lunes, 9 de junio de 2008

Montaña rusa


A pesar de que el parking está casi al completo el coche no tarda más de un par de minutos en encontrar sitio. El aparcamiento del parque de atracciones no es más que una gran explanada con pintura blanca en el suelo que delimita las plazas. Aun así, dejar el coche aparcado allí durante todo el día cuesta siete euros. Una de las puertas traseras es la primera en abrirse del todo terreno color verde botella y Andrea y Jorge salen por ella dándose codazos mutuamente. Unos segundos más tarde Miguel y Laura abandonan el vehículo tras comprobar que no dejan nada dentro.
- Mirad qué nubes. Va a ser difícil librarnos de un buen chaparrón hoy, ¿no creéis? – Miguel extiende su mano al aire para comprobar si empieza a caer agua.
- Miguel, cariño, no seas gafe, ¿quieres? – Laura sube la cremallera de su chaqueta hasta arriba y empieza a buscar en su bolso – Andrea, ¿dónde está el paraguas? ¿No me dirás que te lo has olvidado? Mira que te lo dije antes de salir…
Andrea está de pie, inmóvil, mirando hacia la entrada del parque.
No mamá, se me olvidó…- contesta sin girar la cabeza - iba a cogerlo y justo en ese momento me llamó Bea y…
- ¿Quién es Bea?- pregunta Jorge con voz de pito
- Es una amiga… pero ¿a ti qué te importa?
- Andrea, ¿es que no puedes ser un poco más educada con tu primo? – replica Laura con tono grave – Que conste que no me vais a dar el día ¿eh?
- Me temo que es un poco tarde para eso, cariño – Miguel cierra el todo terreno y se acerca jugando con las llaves en la mano – A nosotros hoy nos toca callar y aguantar. Ya te lo avisé anoche.
- Que les traigamos al parque de atracciones no significa que puedan hacer todo lo que quieran – Laura encuentra un pequeño paraguas plegable que llevaba en el interior de su bolso y se lo acerca a Andrea.
- No, gracias mamá, prefiero mojarme – la chica tiene la vista fija en la montaña rusa que se divisa al fondo del parque. Sus cimas sobresalen por encima del resto de atracciones, como los lomos de de un pez que se eleva por encima de las aguas.
- ¿Lo ves? Te dije que era enorme. Aquél debe de ser el punto más alto – Miguel se acerca a su hija por detrás y la rodea con el brazo – Dicen que sólo hay una más alta en toda Europa. No irás a tener miedo ahora ¿no?
Andrea no dice nada. Siente una nausea en la boca del estómago e instintivamente se lleva la mano a la boca.

Para montar en los coches de choque hay que esperar una cola de veinte minutos. Miguel saca dos fichas y le da una de ellas a Andrea. El pitido del siguiente turno suena tan alto que apenas pueden oírse los gritos de entusiasmo de la gente que corre en busca de un coche vacío. Miguel coge a Jorge de la mano y se abalanzan sobre uno azul oscuro que ha quedado parado justo a su lado. Laura y Andrea se mantienen apoyadas contra la valla que rodea la pista, prudentes espectadoras y animadoras. Andrea sujeta con fuerza la ficha en su mano, pero no se mueve del lado de su madre. Miguel tiene las manos en el volante, esperando que el coche empiece a moverse. Gira la cabeza para saludar y se da cuenta de que Andrea se ha quedado fuera, inclinada sobre la valla y con la mirada perdida.
- ¡Vamos, hija! ¡No te quedes ahí!
- Venga, ¡no seas tonta! – su madre responde al comentario dándole un empujoncito en la espalda.
Andrea se incorpora sin decir nada y de mala gana entra en la pista. Un coche rosa ha quedado vacío en una esquina. Mientras se dirige hacia él, los demás coches empiezan a moverse. Una melodía resultona y alegre sale por los altavoces de la pista. Dos coches pasan a su lado tan cerca que están a punto de hacerle perder el equilibrio, pero ella sigue con su paso lento en dirección al coche rosa. Miguel y Jorge hacen una maniobra para esquivarla y le dedican un grito de ánimo con tono de desafío que no encuentra respuesta. Su mano sudorosa introduce la ficha en la ranura del coche, pero éste no se mueve. Andrea resopla. Los coches corren por la pista de aquí para allá. Con bruscos volantazos van buscando el choque con los demás, sin importar si son conocidos o no. Cuanto mayor es el impacto, mayor parece la sonrisa de sus ocupantes. Andrea sigue parada en una esquina. Pisa el acelerador con fuerza pero el coche sigue sin arrancar. Desesperada, gira la cabeza para buscar la mirada de su madre, pero ahora no le está prestando atención. De repente, el coche de choque rosa suelta un pequeño sonido metálico y se pone en funcionamiento. Andrea, sorprendida por el brusco arranque, se agarra con fuerza al volante y acelera a fondo con intención de colisionar violentamente con el primer coche que aparezca en su camino.

