inerte, Mercedes mostraba signos de defensa en la postura de sus brazos y en su mirada; mientras que la marca roja, casi morada, que recorría su cuello de un lado a otro indicaba que sin lugar a dudas había sido estrangulada. El primer ‘mamá’ se convertía ahora en un grito repetido, a voz desgarrada, a la vez que Ceditas corría por toda la casa, sin saber si buscaba a su padre o huía de él. En el balcón, Justo permanecía impasible a los gritos. Su hija se le acercó por detrás, le gritó de nuevo, le empujó. Pero el hombre que estaba agarrado a la barandilla no respondía a ningún tipo de estímulo. Ausente, mirando al cielo, respiraba tranquilo y apenas movía un poco la cabeza a un lado. Si Ceditas le hubiese mirado a la cara antes de ir a llamar a la policía, habría visto que las lágrimas le corrían de tal manera por las mejillas que muchas de ellas ya habían terminado en la camisa.
La excitación en los días previos al juicio era la lógica producida por un caso que había acumulado un buen número de portadas. La notoriedad pública de Justo unida a la monstruosidad de unos hechos sobrecogedores había llenado la sala de reporteros y cámaras. Por eso, tuve que toser en alto y pedir un poco de silencio antes de comenzar a hablar.
-Se ruega al acusado que haga el favor de acercarse al estrado.
La escueta y redonda figura de Justo se levantó de su asiento convirtiendo el murmullo de la sala en un crepitar de sillas y cuchicheos. Sin vacilar, con la mirada fija en el frente, comenzó a avanzar con paso tan firme que nos hizo dudar a todos por un momento de si aquel hombre había sufrido lesión alguna en su cadera. Con aplomo se sentó en la silla y esperó a que le fueran leídos sus derechos, paciente, casi como si estuviera disfrutando de estar allí.
-Justo Contador, ¿cómo se declara en relación a los hechos de que se le acusa?
-Inocente – la sala entera pareció quedarse sin oxígeno.
-¿Quiere usted decirme que no estranguló, con premeditación y alevosía, a Mercedes González, su difunta esposa, la mañana del 18 de septiembre, hasta causarle la muerte?
-Sí, lo hice. Pero no soy culpable – las cabezas en el público iban de izquierda a derecha buscando alguna respuesta.
-¿Puede explicarse mejor?-Señores, – Justo se levantó y pareció mirar directamente a todos y cada uno de los presentes en la sala – no se me está juzgando a mí, sino a una ciencia. Una ciencia infalible cuyos fundamentos no nos son propios. Una ciencia cuyo entendimiento escapa a cualquier raciocinio y cuyos resultados van más allá de valores y consideraciones morales. Una ciencia cuyo dominio me concede el poder de asegurar que, mi mujer, Mercedes González, había llegado en aquella mañana, exactamente a las ocho horas y siete minutos... al preciso final de su estancia en este mundo.
Toda la sala del juzgado se quedó muda. Ni una voz, ni un murmullo, ni un brazo moverse o un dedo flexionarse. Todos permanecíamos tiesos, helados, y durante varios segundos perdimos incluso la noción de lo que allí estaba ocurriendo. Entonces, poco a poco, se empezaron a dejar oír algunas voces. Primero una al fondo. Después dos o tres más. Algunos gritos. Que lo encierren. Loco. Asesino.
No fueron necesarias más declaraciones, y el caso quedó visto para sentencia tan sólo unos minutos después. Pero el malestar y la sensación de vacío me acompañaron durante varias semanas más. Hasta que al final comprendí. Aquellos momentos de silencio, aquellos instantes en los que todo dejó de tener sentido no eran sólo el reconocimiento de la presencia de un perturbado mental. Más allá de eso, durante los interminables segundos en los que decenas de gargantas se quedaron sin saliva, todos fuimos cómplices de aquel asesinato. Todos, me atrevo a decir, sin excepción, tuvimos la certeza de aquel hombre era inocente, de que sus palabras eran ciertas y de que no había nada de lo que se le pudiera culpar. Hoy el paso del tiempo y el sentido común han logrado eliminar esa sensación de escozor que aparecía en un sitio indeterminado de mi cuerpo. Soy capaz de dormir de un tirón dos o tres noches a la semana y no me quedo en blanco, pensativo y con la mirada perdida sin saber por qué. He de confesar, sin embargo, que he dejado de llevar reloj, y que cada vez que me mi hija me pregunta si yo he cogido su regla de dibujo o mi mujer busca el peso de la cocina, hago como que no sé nada. Por si acaso. Uno nunca sabe.
sábado, 11 de octubre de 2008
Vertical, siete letras: abertura en la pared (y IV)

El paté estaba en mal estado, y he estado a punto de comérmelo. Tengo que estar más atento con las cosas, últimamente parece como si no pudiera concentrarme en lo que hago.
Lunes, 17 de abril de 2000
Vertical, ocho letras: descuido o equivocación involuntaria.
Martes, 18 de abril de 2000
Una mañana más de espera, de nuevo en vano. Mis ojos han estado volando de un extremo al otro del parque durante horas en busca de una señal, de ese dichoso camión que devolverá otra vez la vida que siempre existió aquí. Pero parece que hay alguien que se ha olvidado de nosotros. De los niños y sus juegos, de los ancianos en su descanso, de mí. Y aunque sé que esto no acelerará el proceso lo más mínimo, me siento en la obligación moral de seguir guardando la espera, como el vigilante en la torre que entre gritos de júbilo anunciará al resto de la tripulación que la tierra ha sido avistada.
Jueves, 20 de abril de 2000
Después de comer, sentado en la taza del water, me he fijado en algo en lo que no suelo fijarme en esos momentos, pero que está generalmente muy a la vista. Los pies. Esos dos seres blancos y deformes que rematan el final de cada pierna. ¿Por qué son tan feos? ¿No sería más sencillo y funcional desplazarnos sobre ruedas? Al menos, para el suelo liso y uniforme de un piso sería lo más apropiado.
Viernes, 21 de abril de 2000
Aún estoy intentando aceptar lo que he visto esta mañana. A eso de las diez y media, mientras estaba como de costumbre últimamente con la vista clavada en el parque, el camión que llevaba semanas esperando por fin ha aparecido. Solo que no era un camión, sino una furgoneta. Y los trabajadores que han bajado de ella no traían nada que restaurara mi casi perdida sonrisa. Al contrario, y ante mis ojos incrédulos y algo mojados por las lágrimas, los casi veinte bancos y varias papeleras que llevaban lustros cumpliendo silenciosamente su labor han sido cortésmente invitados a seguir el mismo camino que ya emprendieran los columpios días atrás. No sé que está pasando, mi mente no puede pensar con claridad. Los pensamientos se agolpan en mi cabeza como los mosquitos que chocan contra la ventana buscando la luz del interior. Sólo sé que el parque está prácticamente desierto, y que el miedo y la desesperación tienen a mi estómago cogido uno de cada lado mientras tiran con fuerza intentando despedazarlo.
