jueves, 19 de junio de 2014

Siempre nos quedará París



—Siempre nos quedará París. —El chico juega con el servilletero que está encima de la mesa.

—No intentes chantajearme. Eso fue hace mucho. Sabes muy bien que las cosas no son como entonces. —Ella habla sin mirarle a la cara, mientras abre y cierra el broche de su bolso.

—Claro que no. Entonces tú siempre sonreías cuando te besaba en la mejilla.

—Y entonces tú tenías un trabajo y me hablabas de un futuro. ¿Dónde están aquellos planes de irnos a vivir juntos? 

—¿Estás hablando conmigo? Dime, si no es a mí, ¿a quién demonios le estás hablando? En esta mesa no hay nadie más que yo. —Él guiña un ojo mientras la apunta con el servilletero.

—¿Es que no te das cuenta? —La chica levanta la vista del bolso para mirarle a los ojos— Eso es lo único que haces. Todo el día tumbado en el sofá viendo películas para luego repetir esas estúpidas frases.

—Antes bien que te gustaba quedarte conmigo viéndolas.

—No puedo más. Necesito algo más que eso —Su mano vuelve a insistir en el clic-clic del cierre del bolso—. Vivir nuestra vida, una vida de verdad, y no la de los personajes de una pantalla.

La camarera se acerca a la mesa y deja una bandeja con dos hamburguesas pequeñas y una ración de patatas fritas.

—Te prometo que cambiaré. —El chico coge una patata y se la lleva a la boca. —A Dios pongo por testigo de que jamás volveremos a pasar hambre.

—Promesas. No se puede vivir de promesas. De vez en cuando, hay que actuar. —La chica le quita la patata de la mano y se la come. Se levanta de la silla, se sube a la mesa, abre el bolso y saca una pistola —¡Todo el mundo quieto! ¡Esto es un atraco! ¡Y como algún jodido capullo se mueva, me cago en la leche, me pienso cargar hasta el último de vosotros!

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