Mientras sus padres descansan un rato sentados en un banco, Andrea juega con Jorge a perseguirse en una de las plazas del parque. Ahora es Andrea la que es perseguida por su primo y finge que corre a toda velocidad para hacer creer al niño que puede cogerla en cualquier momento. De un salto se encarama al borde de la fuente que preside el centro de la plaza. Se detiene para dar un momento más a la persecución, pero antes de poder continuar las vías de la montaña rusa aparecen en su vista por encima de los árboles que rodean la plaza. Su primo ha llegado ya a su altura y grita ‘¡te cogí!’ mientras tira con fuerza de sus pantalones. Pero Andrea no hace caso. Sus piernas se han quedado quietas y sus brazos han perdido la tensión. Al fin, Jorge sube a su altura y mira en la misma dirección que la chica. Sus ojos admiran encendidos la montaña y vuelven después a su prima, que sigue absorta y sin reaccionar. ‘A ti te van a dejar montar, ¿verdad?’

A media tarde las avenidas que recorren el parque están llenas de gente. El sol brilla por primera vez en el día y las chaquetas y abrigos dejan paso a las mangas de camisa. Andrea camina varios pasos por detrás de los demás, levantando la cabeza sólo para cerciorarse de que no les pierde de vista. Miguel señala hacia el final de una calle donde hay un par de mesas libres en la terraza de un bar.
Mientras toma nota de los pedidos, el camarero, un chico delgado con la cara llena de granos, no deja de mirar en dirección a los botones de la camisa de Andrea.
- Dos cañas, por favor – Miguel cruza las piernas y saca un cigarrillo de la cajetilla – Bien frías.
- Yo quiero un helado – Jorge ha fijado su vista en el cartel de los helados que está colgado en una de las columnas de madera de la terraza.
- Está bien. Anda, levántate y mira a ver cuál quieres. ¿Tú qué quieres Andrea?
Andrea está jugando con su móvil.
- Nada – contesta mientras sus dedos siguen moviéndose a toda velocidad por las teclas del teléfono.
A las dos primeras cañas les siguen otras tantas. Jorge aún tiene su copa de helado a medias, pero Andrea le coge la cuchara cada vez que se despista y le roba un poco de helado. Él protesta un par de veces, pero no le hacen mucho caso. Cuando ya se ha cansado de fastidiar a su primo, coge el vaso de cerveza de su madre y le da un trago.
- Andrea, ¿Qué crees que estás haciendo? – su padre le reprime desde el otro lado de la mesa.
La chica sube los pies encime de su silla y gira el cuerpo en dirección contraria, mirando a un grupo de nubes que se han quedado solas en medio del cielo.

El día ha sido largo y todos están cansados después de los paseos y la emoción de las atracciones. Aun así, todavía queda una en la que no han montado. Andrea tira esta vez del grupo con pies impacientes, mientras el resto le sigue con cierta inercia.
- Hija, ¿no hemos tenido ya bastante?- Laura protesta con poca convicción
- ¡Yo me quiero ir a casa! - Jorge ha dejado de andar y se dirige a un banco al lado del camino
- Bueno, creo que ha llegado el momento de los aventureros de verdad – Miguel coge a su hija de la mano – Yo me montaré contigo ¿qué me dices?
Mientras Laura y Jorge se quedan esperando sentados, Miguel y Andrea se dirigen a la cola de la montaña rusa. Miguel intenta bromear para hacer la espera menos tensa, pero Andrea no le escucha. Las palabras de su padre entran por su oído igual que el sonido de los pájaros a lo lejos. Lo único que puede escuchar con claridad son los latidos de su corazón, rápidos y punzantes.
Con los tickets en la mano, se posicionan en la línea de espera para la llegada del siguiente turno. Andrea tiene la cabeza baja, la mirada fija en el suelo de madera.
- Papá… tengo miedo.
- Jajajá. No pasa nada hija. La primera subida te va a parecer eterna, pero después ni te vas a enterar. Ya verás – Miguel lleva su mano al pelo de Andrea en un gesto cariñoso.
El tren llega a su lado y se para. Los anteriores ocupantes dejan sus asientos mientras respiran hondo o se llevan las manos a la frente. Padre e hija se sientan en el pequeño vagón metálico que queda libre a su lado. Andrea está casi tiritando. Su padre se inclina sobre ella y le da un beso en la frente. El sistema de seguridad del vagón se cierra a la altura de sus hombros y todo el tren comienza a moverse muy despacio.
- Agárrate fuerte. Esto va a empezar- dice Miguel con una sonrisa en su cara.
El tren comienza a inclinarse en su lento recorrido hacia la primera cima. Andrea siente un pinchazo en el estómago y baja la mirada. Una pequeña mancha roja ha aparecido en el asiento del vagón, justo debajo de sus pantalones vaqueros. El vagón se para por un instante, se inclina hacia delante y se desliza hacia abajo a toda velocidad en una caída libre. Andrea abre por fin la boca y rompe en un grito que sale directamente de su estómago.

