jueves, 17 de abril de 2008

Aeropuerto para no fumadores


Aquella mañana el despertador sonó de manera mucho más violenta de lo habitual. Las sólo tres horas de sueño hicieron que los pitidos de la alarma entraran en sus oídos como el chirrido del tren que llega a la estación. Pero la anterior había sido su última noche en Berlín, y la pereza que le invadía todo el cuerpo era el pequeño precio que tenía que pagar por haber aprovechado su semana de vacaciones hasta el último momento.

No había mucho tiempo para remolonear en la cama. Apenas hora y media después debía estar preparado para embarcar en su vuelo de vuelta, así que rápidamente y con los ojos aún medio cerrados empezó a meter la ropa en la bolsa de viaje, sin importar si quedaba bien doblada o no. Una ducha, más por intentar acabar de abrir los ojos que por pura higiene, y un rápido vistazo para comprobar que no se dejaba nada fueron las últimas cosas que hizo en aquella habitación de la calle de la Comuna de París antes de bajar de dos en dos las escaleras hasta la recepción para llamar a un taxi que le llevara al aeropuerto.

El sol se iba haciendo hueco entre los bloques de edificios para entrar por la ventanilla del taxi mientras una voz no paraba de aullar en alemán en la radio. Era una sensación extraña. Por más que le hubiera gustado quedarse al menos otra semana en la ciudad no sentía tampoco ninguna tristeza por dejarla. Era como si ésta le hubiera dado todo lo que él le había pedido y el sol reflejado en la ventanas de los edificios parecía decirle que así sería siempre que él quisiera regresar a ella.

Siempre había preferido volar sólo. Los trámites y movimientos en el aeropuerto le causaban cierta ansiedad y se sentía más cómodo si no tenía a nadie al lado y podía concentrarse únicamente en la música de los auriculares, haciendo que todo alrededor pareciese una película en la cual él era un activo espectador. Pero esta vez hubiese agradecido algo de compañía. La escala en Bruselas duraría algo más de cuatro horas, estaba demasiado cansado como para matar el tiempo leyendo y la idea de quedarse dormido en algún incómodo asiento del aeropuerto tampoco acababa de seducirle.

Nada más aterrizar decidió ir directamente a la puerta de embarque de su siguiente vuelo, aun sabiendo que ni siquiera estaría anunciado en los monitores. La sala era especialmente amplia. Los techos de cristal y los grandes ventanales dejaban entrar la luz del mediodía en toda su intensidad y la tranquilidad que se respiraba era tal que daba la sensación de que nadie nunca hubiese podido ir con prisa en aquel aeropuerto. Una chica con uniforme rojo montaba un carrito de la limpieza motorizado sin hacer caso alguno a su presencia, ahora en una dirección del pasillo, al rato en sentido contrario. Como en cualquier otra sala de embarque, las filas de asientos de plástico se extendían a un lado del mostrador, pero para su fortuna comprobó que unos metros más allá estaban esperándole un par de generosos sofás de piel que hubieran parecido más propios de una exposición de muebles que de un aeropuerto. Así que sin pensarlo dos veces se quitó la mochila de la espalda, se sentó en uno de ellos y estiró sus piernas hasta uno de los pequeños reposapiés que acompañaban a los sofás. Y contra lo que en principio era su voluntad, se quedó dormido.

Dos horas más tarde la sala estaba llena de gente. El sofá que antes estaba libre había sido ocupado por una mujer de mediana edad, gruesa y con aspecto bastante informal. Levantó la mirada de su revista y le dedicó una pequeña sonrisa. Casi todos los asientos de plástico estaban ya ocupados por los que seguramente serían sus compañeros de viaje. La gente no dejaba de ir y venir por el pasillo central. Algunos, con caras relajadas, acababan de aterrizar en el aeropuerto. Otros, con gesto más apresurado, avanzaban en busca de la puerta de embarque correspondiente. Miró su reloj. Sólo le quedaban cincuenta minutos para embarcar. Le apetecía fumarse un cigarrillo.