Sábado, 22 de abril de 2000
No he pegado ojo en toda la noche. No es que siquiera lo haya intentado, no habría sido capaz. En vez de eso, lo único que he podido hacer ha sido contemplar la imagen del parque, abatido e indefenso bajo las luces naranjas de las farolas, y recordar. Ha tenido que ser el pasado el protagonista de las horas muertas en la madrugada, porque cualquier intento de encontrar un porqué venía instantáneamente seguido de un temblor frío que me sacudía de arriba abajo.
Domingo, 23 de abril de 2000
No puedo, soy incapaz de entenderlo. Mientras el sol brilla en lo alto con más fuerza de la que es necesaria a estas alturas del año, lo que debería ser un tumulto de vida ahí abajo no es más que un silencio salpicado por algunos inocentes cánticos de los muchos pájaros que aún ignoran los cambios producidos varios metros más abajo desde hace casi un mes. ¿Es que nadie más que yo echa de menos los paseos, las charlas, los juegos o simplemente los ratos al sol leyendo el periódico en el banco? ¿Acaso ninguno recuerda ya todas las pizcas de vida que de una u otra manera han venido a parar cinco pisos debajo de mí?
Lunes, 24 de abril de 2000
Vertical, nueve letras: dejar desamparada una persona o una cosa.
Miércoles, 26 de abril de 2000
Vagando todo el día de un lado para otro de la casa. Moviendo un pie tras otro con la decisión que mueve a los que ansían por llegar a su destino, pero sin tal destino. Como el niño que se ha perdido de sus padres en la gran feria, y corre a buscarlos sin saber siquiera que dirección tomar.
Jueves, 27 de abril de 2000
Siempre empieza igual. Sin saber cómo, me encuentro andando por el parque. El viento me pega en la cara, lo que me hace sentir más libre aún. Entonces empiezo a meterme por alguna calle, con paso ligero, poniendo un pie detrás del otro con un brío casi militar. Pero al poco rato me doy cuenta de que estoy perdido. No reconozco la calle. No sé hacia donde tirar. Empiezo a ponerme nervioso. Y lo que antes era una calle prácticamente desierta empieza a poblarse de gente caminando a mi lado. Alguno me mira, se están dando cuenta de mi nerviosismo. No sé muy bien que hacer, las piernas comienzan a temblarme, y por momentos se me hace imposible seguir andando. Noto como las cabezas se giran hacia mí, oigo algunas risas. Algunas veces (las peores) estás tú también entre ellos, Mariola. Y yo me quedo definitivamente parado, inmóvil en medio de la calle, sin saber si llorar, gritar o salir corriendo. Y entonces, en el peor momento, es siempre cuando me despierto. A punto de explotar, temblando. Recuerdo que ya soñaba con esto cuando iba al colegio, y nunca ha dejado de acompañarme. Más tarde o más temprano volvía a aparecer. Ahora, sin embargo, no puedo evitar que se repita noche tras noche.
Viernes, 28 de abril de 2000
Atraído y repelido por los dos polos opuestos de un imán, las horas van pasando bien mirando por la ventana, con la esperanza de ver pasar a alguien por el parque (aunque la ilusión es efímera, ya que las pocas personas que he visto en estos días no han tardado más de medio minuto en desaparecer de mi vista), bien encerrado en mi cuarto y exento de luz solar, con la persiana bajada, y prefiriendo ignorar el turbador panorama que se me aparece una y otra vez tras el cristal. Sólo al rato, cuando la situación se empieza a hacer insostenible es cuando se ve sustituida por la otra, en una sucesión psicótica que no acaba de encontrar acomodo posible.
Sábado, 29 de abril de 2000
¿Dónde estarás, Mariola, esta noche? ¿Cuál será el nuevo parque, el nuevo banco que acoja las despreocupadas risas de ella y sus amigos? Lo peor de todo no es no verla, no. Lo peor es la sensación angustiosa de no saber con certeza cuando será la próxima vez que lo haga. O siquiera si habrá próxima vez.
Horizontal, trece letras: acto interno de pérdida de esperanza
Lunes, 1 de mayo de 2000
Llevo dos días sin mirar ni tan sólo una vez más allá de las paredes de esta casa. Cualquiera que sea el próximo cambio, si es que lo hay, que devuelva al vacío escenario sus antiguas representaciones o que acabe privándome finalmente de toda cordura, habrá de suceder sin mí. Sin mis pies inmóviles al lado de la ventana, sin mis pupilas fijas en la arena que ya sólo ve al viento dibujar sus trazos, y sin que hasta el último resquicio de mi alma se desmorone un poco más por cada segundo que pasa contemplando el abismo que hasta hace poco eran no más de quince o veinte metros.
Martes, 2 de mayo de 2000
Vertical, cinco letras: estado de ánimo poseído de fuerte temor ante un peligro real o imaginario.
Jueves, 4 de mayo de 2000
Como el oso que hiberna en espera de la llegada de la primavera, toda mi vida se ha quedado en pausa. Todas las cosas que de una u otra manera van ganando los minutos del día a día están ahora arrinconadas, sin moverse del sitio que siempre han ocupado, pero cubiertas por un cristal invisible que las convierte en objetos de escaparate. Los libros que desde por la mañana debían ser retomados en la página donde se quedaron minutos antes de quedarme dormido, esas películas que de tanto pasarlas una y otra vez empezaban a deteriorarse, esos discos que me llevaban durante unos minutos a un paraíso sólo tangible en mi mente... todos han quedado indefinidamente fuera de mi alcance. Esperando el instante en que todo volviera a la normalidad, y así recobraran el sentido que tenían en los momentos en que los anexos a la realidad eran tan sólo una elección placentera.
Viernes, 5 de mayo de 2000
Vertical, siete letras: cosa inventada, fantasía.
Sábado, 6 de mayo de 2000
La desazón está empezando a poder conmigo. El estómago comienza poco a poco a perder sus funciones vitales, y pasan las horas sin que pruebe bocado alguno. Mientras, el corazón intenta suplir esta huelga corporal aumentando sensiblemente sus latidos, tanto en su frecuencia como en su intensidad, pero lo único que consigue es recordarme lo interminable que se hace este hiato, todo duda y desconocimiento.
Domingo, 7 de mayo de 2000
Horizontal, siete letras: alteración de la psique por una situación de incertidumbre.