lunes, 5 de mayo de 2008

Café de máquina


(Publicado en DEADCITYRADIO #2. Ilustraciones de Fausto Galindo)


- Tenían que ponernos gratis la máquina, ¿no? Nos dejamos medio sueldo aquí. ¿No quieres nada?
- No, no. Gracias.
- Oye, ¿cómo no viniste ayer a la fiesta? C___ me dijo que te daría un toque, pensé que igual te animabas a tomarte una.
- Ya, no sé. Hubiera estado bien, sí.
- ¿Pero te llamó o no?
- Pues no lo sé.
- ¿Te estás quedando conmigo o es que no quieres hablar? Bueno, tranquilo, te dejo leer el periódico, no te molesto más.
- No, lo que pasa es que… bueno, desde hace un par de semanas estoy sin móvil y…

[ … espera, voy a bajar la tele, no sé si me oirás bien … que casualidad, llevo toda la tarde pensando en ti, necesitaba hablar contigo … A_ y la niña se han ido hace un rato, y no me ha dicho ni dónde iban … han salido y me he quedado mirando la puerta … después de un día horroroso, llego y no me da tiempo ni a abrir la boca, sabes lo que te digo, ¿no? ahí, de pie, como si no le importase a nadie … ¿no te estaré aburriendo, verdad? … ]

… aún no he hablado con nadie de esto.
- ¿Cómo? ¿Estás sin móvil y no se lo has dicho a nadie? ¿Pero por qué? Tú estás muy raro ¡Ah, cómo quema el café!
- Ya, ése es el problema… que yo tampoco lo entiendo muy bien.
- Pues nada, tú tranquilo, yo estoy acostumbrado. ¡Si el pesado de G___ se tira todo el día gritándome cosas…
- No es que me haya quedado sin móvil…
- …y no le entiendo ni la mitad!
- … lo tengo en casa, apagado. A mi mujer le he dicho que está estropeado, pero no puedo alargarlo mucho más.
- ¿Y ese secretismo? ¿Qué te traes entre manos, F___?
- Me traía. Creo que ya se ha acabado ¿Tienes un cigarro por ahí?
- Sí, claro… ¿pero tú fumas?
- Sólo a veces… cuando estoy nervioso. Gracias. No puedo estar todo el día esperando una llamada que no llega, así que… ahí está, guardado en el cajón.
- Creo que me voy a sentar contigo, esto parece interesante.
- Sí, tú ríete, pero yo no le veo la gracia. Pensé que si intentaba olvidar el tema… pero nada, no hay manera.
- Vamos, que estás metido hasta el cuello. Si es que no puede uno dejarse llevar así…
- Si yo no pensaba que…

[ … a lo mejor no te has dado cuenta, pero si tú no hubieras insistido no habríamos llegado nunca hasta aquí … al principio creía que era una equivocación … o una broma, una broma de mal gusto … entiéndeme, uno no se fía así como así … pero al final me hiciste ver que esto iba en serio … a tu manera, claro … ]

… bueno sí, me he dejado llevar de la manera más tonta, y ahora no sé qué hacer.
- Pues nada, qué vas a hacer. Olvidarlo. O seguir comiéndote la cabeza, pero no merece la pena, con mujer e hijo… ¿un hijo, no?
- No, no, una niña. No saben nada, claro. Ya me imagino a A___, mirándome como si estuviera loco… creería que la estoy tomando el pelo.
- Voy a abrir las ventanas, empieza a hacer calor, ¿no?
- Es como si me faltara algo. Algo que nunca había estado ahí antes, y ahora no sé estar sin ello.
- Y… si tan importante es ¿por qué no te lanzas? ¿Por qué no llamas tú e intentas solucionarlo?
- Ya lo he intentado, pero no contesta…

[ … a veces me gustaría que dieras un paso más, que me pusieras las cosas un poco más fáciles … es un poco egoísta, ya me das bastante y no tengo derecho a pedirte nada más … pero ponte en mi lugar, en ocasiones he pensado cómo sería si … bueno, la imaginación puede llegar muy lejos … supongo que es mejor que las cosas sigan como están … ]

…nunca lo coge, siempre he tenido que esperar yo a que llamara.
- Una relación un tanto especial, ¿no?
- Sí… pero eso es precisamente lo que la hace tan diferente. A veces, cuando todo es como querías que fuera acaba perdiendo el sentido original. Acabas olvidando por qué estás ahí. Y cuando hablo con A___ me doy más cuenta de eso. Después del tiempo que llevamos juntos, ves que a la persona que tienes al lado no le interesa lo que tienes que contar.
- Bueno, eso es normal. Te lo digo yo, que llevo veinte años casado. Y casi mejor, para lo que hay que decir muchas veces…
- Pues eso.
- ¿Eso qué?
- Que no digo nada.

