sábado, 22 de abril de 2017

En busca del infinito (microrrelato)



Había llenado estadios, pero acabó harto de tocar las mismas canciones que su público le pedía una y otra vez.
Más tarde probó la fórmula 1, pero abandonó después de conseguir su primer campeonato. De todos los circuitos, conocía de memoria cada trazado, cada recta, cada curva.
Después comenzó a escribir, y tras millonarias ventas y colas de gente esperando su firma, declaró sentirse limitado por un alfabeto de 27 letras.
Y el hombre que convertía en oro todo aquello que tocaba desapareció, cansado de repetirse.
No fue hasta años más tarde que fue encontrado, casi anciano, sentado en el banco del jardín de una residencia, con la mirada perdida. Al reconocerle, un hombre se acercó hasta él y, perplejo, le preguntó por una sonrisa que nunca antes había dibujado su rostro. "Mira ese árbol", contestó él. "¿Ves esa hoja que cuelga por encima de las demás? Mírala bien, porque nunca volverás a verla así. Nunca en esa misma posición. Nunca bañada por la misma luz". "No entiendo", contestó el visitante. "Es la realidad misma", agregó el anciano, "la que es infinita. En verdad, es lo único que lo es".

Despertó (microrrelato)


Había vivido en tal plenitud teniendo nada, haciendo nada, siendo nadie, que no había sido consciente de ello. Pero una noche se soñó a sí mismo siendo alguien. Y despertó, y se propuso tenerlo todo. Hacerlo todo. Serlo todo. Y cuando quiso ser consciente de lo que había logrado, ya había olvidado lo que era no tener, lo que era no hacer, y lo que era no ser.

jueves, 4 de agosto de 2016

La trampa del amor

Conoces a alguien. Da igual dónde, y casi seguramente también cómo. Sin apenas tiempo para la reacción se produce una conexión. Conectáis. De la nada ha aparecido un vínculo entre dos personas, en parte atracción, en parte simpatía y quizá también en parte afinidad. Pero sobre todo atracción. Y esa atracción se va retroalimentando, el uno del otro. En las palabras, en las miradas y en las caricias. Dos discursos que buscan mezclarse para convertirse en uno. Dos posiciones separadas que intentan ofrecer aquello que más se acerque a lo que la otra espera. En buen número de ocasiones las dos partes acordarán dar un nombre a todo el proceso. Basta con cuatro letras, amor, le dirá una voz temblorosa a un oído expectante. Y ese oído acabara haciéndose a esa voz. Le será conocida. Le tranquilizara. Le animara. Hasta llegará a creer que es parte de él. Que le pertenece. Y será entonces, inocente buceador en aguas de cuatro letras, cuando olvide el origen de la voz. Un minucioso sesgo del otro yo, una cara de un poliedro doctorada en relaciones públicas que cumplió perfectamente con su misión. Pero hay más caras. Así que el oído empezará a oír otras voces. Casi imperceptibles al principio. Insignificantes. Pero imparables. Y poco a poco se irán haciendo reconocibles algunas palabras. Luego conversaciones enteras. Y será la misma voz la que hable. Pero será otra cara del poliedro la que lo haga. La cara de los amigos, la cara de la familia, la cara del trabajo, la cara que habla con un desconocido en nuestra ausencia. Incluso la cara que está sola, la que no habla con nadie. Todos esos lados irán haciendo su aparición. Unos más temprano, otros tardarán un poco más. Y es posible que no nos gusten. Que la figura resultante no tenga mucho parecido con la figura que nosotros conocíamos. Una figura que casi creíamos nuestra, y de la cual sólo sabíamos una cara. Y echaremos la culpa a esas cuatro letras. Las haremos responsables de nuestra parcial ceguera. Nos proclamaremos víctimas de la trampa del amor. Pero no nos dejemos engañar. No eludamos nuestra parte de culpa. No ignoremos la mano que nos puso la cinta en los ojos, nuestra propia mano. Porque... ¿acaso alguien tira un dado pensando que sólo existe la cara que cae boca arriba?

Publicado en La Locomotora
http://lalocomotora.es/la-trampa-del-amor/
Ilustración de Marcus Carús 
http://marcuscarus.com/

miércoles, 27 de enero de 2016

Azulejos (microrrelato)

Tumbado en la cama del hospital, la víspera de su operación, se dio cuenta de que no había terminado nada en su vida. No terminó la carrera, porque tuvo que ponerse a trabajar. Tampoco el curso de inglés por correspondencia que con tanto ímpetu había empezado. Ni siquiera el huerto que había comenzado en la casa del pueblo. Y mientras pensaba en todo esto, se fijó en el mosaico de minúsculos azulejos que cubría las paredes de la habitación. Cuando sus familiares fueron informados, no supieron explicar por qué había mencionado, sonriente, una cifra de cuatro dígitos antes de entrar al quirófano.

 


sábado, 16 de enero de 2016

El hueco del ascensor (microrrelato)

Juan, vecino del séptimo, consiguió un lunes por la mañana abrir la puerta del ascensor, que estaba en la décima planta, y tirarse por el hueco. Al poco tiempo, los vecinos que bajaban hasta el garaje empezaron a comentar que debían salvar un pequeño escalón al salir del ascensor. No fue hasta que empezó a sonar a crujir de huesos que llamaron al técnico.

 

martes, 1 de septiembre de 2015

Una Aventura en La Herradura


Una Aventura en La Herradura

Un cómic surf-apocalíptico.

jueves, 6 de agosto de 2015

Siete años

Alguien le había dicho alguna vez que siete años era el tiempo exacto que duraban los ciclos en la vida de las personas. Y que, después de ese tiempo, no valía ya intentar agarrarse a las cosas que le habían servido hasta entonces. 

Y en ese momento se dio cuenta de que llevaba parado, allí, sin moverse, esos siete años. Mirando a su siguiente ciclo desde el borde del acantilado. Con los dedos de los pies sobresaliendo un poco del borde, pero sin atreverse a dar el salto.