La mente empieza a rebajar su estado de alteración, y los pensamientos van apareciendo lentamente, como caracoles que salen después de una intensa lluvia. Los motivos, los miedos, los temores, las consecuencias, y al fondo de todos, la manera de afrontarlo, que sigue sin aparecer clara, por mucho que mis sesos se devanen en una solución.
Domingo
El sueño se ha convertido en algo totalmente fuera de mi alcance. Rara vez consigo dormir cuando me dispongo a ello. Sin embargo, acabo cayendo en el momento más inesperado, en cualquier lugar de la casa. Pero nunca las horas deseadas, y mucho menos de manera grata o placentera. Las lágrimas en los ojos y la falta de respiración empiezan a ser compañeras habituales en el momento de despertarme.
Martes, junio
Hoy he estado a punto de abrir un libro. Me he acercado a la estantería, lo he cogido cuidadosamente y me he sentado con él en las manos. Pero al ir a abrir la primera página, no he podido hacerlo. Otra vez esa pregunta, que me acompaña ya en todo momento y me asalta en el instante previo a cualquiera de los pasos, por pequeños que sean, que intento dar: ¿Para qué?
Por mucho que lo desee, nada va a cambiar ahora. Por más horas que esté tirado en algún rincón, mordiéndome los labios de rabia o suplicando a la nada entre sollozos, no van a dar marcha atrás. Así que supongo que es momento de ir poniendo algunas cosas en su sitio, aunque solo sea por una cuestión de subsistencia. Apenas queda comida en la nevera o fuera de ella. Casi todo lo que hay se ha puesto malo, pero mi inactividad se extiende hasta el punto de no haber encendido el ordenador desde aquel día.
Viernes
Durante la mayor parte del día el ruido es constante. Da la impresión de que las obras se alargarán durante una buena temporada.
Podría haberlo hecho. Sí, de haberlo sabido, no me habría movido de allí ni un milímetro. Habría aprovechado hasta el último instante de él, aunque desnudo y abandonado, aún vivo. Pero me había prometido a mí mismo intentar seguir adelante a sus espaldas, de espaldas a un exterior vacío, hasta que algo me indicase que el sonido de la persiana al levantarse fuese seguido de un nuevo panorama, o al menos una explicación al robo al que mi vida estaba siendo sometida...
Mi ritmo está alterado por completo. Duermo durante el día, cuando soy capaz, y gasto la mayor parte de la noche sentado en el sillón del salón, cambiando de canal en el televisor, intentando no pensar, no existir...
julio
Hubo una temporada en la que mi madre estaba convencida de llevarme a algún especialista. Pero la idea se quedó ahí en el momento en que mi padre se enteró de sus intenciones. “El chico es así Inés. No le pasa nada, está sano. Es sólo que es diferente de los demás chicos de su edad”. Con esa seguridad con la que mi padre hablaba sobre todas las cosas, sin necesidad de exaltarse lo más mínimo, dio por concluida la conversación. No recuerdo nunca que mi madre se opusiese o contradijese alguna de sus sentencias, e ignoro lo que habría ocurrido de haber sido así.
El frigorífico vuelve a estar lleno. Más cuarenta días después, un pedido hecho a través del ordenador ha vuelto a llamar a la puerta. Pero cuando comes sin hambre, la satisfacción del apetito se ve sustituida por la amargura de la indiferencia.
Domingo
Nada volverá a ser como antes. De entre todos los detalles, recuerdos y lamentaciones que pueblan mi cabeza, eso es lo único que acaba apareciendo como real e inamovible. Desde aquella mañana, nada será otra vez como antes. Un ruido intenso y martilleante se instaló en mi cabeza, y segundos después de despertarme, comprendí. El momento había llegado, el nudo que apretaba mi garganta sería al fin desatado. Y entonces algo cegó mis ojos. Primero fue el sol, que buscando lo más alto de su trayectoria me deslumbró momentáneamente. Lo que vi después, más allá de un corte visual, aplastó de un golpe todos mis sentidos, todo mi cuerpo, toda mi razón. Dos excavadoras, amarillas y enormes, extendían sus bocas abiertas contra el parque (o lo que había sido hasta entonces) extendiendo un agujero en el suelo. Su forma rectangular era recorrida en toda su extensión por una valla metálica que marcaba los límites de la obra. Por fin, eso era. Estaba contemplando el nacimiento de un edificio, del edificio que iba a poner fin al lugar donde todos mis deseos, miedos, alegrías y tristezas habían tomado forma a lo largo de al menos los últimos diez años.
Las horas parecen durar el triple de lo que siempre duraron. Inacabables, una sucede a la anterior incapaz de encontrar nada que ocupe el hueco que me llena, y a sabiendas de que la siguiente tendrá su cometido igual de inaccesible.
Un vistazo al correo. La mayoría, mensajes publicitarios acumulados durante todo este tiempo, y entre ellos, algunas cartas del periódico preguntando por mi prolongada ausencia. Supongo que habrán insertado crucigramas ya publicados hace tiempo.
Viernes
El contraste se reduce al mínimo. El blanco desapareció de repente una mañana, y el negro más cada vez va perdiendo su fuerza para irse convirtiendo en un gris pesado que tiñe todo por igual. Un tono neutro, sin matiz, sin detalle, y que hace que sea lo mismo más que menos, aquí que allí, día que noche.
Lunes
El edificio está empezando a llegar a mi altura. Dentro de poco ya no podré ver siquiera los bloques de detrás. Los primeros días no podía mirar fuera. Sabía que estaba ahí, lo oía continuamente, pero verlo habría sido demasiado. Ahora ya no importa, lo vea o no, lo oiga o no. Puedo quedarme un rato mirando las estructuras rectilíneas de metal y hormigón, las grúas o los montones de ladrillos apilados, que en nada puede empeorar la situación previa a hacerlo.
No fue algo premeditado. Poco a poco se fue convirtiendo en mi cómplice, y al final llegó un momento en el que se convirtió en la única manera posible de seguir. Y aunque sabedor de mi diferencia, nunca la vi como un obstáculo, como una traba, como algo de lo que preocuparse. Salvo ahora. Ahora que no tengo nada más que mi soledad, ahora no me vale.
Qué fácil era soñar esas veces. Contigo ahí abajo sentada. Yo te miraba por última vez, te mandaba un beso de buenas noches, y tenía lo suficiente para caer con una sonrisa en la boca, complacido, como si bajo las sábanas dieras el último suspiro del día tumbada junto a mí. Ahora prefiero no recordar que existes, porque entonces duele tanto que hacen falta unas cuantas vueltas más de las habituales en la cama para poder dormirme.