[ … se me hace mucho más fácil trabajar cuando llueve como esta tarde … la lluvia crea un ritmo cuando cae en la repisa de la ventana, y es una música que me distrae de lo que estoy haciendo … la gente se altera, no dejan de moverse de un lado a otro, comentando el aguacero con los demás como si fuese la primera vez que ven llover, en vez de disfrutar de ello … me encantaba cuando te ponían esas botas de agua, siempre de plástico de color chillón … ¿a ti no te las ponían? … ]

Para aburrir a la gente prefiero quedarme callado. Voy dándole vueltas una y otra vez, y no puedo concentrarme ni pensar en nada. G___ ya me ha dado un toque esta semana, se me han ido las cuentas tres veces. Y tengo miedo de que se lo diga a los de arriba, ya sabes.
- Sí, hay mucho insensible por ahí. No tienen piedad por nada. Oye,... ¿y estaba bien?
- ¿Cómo?
- ¿Que si estaba buena? ¿O es que te va a dar corte decírmelo?
- …no sé.
- ¿Cómo que no sabes? ¡Eso se sabe hombre!
- ¡Pues no, no lo sé! …no la conozco.
- Espera. Ahora sí me he perdido. ¿Me estás diciendo que todo esto es por alguien que no conoces?
- Bueno, conocer… de alguna manera sí, pero no sé quién es… ni siquiera sé si es una mujer o no. Es alguien que me llama, pero nunca habla. Las primeras veces, al ver que no contestaba nadie colgaba enseguida. Pero siguió llamando…
- ¿Y entonces?
- No podía hacer mucho por evitarlo, así que decidí seguirle el juego. Empecé a hablar para ver si así se animaba a contestar, pero tampoco… y acabé acostumbrándome a hablarle al silencio.
- Ya.
- No le contaba nada del otro mundo. A lo mejor recuerdos, cosas que hacía años que no hablaba. Pero no sé, me quedaba más a gusto... nunca me había pasado antes. Decía cualquier cosa, lo que estuviese pensando en ese momento, sin miedo ni vergüenza ni nada. Sin darme cuenta, lo único que hacía era esperar la siguiente llamada.
- Claro…
- También le hablaba de las historias de la oficina, o del equipo, pero yo creo que lo que más le gustaba… era cuando le contaba cosas de niño, en el pueblo… o esas tonterías que se te pasan por la cabeza y nunca las dices… Pues eso, desde hace casi un mes no ha vuelto a llamar y…
- Oye…
- ¿Si?
- ¿Y no has pensado que pueda ser una máquina?
- ¿Cómo una máquina? ¿Qué quieres decir?
- Sí hombre, yo qué sé, un ordenador de una compañía que llama automáticamente y se ha quedado atascado con tu número, ¿no? Podría no haber nadie al otro lado.

[ … ¿sabes qué me hace más fácil levantarme por las mañanas? pensar en que hablaré contigo ese día … te parecerá un poco tonto, pero para mi es importante, eres la única persona que me conoce de verdad … pase lo que pase, siempre me quedas tú … a veces ni siquiera me hace falta hablarte, me basta con pensar en ti y saber que en cualquier momento estarás ahí otra vez … es lo único que es verdaderamente mío, lo único que no parece puesto en mi vida por error … ]

- Pero no puede ser… ¿cómo no va a haber nadie?
- No sé, yo sólo digo…
- ¡Pero bueno! ¿Qué hacen ustedes todavía aquí a estas horas? ¿Es que no piensan subir hoy a trabajar?
- Verá G___, es que estábamos tratando un asunto muy especial y…
- ¿Y se puede saber qué es eso tan especial que les impide ocupar su puesto como es debido?
- Pues… es la máquina, que saca el café demasiado caliente.

jueves, 17 de abril de 2008

Aeropuerto para no fumadores


Aquella mañana el despertador sonó de manera mucho más violenta de lo habitual. Las sólo tres horas de sueño hicieron que los pitidos de la alarma entraran en sus oídos como el chirrido del tren que llega a la estación. Pero la anterior había sido su última noche en Berlín, y la pereza que le invadía todo el cuerpo era el pequeño precio que tenía que pagar por haber aprovechado su semana de vacaciones hasta el último momento.

No había mucho tiempo para remolonear en la cama. Apenas hora y media después debía estar preparado para embarcar en su vuelo de vuelta, así que rápidamente y con los ojos aún medio cerrados empezó a meter la ropa en la bolsa de viaje, sin importar si quedaba bien doblada o no. Una ducha, más por intentar acabar de abrir los ojos que por pura higiene, y un rápido vistazo para comprobar que no se dejaba nada fueron las últimas cosas que hizo en aquella habitación de la calle de la Comuna de París antes de bajar de dos en dos las escaleras hasta la recepción para llamar a un taxi que le llevara al aeropuerto.