Se levantó, miró a ambos lados del pasillo y se preguntó donde estría el punto de fumadores más cercano. No recordaba haber visto ninguno desde que había aterrizado. Comenzó a andar en dirección a la salida y nada más acabar el pasillo mecánico encontró una tienda de regalos. Entró y puso a prueba su mejor inglés. ‘No hay, este es un aeropuerto de no fumadores’, le respondió el joven dependiente de color mientras su sonrisa dejaba ver unos grandes y blancos dientes. Así que tenía que salir fuera del aeropuerto para poder fumar. No sabía con exactitud cuanto tardaría en llegar hasta la salida, pero por largo que fuera el camino debía tener tiempo de sobra para fumar uno o dos cigarros a tiempo de volver al embarque.

Después de dos escaleras, tres tramos de pasillos mecánicos y el control de seguridad alcanzó la salida donde estaban estacionados los taxis. Aún tenía casi media hora, por lo que encendió el cigarrillo con calma apoyado en una barandilla metálica. Mientras veía los coches llegar e irse se preguntaba cómo de lejos quedaría la ciudad. Y entonces le pareció que alguien le hacía señas. A su derecha, sentada en un banco, una chica le estaba llamando. Se quitó los auriculares y se acercó. Era una joven atractiva, rubia y elegantemente vestida de negro. Y estaba llorando.

- ¿Hablas francés? – dijo ella.
- No. Sólo español e inglés.
- Discúlpame. Se que esto parece extraño pero, ¿puedo usar tu móvil? – acertó a decir mientras se secaba las lagrimas con una mano
- Sí, pero… ¿que te ocurre? ¿estás bien?
- No, no estoy nada bien – estaba nerviosa y las palabras se le juntaban en la boca – Es mi novio. Dijo que vendría a buscarme y llevo dos horas esperando y no se nada de él y …
- Tranquila, no te preocupes. No pasa nada, respira.
- Ayer discutimos y le hice prometer que vendría a recogerme pero no está ni me coge el teléfono ni responde a mis mensajes. Quizá si le llamo desde el tuyo conteste…
- Está bien, toma. ¿Fumas? ¿Quieres un cigarrillo?
- Sí, muchas gracias. Me llamo Loreleine. ¿Y tú?

Pero la llamada desde su móvil tampoco encontró respuesta. Fumaron juntos el cigarrillo y empezaron a hablar de las relaciones de pareja. Después pasaron a sus respectivos estudios y trabajos. Otro cigarrillo y la conversación se desvió a la noche en Bruselas, en Madrid y en Berlín. Ella había dejado de llorar y cuando le contó las ganas que tenía de conocer Madrid su mano ya había rozado la de él un par de veces. Como por accidente. Él miró su reloj.

- Oye, me tengo que ir. Embarco en diez minutos. ¿Estás bien?
- Sí, mucho mejor, gracias – ella le guiñó un ojo.
- ¿Por qué no me dejas tu mail?

Cuando llegó a casa era de noche. Estaba cansado y necesitaba dormir porque al día siguiente tenía que madrugar. Tenía ganas de llamar a un par de amigos y contarles todo lo que había hecho y los sitios que había visitado, pero en vez de eso se sentó en su mesa, encendió el ordenador y se puso a escribir a Loreleine. En los dos años siguientes hubo diez visitas más al aeropuerto de Bruselas, decenas de paquetes de cigarrillos compartidos entre dos, risas, noches en vela y finalmente un par de mentiras, algunas lágrimas y un breve "adiós, cuídate mucho" por teléfono. Pero nunca olvidaría aquel día en el que quiso fumar dentro del aeropuerto de Bruselas.

2 comentarios:

mamarracha dijo...

...=)

Enrique dijo...

Muy bien Luis. Es un gusto leerte.

Siembre supe que en el fondo eras un Rohmmeriano ;-)