Martes, agosto
Poner fin a esta situación. Una idea que se antoja imposible, pero que a la vez se convierte en la única posible. No puedo con esto, no tengo fuerzas para seguir así. Pero no sé cómo salir, y la única alternativa que se me ocurre, en algún momento que roza ya en la locura, es mejor no nombrarla.
¿Qué diría mamá? Ella siempre odió (más bien diría que tenía un horrible miedo) a todo aquello que fuera diferente o raro. Decía que algo así tenía por fuerza que ser malo. Y sin embargo, siempre me cuido como al perrillo desvalido que se ha roto una pata y no tiene dueño que se ocupe de él. Supongo que para ella yo era una excepción. Y su hijo, también.
La gente y yo. El agua y ella. Belén. Durante unos buenos meses creí estar locamente enamorado de ella. Era diferente de las demás chicas. No físicamente, no era excesivamente guapa ni había en ella nada que resaltara sobre lo demás. Tampoco en su personalidad destacaba nada que no se pudiera hallar en cualquier otra persona de dieciséis años. Era algo más peculiar lo que la hacía brillar con una luz distinta para mí. Tenía alergia al agua. La gente tiene alergia al polen, al polvo, a cosas que aparecen sólo en momentos determinados, y hasta cierto punto, evitables. Pero ella tenía alergia al agua. A menudo aparecía en clase con heridas en la cara, en las manos y supongo que en el resto del cuerpo, ya que la reacción que el agua le provocaba no evitaba como es lógico que, aunque fuese en contadas ocasiones, necesitase su uso. Ella y el agua. Yo y la gente.
Miércoles
El verano está a punto de concluir. La obra también. Yo por mi parte me siento acabado desde hace mucho tiempo. No sólo desde que terminaron con el parque, sino mucho antes.
Sería muy fácil acabar con esto. Vestirme, salir de casa, bajar las escaleras hasta el portal y abrir la puerta de la calle. Y ya está. Una nueva vida. Toda la ciudad, todo el mundo para ir donde quisiera, gente para hablar con quien quisiera, hacer lo que desease. Una vida, sí. No hay día en el que no deje de pensar en ello. Debe ser muy fácil, cientos de personas lo hacían delante de mis narices a diario sin ningún problema.
Septiembre
Un mes más. Una nómina ingresada en mi cuenta más, como si nada hubiera cambiado. Como si yo fuera el único que es capaz de darse cuenta de lo que está sucediendo. Pero el dinero no tiene sentido ya. Y probablemente estas líneas tampoco...
El ruido ha terminado. Ya no quedan andamios, ni grúas, ni obreros. El ciclo se ha completado. Un enorme edificio de oficinas se alza a escasos diez metros, sin dejar posibilidad a que ningún rastro de vida llegue hasta mí. Ni una acera, ni un parking. Hasta las ventanas, negras como la noche, sólo muestran mi propia imagen reflejada, sin dejar de recordarme que todo seguirá sin que yo pueda verlo. Dejándome de lado, dándome la espalda tras la que una vez decidí esconderme.
Domingo
Intento pensar en la manera menos dolorosa. No sólo para mí, sino también para aquellos que aún puedan avergonzarse de ello. Pero no puede haber fallos, tiene que ser algo rápido y seguro. Y fácil. No puedo dejar que la flaqueza me eche atrás en el último momento.
Oír tu voz una vez más. Quizá eso pudiera darme ánimos para intentar seguir. Hasta la memoria empieza a fallar, y hay veces que necesito hacer un esfuerzo para recordar tu cara...
Las paredes de esta casa están cada vez más cerca unas de otras. El espacio es más y más reducido. Puedo notarlo en todo momento, no hace falta que lo vea, lo siento aún con los ojos cerrados. El aire parece escasear, y todos mis movimientos están día a día más limitados.
Lunes, últimos días del siglo XXMañana será el día. Está decidido, no hay vuelta atrás, no hay arrepentimiento posible. A las nueve de la mañana sonará el despertador. Con decisión y sin vacilar me levantaré. Una buena ducha y un desayuno abundante, como hace mucho que no hago. Después, la cuchilla de afeitar despejará mi cara de esta maraña de pelos, y mi piel lucirá suave como la de un niño. Una vez listo me pondré mi mejor traje y me miraré en el espejo deseando tener el mejor aspecto posible. Cogeré aire, hasta que mis pulmones se llenen con la valentía necesaria. Quizá no sólo una vez, puede que necesite dos o tres veces. Y entonces, sin pensarlo más, lo haré. Todo se habrá acabado. Los miedos, la frustración, el dolor, todo. Tan sólo estas páginas, aquí amontonadas en la mesa de mi cuarto, permanecerán como el recuerdo de un pasado que se queda, exhausto, en esta misma línea, y que a partir de mañana quedará en el más silencioso de los olvidos.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Vertical, siete letras: abertura en la pared (III)

Una de las cosas que más me gusta hacer para relajarme, incluso a veces hasta casi dormirme, es darme masajes en la cabeza de manera muy suave, como si me estuviera acariciando. No importa lo mal que me pueda sentir en ese momento, este método siempre acaba por hacerme olvidar cualquier cosa que tuviera en la mente.
Jueves, 24 de febrero de 2.000
He intentado entablar una conversación en un chat esta tarde. Era un chat sobre cine, y había alguien preguntando por una película de Woody Allen. Quería saber si “Manhattan” tenía un Oscar o si por el contrario era “Annie Hall” la que había obtenido la preciada estatuilla. Después de solventarle la duda, le he preguntado si prefiere el Allen de las comedias de pareja o si como a mí, le gusta más encontrarse con excentricidades tipo “Sombras y niebla”, “Balas sobre Broadway” o “Zelig”, debido al alejamiento que estas tienen de la temática clásica del neoyorquino. Pero en su respuesta, frustrante al máximo, me ha confesado que no era entendido en cine, que ni siquiera le gustaba Woody Allen, pero que necesitaba la respuesta para participar en un concurso de televisión. Esto es exactamente lo que espero encontrarme en esos malditos chats que pueblan la mayoría de los sitios de la red, gente que no tiene nada mejor que hacer, interesada en nada que no sea decir cuantas más chorradas por línea mejor, y que lo que más les motiva para conversar es un vulgar concurso televisivo.
Viernes, 25 de febrero de 2.000
Vertical, nueve letras: aversión, desprecio
Martes, 29 de febrero de 2.000
Tiene gracia este día. Sólo existe una vez cada cuatro años, pero nadie lo echa en falta cuando no aparece. Es como si tuviera una libertad especial, un don que le permite reírse de sus compañeros de calendario por tener que sucederse siempre los unos a los otros, en un orden inquebrantable, y tuviera una vida secreta y oculta los tres años de espera hasta el siguiente bisiesto.