El sol se iba haciendo hueco entre los bloques de edificios para entrar por la ventanilla del taxi mientras una voz no paraba de aullar en alemán en la radio. Era una sensación extraña. Por más que le hubiera gustado quedarse al menos otra semana en la ciudad no sentía tampoco ninguna tristeza por dejarla. Era como si ésta le hubiera dado todo lo que él le había pedido y el sol reflejado en la ventanas de los edificios parecía decirle que así sería siempre que él quisiera regresar a ella.

Siempre había preferido volar sólo. Los trámites y movimientos en el aeropuerto le causaban cierta ansiedad y se sentía más cómodo si no tenía a nadie al lado y podía concentrarse únicamente en la música de los auriculares, haciendo que todo alrededor pareciese una película en la cual él era un activo espectador. Pero esta vez hubiese agradecido algo de compañía. La escala en Bruselas duraría algo más de cuatro horas, estaba demasiado cansado como para matar el tiempo leyendo y la idea de quedarse dormido en algún incómodo asiento del aeropuerto tampoco acababa de seducirle.

Nada más aterrizar decidió ir directamente a la puerta de embarque de su siguiente vuelo, aun sabiendo que ni siquiera estaría anunciado en los monitores. La sala era especialmente amplia. Los techos de cristal y los grandes ventanales dejaban entrar la luz del mediodía en toda su intensidad y la tranquilidad que se respiraba era tal que daba la sensación de que nadie nunca hubiese podido ir con prisa en aquel aeropuerto. Una chica con uniforme rojo montaba un carrito de la limpieza motorizado sin hacer caso alguno a su presencia, ahora en una dirección del pasillo, al rato en sentido contrario. Como en cualquier otra sala de embarque, las filas de asientos de plástico se extendían a un lado del mostrador, pero para su fortuna comprobó que unos metros más allá estaban esperándole un par de generosos sofás de piel que hubieran parecido más propios de una exposición de muebles que de un aeropuerto. Así que sin pensarlo dos veces se quitó la mochila de la espalda, se sentó en uno de ellos y estiró sus piernas hasta uno de los pequeños reposapiés que acompañaban a los sofás. Y contra lo que en principio era su voluntad, se quedó dormido.

Dos horas más tarde la sala estaba llena de gente. El sofá que antes estaba libre había sido ocupado por una mujer de mediana edad, gruesa y con aspecto bastante informal. Levantó la mirada de su revista y le dedicó una pequeña sonrisa. Casi todos los asientos de plástico estaban ya ocupados por los que seguramente serían sus compañeros de viaje. La gente no dejaba de ir y venir por el pasillo central. Algunos, con caras relajadas, acababan de aterrizar en el aeropuerto. Otros, con gesto más apresurado, avanzaban en busca de la puerta de embarque correspondiente. Miró su reloj. Sólo le quedaban cincuenta minutos para embarcar. Le apetecía fumarse un cigarrillo.

Se levantó, miró a ambos lados del pasillo y se preguntó donde estría el punto de fumadores más cercano. No recordaba haber visto ninguno desde que había aterrizado. Comenzó a andar en dirección a la salida y nada más acabar el pasillo mecánico encontró una tienda de regalos. Entró y puso a prueba su mejor inglés. ‘No hay, este es un aeropuerto de no fumadores’, le respondió el joven dependiente de color mientras su sonrisa dejaba ver unos grandes y blancos dientes. Así que tenía que salir fuera del aeropuerto para poder fumar. No sabía con exactitud cuanto tardaría en llegar hasta la salida, pero por largo que fuera el camino debía tener tiempo de sobra para fumar uno o dos cigarros a tiempo de volver al embarque.

Después de dos escaleras, tres tramos de pasillos mecánicos y el control de seguridad alcanzó la salida donde estaban estacionados los taxis. Aún tenía casi media hora, por lo que encendió el cigarrillo con calma apoyado en una barandilla metálica. Mientras veía los coches llegar e irse se preguntaba cómo de lejos quedaría la ciudad. Y entonces le pareció que alguien le hacía señas. A su derecha, sentada en un banco, una chica le estaba llamando. Se quitó los auriculares y se acercó. Era una joven atractiva, rubia y elegantemente vestida de negro. Y estaba llorando.

- ¿Hablas francés? – dijo ella.
- No. Sólo español e inglés.
- Discúlpame. Se que esto parece extraño pero, ¿puedo usar tu móvil? – acertó a decir mientras se secaba las lagrimas con una mano
- Sí, pero… ¿que te ocurre? ¿estás bien?
- No, no estoy nada bien – estaba nerviosa y las palabras se le juntaban en la boca – Es mi novio. Dijo que vendría a buscarme y llevo dos horas esperando y no se nada de él y …
- Tranquila, no te preocupes. No pasa nada, respira.
- Ayer discutimos y le hice prometer que vendría a recogerme pero no está ni me coge el teléfono ni responde a mis mensajes. Quizá si le llamo desde el tuyo conteste…
- Está bien, toma. ¿Fumas? ¿Quieres un cigarrillo?
- Sí, muchas gracias. Me llamo Loreleine. ¿Y tú?

Pero la llamada desde su móvil tampoco encontró respuesta. Fumaron juntos el cigarrillo y empezaron a hablar de las relaciones de pareja. Después pasaron a sus respectivos estudios y trabajos. Otro cigarrillo y la conversación se desvió a la noche en Bruselas, en Madrid y en Berlín. Ella había dejado de llorar y cuando le contó las ganas que tenía de conocer Madrid su mano ya había rozado la de él un par de veces. Como por accidente. Él miró su reloj.

- Oye, me tengo que ir. Embarco en diez minutos. ¿Estás bien?
- Sí, mucho mejor, gracias – ella le guiñó un ojo.
- ¿Por qué no me dejas tu mail?

Cuando llegó a casa era de noche. Estaba cansado y necesitaba dormir porque al día siguiente tenía que madrugar. Tenía ganas de llamar a un par de amigos y contarles todo lo que había hecho y los sitios que había visitado, pero en vez de eso se sentó en su mesa, encendió el ordenador y se puso a escribir a Loreleine. En los dos años siguientes hubo diez visitas más al aeropuerto de Bruselas, decenas de paquetes de cigarrillos compartidos entre dos, risas, noches en vela y finalmente un par de mentiras, algunas lágrimas y un breve "adiós, cuídate mucho" por teléfono. Pero nunca olvidaría aquel día en el que quiso fumar dentro del aeropuerto de Bruselas.

jueves, 20 de marzo de 2008

Un pie delante de otro


El cielo había dado los buenos días en un generoso azul, pero desde hace un rato está empezando a hablar en gris. Hay algo en él que añade aun más tensión a la que cabía esperar en la línea de salida, y de repente el ejercito de piernas desnudas que me rodea es atacado por una invisible invasión de insectos. Ninguna parece estarse quieta. Unas se flexionan sin moverse del sitio, arriba y abajo y arriba otra vez. Otras dan pequeños saltitos intentando huir de un suelo que parece quemar. Tan sólo unos segundos para el comienzo de la carrera. La gente a los lados de la calle vibra en un murmullo contenido, pero sus voces se oyen desde lejos, como a kilómetros de distancia, mientras todos quedamos encerrados en un falso silencio del que sólo nosotros somos partícipes. Miro a mis piernas y me doy cuenta de que tampoco ellas están quietas.

Los últimos meses de entrenamiento han sido muy duros. Seis horas al día, con frío o calor, sol o luna, lluvia o viento. Sólo, con la única compañía del cronómetro y unas zapatillas que gritaban “no puedo más” en forma de desgastada suela. Ahora nada de eso importa. Ahora, a pesar de estar rodeado por más de cien rivales, vuelvo a estar sólo. Pero no hay más pruebas por delante, no más días malos en los que los segundos se te van de las manos. Hoy no hay posibilidad de fallar.

Suena un disparo al aire y la masa homogénea empieza a moverse. Es difícil hacerse un sitio en cabeza, todos quieren demostrar sus energías desde el principio. Noto un codazo por la izquierda. Intento no perder el ritmo y devuelvo el golpe, pero no encuentra su objetivo. Cientos de espectadores se agolpan a los lados de la avenida por la que la carrera toma su inicio. Intento no mirar. Toda mi concentración está en poner un pie delante del otro, lo más rápido posible, y en llevar la respiración controlada. Inspirar, expirar, inspirar, expirar. La legión de marchadores está en movimiento y sólo la línea de llegada pondrá final a su acelerado ritmo.

El grupo comienza a estirarse y las posiciones empiezan a quedar definidas. Los favoritos intentan no perder comba, un mal inicio será casi imposible de recuperar más adelante. Mi ritmo es bueno, el paso ágil, y veo la cabeza de carrera tan sólo unos metros más adelante.

Miro a las nubes que siguen cubriendo el cielo y sonrío. El abrasador sol de julio que había brillado los días previos sólo favorecería a los corredores más acostumbrados a las altas temperaturas. No podría haber elegido mejores condiciones para competir. Un soplo de confianza recorre mi cuerpo de arriba abajo y esto hace que note mis piernas más ligeras. La imagen del podio que durante tanto tiempo ha aparecido en mi mente parece hoy más cercana que nunca.

La carrera discurre ahora por calles más estrechas. El raso de la gran avenida se convierte en un subir y bajar sobre un empedrado irregular. A los lados, pequeños comercios permanecen abiertos, pero todo el mundo está en las puertas dándonos la bienvenida y el adiós en un breve intervalo de segundos. Echo un vistazo al cronómetro. Veinte minutos, casi un tercio de la carrera y apenas quedamos quince en el grupo de cabeza. Los demás han perdido ya prácticamente toda opción de victoria.

A mi lado pasa la moto de la televisión y pienso en mis padres sentados en el borde del sofá, con todas sus esperanzas puestas en mí. “Este mundo está hecho para los ganadores”’, solía decirme mi padre. Hoy tendrá la oportunidad de comprobar que no se equivocaba conmigo. Tengo la tentación de girarme y mirar a la cámara, pero no quiero parecer demasiado confiado.