Miércoles, 1 de marzo de 2.000
Como todos los días 1, a excepción de los festivos, claro, se produce el ingreso en mi cuenta de mi nómina mensual. Y mi conexión on line con el banco me confirma lo que ya sé, que gano más dinero del que necesito gastar. Esto puede parecer una frivolidad (o un motivo de envidia) para muchos, pero no significa nada para mí. Excepto que mi situación se prolongará indefinidamente.
Domingo, 5 de marzo de 2.000
Están guardados en el cajón de la mesita de mi cuarto, en un estuche de piel negro, esperando algún momento de debilidad. Sólo en esos casos, cuando la cordura cede paso avergonzada a la pasión, o a veces incluso simplemente a la curiosidad, mis ojos se revisten de cristales, y el mundo se acerca a mi antojo durante unos minutos.
Lunes, 6 de marzo de 2.000
Horizontal, cinco letras: fijar la vista observando.
La estantería del mueble del salón se ha quedado pequeña. Ya hace tiempo que tengo en mi cuarto las películas que no suelo ver casi nunca, pero hoy han llegado ‘El conformista’ de Bertolucci y ‘Extraños en el paraíso’ de Jarmusch y no han encontrado el sitio que debían tener destinado. Ya liberé también la balda de abajo del mueble, donde solían lucirse las figuritas de cerámica de mamá, pero tampoco ha sido suficiente. Tendré que hacer una nueva reestructuración o quizá encargar una nueva estantería que podría poner en la pared de enfrente.
La tecnología está de mi lado, no hay duda. Alguna vez pienso en cómo sería si hubiese nacido tan sólo veinte años antes, incapaz de obtener casi todo lo que necesito con un leve movimiento de dedo.
Sábado, 11 de marzo de 2.000
Está en un banco, sentada junto a uno de sus amantes eventuales. Ella se deja tocar. Él acepta gustoso la invitación, hasta el punto de que alguna prenda está a punto de caer al suelo. Mi nerviosismo aumenta, y mi silueta abandona finalmente la protección de las cortinas. Los besos son sustituidos por una batalla de saliva entre dos lenguas, y las manos llegan a los lugares donde habían estado esperando llegar desde seguramente unas horas antes. Ante mis ojos, lo que parece la forma desnuda de un generoso pecho es atacada con saña por cinco dedos hambrientos. Mi excitación llega al máximo, y en un momento de auténtico éxtasis, mis labios dejan escapar un grito ahogado pero lo suficientemente alto como para ser oído en todo el parque: “Mariooolaa!”. Al instante, y como movida por un resorte, ella se levanta, y mientras se intenta cubrir con la camisa que tiene medio bajada, grita hacia mí: “Pervertido, ¡es un pervertido!... ¡policía, policía, hay un pervertido ahí arriba!!”. Mis manos se paralizan, todo mi cuerpo deja de responderme y se queda totalmente inerte, como si fuera una estatua. Noto como toda la sangre se me acumula en la cara, mientras no dejo de pensar: “La policía... no puede ser, ¿qué voy a hacer ahora?...” suena el timbre de la puerta, y mi corazón está a punto de estallar. Pero no abro, y el timbre sigue sonando hasta que empieza a convertirse en un ruido molesto... de repente, un salto me saca literalmente de la cama, y mientras gotas de sudor caen de mi frente me doy cuenta de que me he quedado dormido y no he dejado apuntada la cuenta de la luz en la puerta, y tengo al revisor llamando sin cesar y seguramente con un cabreo considerable. Aún así, me veo incapaz de levantarme a abrirle, bastante tengo con intentar recuperarme del susto. Que vuelva otro día.
Domingo, 12 de marzo de 2.000
Vertical, nueve letras: sueño angustioso
Lunes, 13 de marzo de 2.000
Cada sobre de 600 Mg contiene: ibuprofeno (DCI) (arginato), excipientes: aspartamo (E951), sacarosa, sodio bicarbonato y otros excipientes. Espidifen, lo mejor para el dolor de cabeza. Como el que me ha venido esta tarde, seguramente provocado por escuchar música a través de los auriculares a un volumen excesivo durante un tiempo prolongado. Cuando uno no suele ir a visitar al médico, hay que tener unos conceptos básicos de automedicación.
Jueves, 16 de marzo de 2.000
La primavera está aquí. Y si bien el almanaque lo niega rotundamente aferrándose a la pura matemática, son las mangas cortas, el aumento de gente en el parque, el brillo del sol en los coches aparcados y, porqué no decirlo, algún generoso escote los que certifican que este año la estación más querida y a la vez odiada (las alergias no perdonan) viene con adelanto. Ni que decir tiene que esto es para mí motivo de regocijo absoluto, y la cantidad de horas que voy a perder con el sol dándome en la cara es tal que me dan escalofríos sólo de pensarlo.
Hace ya años que compré el lavavajillas, mi madre siempre fregó a mano. Pero eso no ha acabado de evitar que la mayoría de las veces llegue a comer y me encuentre que no tengo un tenedor limpio, o un vaso, o una cuchara. Así que deduzco que el hecho de no fregar no depende del esfuerzo que supone o del tiempo que se pierde, sino simplemente de dedicarle unos segundos para acordarte de dar al botón que pone en marcha la máquina. Debe de ser que mi mente tiene cosas más importantes a las que prestar atención, porque la mayoría de los días no encuentro esos segundos.
Lunes, 20 de marzo de 2.000
Las cuatro de la noche es la hora elegida para bajar al buzón y encontrarme con cartas del banco, publicidad, o lo que hace cobrar verdadero sentido a estas bajadas clandestinas: alguna de las varias revistas a las que estoy suscrito o uno de esos maravillosos paquetes con discos, videos o libros que muchas veces no pueden esperar a la mañana siguiente para empezar a ser devorados. Es una hora ideal, puesto que la gente que llega tarde ya lo ha hecho hace rato, y los que madrugan en exceso aun tienen un rato más de sueño. Los fines de semana esto no se cumple como el resto de los días, pero entonces el riesgo es innecesario, ya que evidentemente los fines de semana no hay correspondencia.
Martes, 21 de marzo de 2.000
Horizontal, siete letras: que se hace a escondidas
Jueves, 23 de marzo de 2.000
Los días nublados tienen un encanto especial. No me refiero a esos días en los que el cielo está totalmente encapotado, sin dejar ni un resquicio al azul celeste, y que de noche se tiñe de un espantoso naranja debido a la incontable cantidad de luces que decoran esta ciudad. Los que a mí me gustan son los cielos salpicados de nubes, contables e identificables. Nubes que adquieren las formas más diversas, y que con la ayuda del viento van cobrando vida como si fueran una animación. Blancas haciendo compañía al sol radiante o negras anunciando la venida de la tormenta. Todas son buenas para hacer girar mi cuello en dirección al cielo.