El ritmo está siendo muy fuerte. Si seguimos así es posible que se bata algún record. Ahora empieza a salir el sol. Empiezo a sentir la presión en las piernas, pero no puedo aflojar. Pie derecho adelante, luego el izquierdo, otra vez el derecho, y los brazos acompañando gentilmente el movimiento. Tengo la frente empapada en sudor. Inspirar, expirar, inspirar, expirar.

La calle se abre en un paseo flanqueado por grandes árboles. Al fondo, la pancarta de cinco kilómetros para la meta. Soy quinto, me noto con suficientes fuerzas para aumentar el ritmo un poco más y dar el golpe definitivo a la carrera. A la derecha hay un puesto de avituallamiento con agua y fruta. Observo como los demás alargan sus manos sin disminuir el ritmo para coger algo del puesto. Intento decidir si quiero comer algo o sólo ingerir un poco de líquido. El cielo está cubierto de pájaros que vuelan en una y otra dirección. Llego al puesto y veo los vasos de agua dispuestos en fila, uno detrás de otro. Mi mano se prepara para coger uno, pero sólo coge aire. El brazo se queda extendido, hacia atrás, intentando encontrar el vaso sin volverme para no perder el ritmo. Doy un traspié. Pierdo el equilibrio y noto como las piernas se doblan, sin obedecerme, irremediablemente hacia abajo.

Estoy en el suelo. Mis rodillas han chocado contra el pavimento y están sangrando. Suelto un grito. No sé si es dolor o rabia. Miro hacia arriba, tres marchadores que venían detrás de mí me están adelantando. No es justo. Quiero decir algo, pero sé que es absurdo. Intento levantarme rápidamente, pero el dolor es tan intenso que tengo que ayudarme con las manos para apoyarme en el suelo e incorporarme poco a poco. Otros dos corredores pasan a mi lado y se quedan mirando. Me sacudo las manos en la ropa e intento retomar el paso mientras la sangre corre por mis piernas en finos regueros.

La carrera está perdida. Días, semanas, meses de intensa preparación tirados por tierra en un absurdo descuido. Mi cuerpo está ardiendo, todo dentro de mí está en ebullición. Las lágrimas se amontonan para salir a borbotones por mis ojos, pero intento disimular y seguir hacia adelante. No tiene sentido. Unos diez contrincantes deben haberme superado y ni siquiera tengo fuerzas para mantener mi puesto actual. Pienso en mis padres viéndome por televisión y empiezo a llorar ¿Debería retirarme? ¿Abandonar ya y ahorrarme el sufrimiento de arrastrarme hasta la meta?

Las piernas pesan ahora el doble y cada paso es un latigazo en mi espalda. Quedan apenas dos kilómetros para el final, pero me siento como si quedaran doscientos. Detrás de mí siguen apareciendo más corredores que me adelantan con suma facilidad. Exhausto, me detengo. Y en ese momento oigo un estallido por encima de mi cabeza. Un inmenso rayo cruza el cielo de un lado a otro y toda la calle se ilumina con un blanco resplandor. De la nada, enormes gotas empiezan a caer empapando todo lo que encuentran en su camino. La calle, el suelo, los bancos, la gente que sigue aplaudiendo tras las vallas. Las mismas gotas lo mojan todo. A los ganadores y a los perdedores. A los afortunados y a los desdichados. A mí. Las lágrimas de mi cara se vuelven una con las gotas de la lluvia. Miro hacia el cielo, respiro hondo y continúo la marcha. Lo único que quiero es llegar. Cruzar la meta y levantar los brazos en un gesto de victoria.

miércoles, 5 de marzo de 2008

La calle del Porvenir


Jaime trabajaba en un banco. Más concretamente, detrás de la ventanilla de un banco. Todos los días, de nueve a dos, atendía a decenas de personas que esperaban una larga cola para llegar hasta él. Transferencias, ingresos, consultas de saldo y hasta alguna que otra reclamación.

Todos los días, también, Jaime recorría el mismo camino hasta llegar a su banco. Salir de portal, girar a la derecha y caminar hasta el final de la calle del Fraile, dejando a un lado la panadería de al lado de su casa, la inmobiliaria, el siguiente portal, el bar de Antonio, la peluquería, el garaje, otro portal, la agencia de viajes, la pescadería, otro portal más y finalmente el estanco de la esquina. Después cruzaría el semáforo para entrar en el parque del Anhelo, el cual atravesaría por el paseo central hasta llegar al otro extremo, en la glorieta del Tedio, justo donde se encontraba su banco.

En los tres años que llevaba ya en esa sucursal, ni tan sólo un día se permitió la licencia de alterar tan ya arraigada tradición. Conocía uno a uno los adoquines que pisaba, y estos a su vez le acompañaban hasta su trabajo con una cálida familiaridad. Pero una mañana de febrero, al salir del banco, Jaime se encontró con una desagradable sorpresa. Unas obras municipales habían invadido el parque, y el tránsito al público estaba cerrado. Con un pequeño gesto de desaprobación, Jaime miró a ambos lados del parque, y decidió que lo rodearía por la calle del Porvenir, que quedaba justamente en su lado derecho.