Domingo, 26 de marzo de 2.000
Hace un rato estaba leyendo en una revista de fotografía como los colores existen sólo cuando miramos a las cosas. Lo cual me lleva a pensar que si tenemos los ojos cerrados todo a nuestro alrededor es de blanco y negro. Está todo ahí. Si quieres aprender algo nuevo, intentar acercarte a la verdadera realidad de las cosas, o simplemente satisfacer alguna curiosidad, basta con abrir las páginas adecuadas. Bueno, también están los documentales. Pero yo los uso más como un álbum de fotos. Por muy interesante que sea lo que están contando, siempre acaban siendo protagonistas las imágenes que lo acompañan.
Lunes, 27 de marzo de 2.000
No me gusta hacerlo pensando en ella. Hay veces que pasa, es inevitable, pero luego me siento sucio, como si ella no se mereciera eso. Como si su figura sólo pudiera invadir pensamientos más altos y honestos, y estuviera desprovista de deseo físico. Y sé que no es así, y que me estremezco cada vez que vuelvo a pensar en sus inocentes pero sin duda exuberantes formas. Así que normalmente prefiero elegir otra pareja. No es difícil, la cantidad de mujeres atractivas que viven o pasan por aquí parece inagotable.
Vertical, cinco letras: tendencia de la voluntad a conseguir algo.
Jueves, 30 de marzo de 2.000
Esta mañana, mientras daba buena cuenta de un zumo de naranja y unos croissants (mi desayuno favorito), ha pasado algo que en un primer momento me ha parecido violento y cruel, pero que después mi lento raciocinio ha devuelto a la normalidad. Un camión del ayuntamiento ha entrado en el parque, tres obreros vestidos con mono se han bajado y sin vacilar han empezado a despertar a los columpios (a todos: el tobogán, el balancín, el pequeño laberinto...) de su último sueño matutino (entre semana libran por las mañanas, ya que los niños están en el colegio). Primero unas pequeñas zanjas alrededor de sus piernas de metal, y hora y media después el último esfuerzo que los ha separado definitivamente del suelo al que estaban unidos desde hacía más tiempo del que yo puedo recordar. Diez minutos más tarde se iban todos amontonados en el camión hacia no sé muy bien dónde. Una sensación de impotencia me ha sobrecogido de tal modo que he tenido ganas de reprender a los obreros por su inhumano comportamiento, pero según se alejaba el camión he empezado a comprender. Los nuevos columpios que en breve adornarán este parque serán sin duda capaces de obtener mayores piruetas y más amplias sonrisas de todos los chiquillos que pasan aquí algunos de los mejores momentos del día.
Sábado, 1 de abril de 2000
10 de la noche. Como era de imaginar, el abanico de posibilidades en la televisión es muy limitado. Al final, la elección ha sido un curioso reportaje acerca de las fiestas en un pueblo de la provincia de Badajoz. No recuerdo el nombre, y tampoco parecía ser algo muy excitante, pero al menos no me ha hecho cambiar a otra cosa durante la media hora que ha durado. Sin duda, no tener que compartir el mando a distancia es una de mis grandes ventajas sobre el mundo.
Domingo, 2 de abril de 2000
La tía Amalia fue siempre una extravagante. Sólo así se puede explicar el horrible reloj de pared que compró, y que sigue presidiendo el cuarto de estar. Está parado hace siglos, y no seré yo el que lo ponga en hora. Ni ella tampoco va a venir a hacerlo.
Martes, 4 de abril de 2000
El parque está huérfano de niños, pero esta situación ha traído consigo una sorpresa más que agradable esta tarde. Libres del ajetreo y de los juegos de los infantes y de las más que seguras inquisidoras miradas de sus padres y madres, Mariola y sus amigos han invadido un terreno usualmente hostil para ellos antes de la caída del sol. Y allí he estado yo con ellos, hasta casi la madrugada, cerveza tras cerveza, cigarro tras cigarro y risa tras risa. Con la luz apagada claro, ya que una silueta durante más de cuatro horas en la misma posición puede resultar extraña hasta para un grupo de jóvenes medio ebrios. Me gusta ver cómo ella suele convertirse en el centro de atracción del grupo, cómo todos los chicos están pendientes de cada una de sus palabras intentando dar la réplica adecuada que les haga ganar unos momentos de atención de sus preciosos ojos verdes. Me gusta ver cómo se maneja en discusiones interminables con cualquiera que osa contradecirla en la multitud de temas intrascendentes que se encabalgan unos con otros antes de ser calmados con un mínimo consenso. Me gusta...
Miércoles, 5 de abril de 2.000
Cada diez días aproximadamente, dependiendo de mis necesidades, abro la puerta que da a la calle. Es entonces cuando se produce un contacto, que nunca suele durar más de dos o tres minutos, y que después de tantos años ha dejado de ser tan traumático. Ya no me pongo nervioso, pero todavía necesito dejar la mente en blanco y no pensar más que en abrir la puerta, coger las bolsas y dar la propina hasta que el recadero del hipermercado desaparece de mi vista ignorando lo incómodo de su visita.
Jueves, 6 de abril de 2.000
Vertical, nueve letras: parcela de la persona o su de vida inviolable y reservada.
Sábado, 8 de abril de 2.000
Siempre disfruto viendo corretear a los niños que entran en el parque guiados por una única consigna: pasárselo bien, como sea y con quien sea. En su notoria ausencia, esta semana se ha visto incrementado el número de perros que, acompañados por sus dueños, buscaban entre los setos, piedras o a veces en el terreno más descubierto y hostil, un lugar donde poder hacer sus necesidades. Adoro a los perros. Esa naturaleza bondadosa en extremo, que les lleva a seguir a sus amos hasta el fin sin cuestionarse al menos uno de sus actos; esa predisposición continua a la caricia, sin juzgar nunca la sinceridad del que la regala. Más de una vez me ha asaltado la ingenua idea de tener uno conmigo...
Martes, 11 de abril de 2000
La comunicación con el exterior ha sido hoy imposible. Una incidencia en la red telefónica ha impedido que el módem de mi ordenador se conectara a Internet. Por más que el ratón se esforzaba una y otra vez en pulsar sobre la casilla de “Conectar”, el ruido de los tonos al marcar terminaba siempre con la misma frase, que a últimas horas de la tarde resultaba ya grotesca: “La conexión ha sido imposible. La línea está ocupada”. Esto ha impedido que, entre otras cosas, encargara los libros que tenía pensados desde hace unos días (nada importante, algunos títulos sueltos de Capote, Faulkner, Auster y alguno más) pero por otra parte me ha dejado más tiempo para poder cocinar tranquilamente. Últimamente, con el cambio en el parque y el buen tiempo he acabado comiendo lo primero que he pillado por ahí, pero al cabo de unos días viene bien algo de cocina casera bien preparada.
Miércoles, 12 de abril de 2000
Horizontal, once letras: privar del trato con la gente
Jueves, 13 de abril de 2000
lunes, 8 de septiembre de 2008
Vertical, siete letras: abertura en la pared (II)

La calvicie parece ser una metáfora de la vida, no te das cuenta de lo que te ha pasado hasta que lo ves ahí, plantado enfrente del espejo, y sin solución posible. Menos mal que nunca he tenido demasiados complejos, y luzco mi cabeza brillante con orgullo.
Lunes, 27 de diciembre de 1.999
Horizontal, nueve letras: sentimiento o turbación del que se siente humillado o culpable.
Martes, 28 de diciembre de 1.999
Fue poco después del accidente, mi tío Eugenio vino a casa y me dijo que no me preocupara de nada, que me conseguiría un trabajo. Él me conocía desde que nací, así que sabía de sobra el tipo de trabajo que yo era capaz de desempeñar. No fue difícil, el tío Eugenio es redactor jefe de uno de los periódicos nacionales de mayor tirada.
Jueves, 30 de diciembre de 1.999
En estos días es más difícil que de costumbre estar con la gente. Además de este frío que le quita a cualquiera las ganas de nada, parece que todo el mundo esté hibernando a la espera de la gran noche. Como si sus vidas fueran a cambiar de repente en ese momento y nada volviera a ser igual, y todos sus problemas se quedaran anclados en el año anterior. Debe ser por eso que al día siguiente es más difícil aún tener contacto con alguien. Estarán asimilando que el cambio de calendario no trae ninguna ventaja por sí mismo.
Sábado, 1 de enero de 2.000
¡¡Nieve!! Parecía increíble, pero el año nuevo sí ha traído algo bueno. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con una sorpresa así al levantarme. He notado una humedad rara en el ambiente, me he asomado, y ahí estaba, blanca y virginal, sin que nadie la hubiera estropeado aún a las diez de la mañana, de no ser por algunas huellas en la acera que indicaban que alguien había acabado la noche hacía poco.
Viernes, 7 de enero de 2000
Los reyes magos, esos tres benditos ancianos montados en camello que nos alegran durante unos días hasta a los más infieles a estas fiestas, se han vuelto a portar bien conmigo. Y sí, la gente sigue hablando así de ellos, como si además de existir tuvieran poder de decisión para no concedernos nuestros deseos si juzgaran que no somos merecedores de más por nuestros deméritos de todo el año. Mi colección de coches y tramos de excalectric ha vuelto a aumentar este año, y ya llevo dos días perdiendo el tiempo como un tonto viendo a los coches dar vueltas sin parar por los múltiples recorridos que diseño uno tras otro. Y es entonces, cuando logras concentrarte únicamente en los coches, cuando tus ojos siguen fijamente todos sus movimientos evitando que la mente pueda distraerse con cualquier otra cosa, cuando todo parece encajar. Podría estar así todo el día, sin comer, sin beber... con los coches dando vueltas en el suelo de la habitación.
Horizontal, ocho letras: dícese de la persona que aún no es adulta, que no ha llegado a su madurez.
Miércoles, 12 de enero de 2.000
He tenido que llamar al servicio técnico esta mañana, el vídeo ha dejado de funcionar misteriosamente. No es algo que me agrade en absoluto, pero supongo que puedo pasar por encima de ello.
Jueves, 13 de enero de 1999
El mundo de las seis cuerdas se puede resumir en un nombre y un apellido: John McLaughlin. Sé que puede parecer exagerado, y más teniendo en cuenta la larga lista de mitos que la guitarra ha ido dejando en herencia a lo largo de este siglo. Pero en ningún caso pueden ni deben comparase a este monstruo que ayudó a dar vida a discos legendarios como “Bitches brew” o “In a silent way” de Miles Davis, aparte de colaborar en múltiples obras de gente como Wayne Shorter, Stanley Clarke o incluso Paco de Lucía. Sin olvidar discos propios como el genial “My goals beyond” o su primer disco en solitario “Extrapolation”, de 1969, y que esta misma noche he sacado con entusiasmo del cajetín metálico del buzón.
Viernes, 14 de enero de 2.000
Otra vez ha habido tormenta de viento esta tarde. No me molesta especialmente, es sólo que cuando salgo tengo que limpiar todo lo que los árboles ya no quieren a estas alturas de año, y que inexorablemente viene a parar aquí. Supongo que podría arreglármelas con dos o tres hojas y algún presunto resto de rama por ahí, pero mi pulcritud hace que salten a mi vista como enemigos que deben ser exterminados al instante para ocupar tranquilamente mi puesto de nuevo durante un rato.
Sábado, 15 de enero de 2.000
Esta tarde hay un partido de fútbol de esos que llaman del año, o del siglo, así que las calles estarán desiertas, y todo el mundo vivirá durante dos horas pendientes de un balón. El fútbol es el ejemplo perfecto de lo que yo llamo alegría virtual. Si no puedes alegrarte por las cosas que tú has conseguido o te han pasado, alégrate por las que le pasan a tu equipo. O lo que es peor aún, si no tienes bastante con lo tuyo, espera a que a tu equipo le caiga una buena esta noche...
Domingo, 16 de enero de 2.000
Vertical, siete letras: que puede producir un efecto que no existe en la realidad.
Martes, 18 de enero de 1.999
Va a hacer nueve años la semana que viene. Era la boda de mis primos de Murcia, pero todo el mundo tenía claro que mis padres irían sin mí. Una llamada de teléfono a las tres de la noche, una frase entrecortada, un escalofrío, y un golpe seco contra el suelo. Me desmayé, no podía ser de otra manera. Aún hoy me basta con mirar durante más de tres segundos la foto que sigue en su mesilla de noche para que un ejército de lágrimas se agolpe esperando deslizarse por mis rosadas y carnosas mejillas, pero la mayoría de las veces consigo detenerlas. A mi edad, hay cosas que se suponen que uno ya no debe hacer.
Miércoles, 19 de enero de 2.000
Horizontal, nueve letras: espacio o tiempo entre dos cosas o sucesos
.
Jueves, 20 de enero de 2.000
La última vez que la vi fue hace dos semanas, y parece que cuanto más tiempo pasa entre esos momentos en los que estamos lo más cerca posible uno del otro, más triste me pongo. Y tengo que reconocer que pierdo también más tiempo pensando en ella. Mirando a cualquier parte, con la mirada perdida, y pensando en ella. Pero merece la pena por sentir ese cosquilleo en el estómago que me deja totalmente indefenso, que hace que mis extremidades no parezcan mías, y que llena totalmente mis sentidos como la espuma de una cerveza rebosa por encima de la jarra.