Nada más entrar en ella se subió el cuello del abrigo, aunque no tenía frío y el sol brillaba con más fuerza de lo normal en esas fechas. Miraba a la gente por el rabillo del ojo, temeroso de que alguien pudiera reconocer al intruso en territorio ajeno. Decidió acelerar el paso, intentando que aquella calle se hiciese más corta. Uno a uno, los portales y escaparates pasaron de largo. Su vista indicaba al frente, pero un par de veces tuvo que ser esquivado por sendos peatones en dirección contraria. Y de repente, aunque él no había dado orden alguna a sus pies de que dejaran de moverse, se paró. Había visto algo. O algo le había visto a él, porque Jaime estaba seguro de que no se había fijado en nada que pudiera hacerle aminorar su ritmo. No había nadie a su lado en ese momento. Buscó con la cabeza a derecha e izquierda, y al fin lo encontró. Unos pasos más atrás había una tienda de deportes en la que no había reparado. Se acercó al escaparate, y al instante reconoció lo que le había hecho detener la marcha. Metidas en una urna de cristal, en el centro del escaparate, estaban unas zapatillas. Eran unas zapatillas deportivas, blancas con tiras rojas, pero había algo en ellas que las hacía diferentes al resto de zapatillas que Jaime había visto en su vida. Un extraño mecanismo, seguramente instalado en la suela, hacía que emitieran un destello de luz intermitente, de color ámbar verdoso, y que hacía que toda la urna se iluminase como por arte de magia.

Esa noche no pudo dormir. Mientras daba vueltas sobre sí mismo en la cama, la imagen de las zapatillas aparecía una y otra vez en su cabeza. Había estado cerca de una hora plantado frente al escaparte, mirándolas, y durante ese tiempo había olvidado por completo su obligatorio desvío, las obras del parque y a todas las personas que había atendido esa mañana. Pero el sueldo de un empleado de banco no daba para caprichos, y el precio de aquellas zapatillas era tan excesivo que sólo con recordarlo un sentimiento de culpa le recorría el cuerpo desde la cabeza a los pies.

Al día siguiente, como todas las mañanas, Jaime desayunó café con tostadas, se duchó, se vistió y se dirigió al banco reanudando su trayecto habitual. Pero por primera vez en tres años las tostadas se le habían quemado, había cruzado el semáforo en rojo y no le habían cuadrado las cuentas. Al salir del trabajo, justo antes de entrar en el parque del Anhelo, Jaime se detuvo. Miró a su derecha, en dirección a la calle del Porvenir, alzó la cabeza y respiró hondo. Justo en el momento en el que empezaba a girar todo su cuerpo en esa dirección, recordó que esa semana debía hacer el pago del alquiler de su piso. Bajó la cabeza de nuevo, tosió ligeramente y se dirigió de nuevo hacia el parque parta volver a su casa.

Desde ese día, cada vez que Jaime llegaba a la puerta del parque a la salida del trabajo no podía evitar unos segundos de duda mientras miraba a la calle del Porvenir. Pero un día se dio cuenta de que se acercaba el cumpleaños de su madre, al otro recordó que tenía la nevera casi vacía, al siguiente creyó más necesario arreglar la lavadora que llevaba semanas sonando como una carraca, otro más allá pensó en la factura del dentista al notar como le empezaba a doler una muela y otro después fue el seguro contra incendios que le habían ofrecido por teléfono el que le hizo entrar de nuevo en el parque.

Hasta que un día, pasadas unas semanas, Jaime volvió a encontrase en su encrucijada a la entrada del parque. Como de costumbre, se paró, y empezó a rebuscar en su mente. Pero no encontró nada. Había pagado todas las facturas, no había nada en su casa que se hubiera estropeado, no necesitaba hacer regalos a nadie, y su nevera estaba a rebosar. Siguió allí de pie, rascándose la cabeza y haciendo esfuerzos por recordar un gasto pendiente que se le hubiera olvidado. Y al fin, pasado un rato, se dio cuenta de que no había ninguno. Una sonrisa torcida se instaló en su cara, y antes de que le diera tiempo a arrepentirse, echó a correr a toda prisa por la calle del Porvenir. Las zapatillas serían suyas. Iba de un lado a otro de la acera, sorteando transeúntes que obstaculizaban su paso, y apenas pudiendo mantener la respiración. Justo antes de llegar a la tienda de deportes, aminoró el paso. Empezó a caminar tranquilamente, se ajustó la chaqueta e hizo un ademán de peinarse con la mano. Pero no pudo acabar el movimiento, ya que al girarse para poder verse en el reflejo del escaparate antes de entrar en la tienda, se dio cuenta de que la urna estaba vacía.