Viernes, 21 de enero de 2.000
Horizontal, cuatro letras: sentimiento afectivo que busca el bien y desea poseerlo.
Lunes, 24 de enero de 2.000
Las nueve de la mañana de un lunes. Intento imaginarme la escena en estos momentos en un vagón de metro. Moviéndote bajo tierra, como si fueras un gusano de la ciudad, y con la única visión de dos muros a escasos palmos. Cientos de personas peleándose por unos centímetros cuadrados. Las miradas, a centímetros de distancia. El aliento en la nuca, el roce constante. Imposible esconderse. ¿Puede alguien pensar en una tortura diaria peor?
Viernes, 28 de enero de 2.000
Ya es viernes, y a estas horas (las 9 de la noche) montones de jóvenes salen en busca de su ración de diversión semanal. Suele pasar la misma gente, pero siempre hay algo nuevo que logra llamar mi atención.
Sábado, 29 de enero de 2.000
Horizontal, siete letras: pesar del bien ajeno
Domingo, 30 de enero de 2.000
La televisión los fines de semana es aún peor. Mientras comía hacía zapping intentando encontrar algo que no fuera deporte o alguna película de mujer-mata-al-marido-y-se-lía-con-el-perro-que-al-final-secuestra-a-su-hija. No ha sido posible, pero por lo menos me he reído un rato, porque el abogado de la peli era igual que mi profesor de latín de COU. El tío era un cachondo, siempre le sacaba gracia a todo. Quizá fue lo único bueno de lo poco que puedo recordar de mi último año en clase.
Martes, 1 de febrero de 2.000
Hoy ha llegado el último disco que pedí. Es una emoción especial cuando llegas al buzón y ves el sobre marrón a través de la ventanita que hay en la puerta, porque sabes que algo importante de tu vida te espera al romper el papel y sacar la golosina que probablemente (aunque pueda equivocarme, pocas veces pasa) llenará mi cabeza de horas y horas de felicidad. Esta vez se trata de una reedición remasterizada de un directo de Charlie Parker en el Hi-hat, incluyendo piezas maestras del bop y del jazz en general como ‘Ornithology’, ‘Cool blues’ o ‘Now´s the time’.
Viernes, 4 de febrero de 2.000
A menudo me pregunto cuánta gente reparará en los crucigramas del periódico. Siempre me han parecido como las patatas fritas. Están ahí, las disfrutas, y una vez que las has acabado no vuelves a pensar más en ello. Se podría incluso decir que son una pérdida de tiempo. Pero el hecho de que haya palabras de por medio, palabras que necesariamente tienen un significado, hace que pueda meter algo de mí mismo en ellos.
Horizontal, nueve letras: informar, dar a conocer algo a otros.
Domingo, 6 de febrero de 2.000
Las estadísticas dicen que el número de católicos practicantes ha bajado drásticamente en los últimos años, pero eso no evita que hoy, como todos los domingos a la una de la tarde se vea pasar por el parque a toda una comitiva de personas que regresan a casa después de misa. Recuerdo que la iglesia está detrás de los primeros edificios que se pueden ver a través de la maraña de árboles que domina el otro extremo del parque. Podrían venir de cualquier otro sitio, pero la mayoría de los rostros reflejan esa relajación que aparece cuando has cumplido con ese compromiso que no te apetecía nada, y ya por fin eres libre para poder hacer lo que más te plazca. Y sin duda eso es mucho mejor que ver a la gente los días de diario, cuando la mayoría camina en solitario, con paso ligero, y con cara de haber dejado más de un asunto pendiente por hacer.
Miércoles, 9 de febrero de 2.000
El miércoles es, desde hace años, el día elegido para solventar esas cuestiones higiénicas que no exigen un cuidado diario y continuado. Entre todo suele llevarme unas dos horas, que suelo intentar, sobre todo ahora en invierno, que sean de noche para poder aprovechar más las horas de luz.
Viernes, 11 de febrero de 2.000
Una de las mejores cosas de los días con sol es tener el parque lleno de pájaros, inundándolo todo de vida y movimiento. Ahí están, revoloteando de un árbol a otro, formando grupos de cuatro o cinco que se deshacen de inmediato para volver a juntarse en otra rama momentos después. Me gusta sobre todo cuando les tiro trocitos de pan al suelo, y al instante aparecen varios a recoger el banquete como si fuera maná llovido del cielo. Es una sensación extremadamente reconfortante, sentirte parte de todo lo que pasa a tu alrededor, y darte cuenta que sin tu intervención, lo que tienes ante tus ojos no estaría ocurriendo.
Sábado, 12 de febrero de 2.000
Vertical, ocho letras: hacer entrar en un grupo, incluir.
Martes, 15 de febrero de 2.000
La habitación de mis padres fue siempre una zona restringida para mí. No es que estuviera prohibido pasar, ni hubo nunca indicación alguna de que era algo que no debía hacer. Simplemente algo dentro me decía que ese no era mi sitio, que no había nada allí que pudiese guiar mis pasos hacia dentro de la habitación que, por otra parte, mis padres sólo usaban para dormir. Quizá era eso lo que le daba un cierto sentido de intimidad a esta estancia que me hacía sentir incómodo. Ahora aquí, sentado una mañana más trasteando con el nuevo circuito del excalectric, te das cuenta de cómo las cosas son solamente de la manera que uno las ve en ese momento, y que eso mismo tiempo después puede haber perdido todas las connotaciones que por un momento parecieron adheridas de manera perenne. Porque la sensación de estar entrando en una zona reservada cada vez que vengo aquí no es más que un recuerdo que como hoy me ha hecho ponerme triste de nuevo.
Viernes, 18 de febrero de 2.000
James Ellroy, nacido en Los Angeles en 1948 y autor de increíbles obras como “Réquiem por Brown”, “Jazz blanco” o “L.A.Confidential” es el único escritor actual de novela negra que se puede considerar digno sucesor de genios intocables como Dashiel Hammett o Raymond Chandler. Ni Patricia Cornwell, ni Frederick Forsyth, ni por supuesto Michael Crichton cuando lo intenta, le llegan a los tobillos con sus folletines baratos escritos directamente para el stand de los best sellers.
Domingo, 20 de febrero de 2.000
La quiero. Sí, si hay algo de lo que estoy seguro en este mundo es de eso, de que la quiero con todas mis fuerzas, y de que hasta el último músculo de mi cuerpo me abandonaría si algo se interpusiera entre nosotros.

